Metafísica del hielo

Nube de agua blanca. Hemos perdido el camino, ¿son mis pies los que tocan el cielo? Aquí la luz no encuentra donde asentarse; un aguacero de fotones solares choca incesantemente contra miles de cristales de agua hexagonales, columnas y platos suspendidos reflejando en todas direcciones, como millones de espejos diminutos revoloteando en el viento. No hay nada que diezme la energía de las ondas luminosas, pues el aire es tan puro que son mínimas las partículas que puedan separar la luz compuesta; que nos revelen las huellas del camino. No hay sombra alguna en el horizonte que desdibuje pistas sobre nuestra ubicación. 

Ilustración: Izak Peón

Claro que me advirtieron sobre “las tormentas de polvo de diamante”, tormentas letales que se forman a no más de -40 °C en las capas de la atmósfera más cercanas a la superficie helada y seca de este lugar, alimentadas —además— por violentísimos vientos que se deslizan horizontalmente a lo largo de todo el plateau. Yo vine precisamente a encontrarme con ellas, vine aquí en busca del polvo puro y colmado de infinitas figuras cristalinas —para nombrarlas— antes de que sea muy tarde, antes de que el exceso de humedad y la suciedad acaben con todas ellas. Porque lo que no se nombra, como diría George Steiner, no existe.

Viajé hasta aquí siguiendo el eco de Wilson Alwyn Bentley, granjero estadunidense que en 1885 —con tan sólo 20 años de edad— fotografió por primera vez en la historia un copo de nieve. Desde aquella primera fotografía hasta su muerte, The Snowflake Man —título que se ganó a pulso por su obsesión con la nieve— capturó por medio de cientos de placas fotosensibles, alrededor de 5000 cristales distintos de nieve. ¿Cómo es posible que en todo ese registro fotográfico ni un solo cristal haya resultado ser igual a otro? Todos y cada uno de ellos fueron una pieza maestra única de moléculas de vapor de agua condensado; cientos y miles de diseños del azar que jamás se repetirán.

Es cierto que los cristales crecen siguiendo diversas rutas trazadas por la temperatura, presión y humedad, pero si estos fuesen los únicos parámetros que determinan la forma, entonces Snowflake Bentley se hubiera encontrado —al menos en una ocasión— con alguna coincidencia en la inmensa lista de estructuras cristalinas a lo largo de toda su vida.

Fotografía de Wilson A. Bentley, alrededor de 1905, Compra del Museum of Photographic Arts con fondos proporcionados por MoPA Photo Forum.  Sin restricciones de derechos de autor conocidas.

Para que los cristales se desarrollen en la atmósfera es fundamental la presencia de vapor de agua, temperaturas por debajo de los cero grados, y núcleos; es decir, minúsculos gránulos de minerales como la caolinita, o partículas biogénicas, como el polen, las bacterias y los hongos flotantes, que sirvan como semillas donde —necesariamente— seis moléculas de agua puedan afianzarse y comenzar a crecer ordenada y simétricamente. El desarrollo inicial de los cristales no es aleatorio; obedece al arreglo y disposición de los enlaces de hidrógeno con un ángulo de 104.5 º que se unirán a un oxígeno de la molécula vecina, y así sucesivamente, hasta formar la configuración primigenia de seis moléculas de agua ordenadas: un cristal hexagonal, la figura más simple de todas. A partir de estas sencillas estructuras cristalinas, el azar y ciertas leyes de la física —que aún no se descubren ni se comprenden del todo— toman el control y moldean fascinantes y simétricos brazos —no siempre perfectos— en cada uno de los vértices del cristal hexagonal. Cada una de las agujas que conforman el complejo entramado de tubos cristalinos —su tamaño, forma y orientación— guardan la complejísima historia de vida de cada uno de los copos de nieve; por ejemplo, la fuerza y dirección de los vientos que los transportaron, la presión reinante o la humedad y tormentas eléctricas a las que sobrevivieron, antes de aterrizar en una de las cámaras frías de Bentley, donde, tan sólo unos segundos después, serían rápidamente consumidos por el calor de su respiración.

Ahora un silencio opresivo, casi doloroso. Ya no recuerdo cómo llegué hasta aquí, sólo la ilusión de nombrar a la mayor cantidad de cristales puros posible, observarlos antes de que las masas de aire cálido y sucio del norte acaben con el conjunto infinito de configuraciones aleatorias. Las ráfagas no dan tregua y, sin embargo, no escucho ya ni el rugir violento del viento. Sospecho que es este aguacero blanco, la nieve fresca que no deja escapar ni el ruido más estruendoso, pues los vacíos repartidos simétricamente entre las figuras de vapor congelado son trampas que aprisionan las ondas de sonido, y el frío intenso de la atmósfera termina por adormecer las pocas vibraciones que logran escapar de ellos. Si tan sólo pudiera escuchar el eco de mi voz rebotando en este río de hielo inmenso… Sólo así me aseguraría de que es mi cuerpo el que está aquí, que soy yo quien camina sobre este glaciar infinito, un entramado de incontables cristales acumulados y metamorfoseados —milenio tras milenio— por la presión que ejercen las capas de nieve más jóvenes sobre las más antiguas. Puedo sentir el crujir debajo de mis pies, el rompimiento continuo de las delicadas agujas de cristales de agua sucumbiendo al peso de la nieve fresca, y cimentando —cada vez con más fuerza— las redes hexagonales de lo que alguna vez fueron bellísimos diamantes de polvo, cristales individuales en forma de estrellas, columnas y platos extravagantes como los que conforman este denso vapor helado que oculta cualquier punto de referencia. Ya no hay ecos de mi cordada.

Me he quedado sola.

Hay agujas creciendo y reventando el tejido blando de mi rostro. Nadie me habló sobre el fuerte escozor que ocasiona el aliento pendiendo de los labios, el sudor helándose en la piel. Me pregunto si —como en el hielo marino— las sales y minerales de mi sangre comenzarán a separarse del líquido vital al compás del descenso de mi temperatura corporal. En el mar, el agua se congela lentamente y expectante al cese de las corrientes, al vaivén de las mareas y vientos, además de la concentración de las sales e impurezas. Las aguas tranquilas y claras favorecen al hielo. A nivel microscópico, cuando la temperatura del agua desciende a -1.9 ºC, redes hexagonales de baja densidad crecen barriendo todas aquellas partículas que se interpongan en su paso, como una especie de filtro vivo decidido a expulsar todo. El resultado son mallas corrugadas de hielo flotante, columnas triangulares que miran hacia el fondo del océano e intersticios con un bajísimo punto de congelación por efecto de la salmuera, microorganismos minúsculos, y otras partículas que terminarán por precipitarse hacia el abismo cuando el espacio entre los pilares se reduzca lo suficiente como para que nada pueda asentarse ahí, más que la masa creciente del hielo limpio.

Al igual que en el mar —a los -2º C, aproximadamente— las moléculas de agua en la sangre humana se desaceleran y la atracción atómica entre los enlaces de hidrógeno gana sobre el caos del estado líquido. Entonces, las moléculas se organizan y expanden generando pequeñas explosiones de agua en la sangre: la destrucción masiva de glóbulos rojos. No me esperaba temblores tan violentos. Imagino que es el mismo mecanismo que utiliza el océano, las mismas marejadas para combatir al hielo. Pero esta vez es mi cuerpo desesperado, al borde del colapso térmico.

¿Cuánto falta para que todo acabe?

Las palabras de Clausius —el primero en introducir el concepto y la ecuación de la entropía para medir el progreso irreversible y unidireccional del calor— no dejan de retumbar en mi memoria: “Únicamente donde hay calor es posible distinguir entre el pasado y el futuro”. Quizás todo este absurdo sea parte del delirium. Pero, si Clausius estaba en lo cierto, ¿qué pasará entonces con el tiempo en sitios donde las temperaturas son tan bajas? ¿En lugares como éste donde atmósferas antiquísimas —de hasta 800 000 años— continúan secuestradas bajo miles de cristales —ya deformes— de agua? ¿Acaso el tiempo se detiene en el hielo? En el “Orden del tiempo”, el físico italiano Carlo Roviolli menciona que en las ecuaciones elementales del mundo, la flecha del tiempo aparece únicamente donde hay calor de por medio. El tiempo no puede ser descrito por medio de las leyes mecánicas del mundo; por ejemplo, a partir de las ecuaciones de electricidad y magnetismo de Maxwell, o de Mecánica Cuántica desarrolladas por Heisenberg, Shrödinger o Dirac, ya que todas pueden transitar eventos reversibles. No así la ecuación de entropía, la cual describe fenómenos irreversibles como la pérdida de calor; la única que habla el idioma del fluir del tiempo, el desorden ascendente de las cosas. 

Mi carne invadida por cristales yace sobre infinitos barrotes de hielo milenario. Debajo de mí aguarda gran parte de la historia de nuestro planeta en burbujas de aire, cápsulas que se resisten a las olas cálidas y cargadas de partículas oscuras que invaden —con más frecuencia e intensidad— todos los rincones del planeta. Es una pena que ahora sea mi eco el que tenga que recorrer enormes distancias en busca de alguien que venga en mi lugar, a buscar los cristales que yo no pude nombrar. Antes de que sea muy tarde.

 

Ximena Aguilar Vega 
Maestra en Ciencias Antárticas con una especialidad en Glaciología, fotógrafa y estudiante de doctorado en bio-óptica de ecosistemas polares en la Universidad de Stirling.

 

Referencias

Petrenko, V. F., y Whitworth, R. W., Physics of ice. Oxford University Press, Oxford, 1999.

RCarlo Rovelli, The order of time, Riverhead Books, New York , 2018

Keith C. Heidorn, “The Snowflake Man of Vermont”, The Public Domain Review, 2011.

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Publicado en: Elementos

Un comentario en “Metafísica del hielo

  1. Tu «Metafísica del hielo » es completamente cinematográfica. La detallada descripción evoca ina cinta francesa y unas ganas de Abrígarse hasta el alma. Sólo quien ha transitado por el hielo puede encontrar regocijo en él. ¡Felicitaciones!

Comentarios cerrados