Nabor Carrillo Flores: el motor de la ciencia nuclear en México

En el atolón Bikini, Nabor Carrillo Flores presenció cómo una de las pruebas de armas atómicas realizadas por el gobierno estadunidense rompió la horizontalidad del océano con una erupción de vapor y neutrones que partió el cielo. Él estaba ahí, como invitado del gobierno norteamericano y único investigador de habla hispana, para presenciar una de sus pruebas realizadas en 1946. Puedo imaginar que fue entonces cuando entendió de primera mano que el desarrollo de las ciencias nucleares era inevitable, y que encaminar su estudio por la vía de la paz era prioritario. Así fue cómo, de vuelta en México, dedicó su vida al desarrollo del estudio de las ciencias nucleares, nunca con fines militares, y por lo que llegó a ser conocido como el motor de la ciencia nuclear en México.

Ilustración: Kathia Recio

Nació el 23 de febrero de 1911 en la Ciudad de México en la cuna de una familia de varios talentos. Su padre fue el renombrado músico Julián Carrillo y su hermano, Antonio Carrillo Flores, llegaría a ser un importante diplomático y economista. Por su parte, al terminar sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria, Nabor Carrillo ingresó a la Escuela Nacional de Ingeniería de la UNAM, hoy la Facultad de Ingeniería, donde se tituló como ingeniero civil en 1939.

Gracias a una beca de la Fundación Guggenheim continuó sus estudios en la Universidad de Harvard, donde se recibió como maestro y doctor en ciencias en 1942, con una especialidad en mecánica de suelos.

De regreso a México comenzó a trabajar como profesor e investigador en la UNAM, donde en 1944 fue nombrado director de la Coordinación de Investigaciones Científicas. Fue un par de años más tarde cuando, como representante del gobierno mexicano, fue convocado al atolón Bikini a presenciar una prueba atómica, y fue a partir de entonces que comenzaron sus esfuerzos por desarrollar el estudio de las ciencias nucleares, con un fin pacífico y científico. Impulsó la enseñanza de física nuclear en las aulas de la Universidad y promovió la adquisición de un acelerador Van de Graaff, equipo de tecnología de punta en aquel entonces, que instaló en un laboratorio en la UNAM especializado que aún está en uso.

En 1953, sus esfuerzos lo llevaron a ser nombrado rector de su alma mater y fue bajo su dirección que la UNAM vivió unos de sus periodos más transformativos. La Universidad se trasladó del “barrio universitario” en el centro de la Ciudad de México a sus nuevas instalaciones en Ciudad Universitaria, al sur de la ciudad. Amplió la planta docente y de investigación. Varias de las escuelas nacionales se convirtieron en facultades y la de Ciencias recibió la primera computadora en América Latina. Todos estos avances y esfuerzos le ganaron convertirse en el primer rector en ser reelecto para un término consecutivo, terminando así su periodo en 1961.

A pesar de la gran carga de trabajo que tuvo durante ese lapso, Nabor Carrillo continuó impulsando el desarrollo de las ciencias nucleares, aun fuera de la Universidad. En 1956 fue nombrado vocal ejecutivo de la recién formada Comisión Nacional de Energía Nuclear, hoy el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares (ININ), para el desarrollo de los estudios de ciencias nucleares y de aplicaciones energéticas. El impulso de Carrillo por el uso de ciencias nucleares nunca se desvió del avance del conocimiento y de su implementación beneficiosa para la sociedad, ya sea para el desarrollo de energía limpia, de investigación médica, o de su uso en campos como la hidrología y el suelo. Por todo esto, la sede del ININ lleva hoy en día su nombre y se conoce formalmente como Centro Nuclear “Dr. Nabor Carrillo Flores.”

Al ser ingeniero especializado en mecánicas de suelo, uno de sus mayores intereses se centró en estudiar y mejorar las condiciones de la propia ciudad en que vivía, aplicando ahora sus conocimientos sobre estudios nucleares. También colaboró internacionalmente con investigadores estadunidenses en el estudio del impacto de los pozos petroleros de Long Beach, mientras que, de manera nacional, estudió y probó la relación entre el hundimiento de la Ciudad de México y la extracción de agua subterránea de pozos profundos, y alertó sobre la posibilidad de grandes inundaciones en ciertas áreas de la región debido al reacomodo del drenaje con el hundimiento, problema que hoy en día representa uno de los más grandes desafíos de la Ciudad. Uno de los proyectos más ambiciosos que planteó fue el dar un nuevo uso a los terrenos de lo que fue el Lago de Texcoco. Así fue como en 1965 se desarrolló el Plan de Texcoco, con Nabor Carrillo y el político Jorge Cruickshank como sus cabezas. El proyecto buscó estudiar los remanentes del Lago de Texcoco como colector natural de aguas pluviales para su purificación y aprovechamiento, ya fuera para consumo o para la generación de energía eléctrica en plantas nucleares. Buscó también que se enfatizara el correcto planeamiento de las áreas urbanas e industriales en la zona, al ser una región poco apta para su desarrollo urbano o de proyectos de gran envergadura. Como una de las zonas más profundas de lo que era el Lago de Texcoco y gracias a su tendencia natural a recibir gran parte del escurrimiento pluvial de la Ciudad, el objetivo de Carrillo fue aprovechar la zona para captar agua, comercializarla para contar con una reserva acuífera natural, combatir el hundimiento de la Ciudad y, adicionalmente, contar con zonas de recreo de bajo impacto. Su investigación culminó con su libro “Hundimiento de la Ciudad de México, Proyecto Texcoco.” Hoy en día, ese lago artificial lleva también el nombre de Nabor Carrillo.

Sin tomarse un respiro en su vida laboral, Carrillo Flores falleció a una temprana edad, a tan sólo tres años de que el centro nuclear con su nombre iniciara formalmente sus labores, un 19 de febrero de 1967.

Nabor Carrillo fue reactor en México para el desarrollo de las ciencias nucleares. Ahora sus restos físicos descansan en la rotonda de personas ilustres, su nombre en el centro de investigaciones nucleares, en el lago que le dio base a nuestro país, a miles de kilómetros de distancia en un cráter de la Luna que la Unión Internacional Astronómica nombró en su honor, y su memoria y conocimiento en tantos campos del saber que es difícil nombrarlos a todos.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

 

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Publicado en: Elementos