No está en los genes: cuarenta años contra el determinismo genético

“Entre los blancos y los negros hay diferencias en los resultados de las pruebas de inteligencia. Yo diría que la diferencia es genética”. Estas palabras fueron dichas por el biólogo James Watson en 2019, en el documental American Masters: Decoding Watson (Maestros estadunidenses: Decodificando a Watson), para la televisión pública estadunidense. No era la primera vez que el premio Nobel mencionaba abiertamente sus posturas racistas. En 2007, Watson indicó que “todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia [de las personas afroamericanas] es la misma que la nuestra, mientras que todas las pruebas dicen que en realidad no”. De ahí a concluir que hay grupos humanos superiores e inferiores es el siguiente paso.

Watson no es la única figura pública que ha caído en estos “argumentos racistas”. La lista sería interminable: Donald Trump, Paris Hilton, Ricky Martin, entre muchos más han lanzado sin tapujos sus declaraciones discriminatorias. Todos se basan en una premisa de inevitabilidad biológica que, desde su punto de vista, es “sustentada” por la ciencia.

Sin embargo, las declaraciones de este tipo poco a poco reciben una punición, Watson recibió como castigo el ser despojado de todos títulos honoríficos del laboratorio Cold Spring Harbor. Desde hace décadas, la comunidad científica ha desmontado las falacias de los “hechos genéticos” para desarmar a las teorías racistas. Uno de los libros que más ha influido para desacreditar el racismo y el determinismo genético cumple cuarenta años: No está en los genes. Racismo, genética e ideología (1984), de Richard Lewontin, Steven Rose y Leon J. Kamin.

Ilustración: Oldemar González

El poder del determinismo biológico

“El racismo se justifica, como el machismo, por la
herencia genética: los pobres no están jodidos por
culpa de la historia, sino por obra de la biología. En la
sangre llevan su destino y, para peor, los cromosomas
de la inferioridad suelen mezclarse con las malas
semillas del crimen”.
—Eduardo Galeano, Patas arriba

Diversos especialistas afirman que México es un país racista, ya que se ejercen conductas discriminatorias a minorías, afrodescendientes o indígenas. Los datos lo avalan. Por ejemplo, la oportunidad de estudiar y conseguir un mejor empleo disminuye si se tiene tez oscura (peor si se es mujer con piel oscura).1 Las personas que se identificaron con tonalidades de piel más atezado (usando una escala cromática utilizada por el Proyecto sobre Etnicidad y Raza en América Latina) ocupan en menor cantidad posiciones de directores o jefes (13.9 %), contra el 27.1 % de los grupos poblaciones de tez más clara.2 Sin embargo, la probabilidad de ser arrestado aumenta con este tono de piel. La lista de frases y dichos racistas es abundante, y reflejan un hecho innegable: tener una tez más oscura es una medida que marca (de manera negativa) a las personas en su vida privada, pública y profesional y es un parámetro que indica hasta dónde pueden aspirar en la escala social. De acuerdo a Olivia Gall, investigadora de la UNAM, “sólo aceptando que en nuestra sociedad existe el racismo es indispensable para diseñar políticas públicas eficientes que lo erradiquen del lenguaje, actitudes y costumbres”.

Hechos similares ocurren en otros países. En Estados Unidos, una familia blanca tiene un patrimonio aproximadamente ocho veces mayor al patrimonio de una familia afrodescendiente, según la American Civil Liberties Union (ACLU) y Human Rights Watch. La justicia también tiene sus sesgos raciales. Hay casi dos millones de personas encarceladas, el número de afroamericanos que están en prisión triplica a los sujetos blancos, y la policía estadunidense continúa matando indígenas, latinas y afrodescendientes a tasas significativamente más altas: la frecuencia llega a ser 350 veces mayor que para los individuos de piel más blanca.

Lo anterior se justifica en el encasillamiento que otorga el determinismo biológico: las características físicas (dadas casi en exclusiva por lo genes, según los adeptos del determinismo)3 niegan la posibilidad de moverse de estrato social o de aspirar a un nivel educativo mayor, pues se “sustenta” que se encuentran en su sitio natural. Como escriben los autores, “el determinismo genético (biologismo) ha sido un poderoso medio para explicar las desigualdades de estatus, riqueza y poder observadas en las sociedades capitalistas industriales contemporáneas y definir los “universales” humanos de comportamiento como características naturales de estas sociedades”.4 Estas posturas deterministas, en apariencia “avaladas” por la biología, pueden hacer creer que los gastos en asistencia social y educación son un sinsentido, pues para qué gastar en los afrodescendientes o latinos si sus características negativas son inevitables e inmutables. Es pelear contra la naturaleza.

Pero, ¿es cierto que la biología avala este supuesto determinismo genético?

Desarmar los “hechos”

“Un rasgo importante del determinismo biológico como ideología política es su pretensión de ser científico”, mencionan los autores.5 Por lo tanto, el biologismo parte de tres enunciados con los que pretende dar validez científica a sus resultados. El primero afirma que “las desigualdades sociales son una consecuencia directa e ineludible de las diferencias entre los individuos en habilidad y mérito intrínseco”. En segundo lugar, el determinismo biológico sostiene que “los triunfos o fracasos de la voluntad y del carácter están codificados, en gran parte, en los genes del individuo; el mérito y la habilidad se transmitirán de generación en generación dentro de las familias”. Normalmente los genes que conducen a una mayor habilidad o inteligencia se encontrarán en la “raza” blanca en detrimento de la “raza” asiática o negra. Por último, “tales diferencias biológicas entre los individuos conduce por necesidad a la creación de sociedades jerárquicas, ya que es propio de la naturaleza, determinada biológicamente, formar jerarquías de estatus, riqueza y poder”.6

Pero, ¿estos postulados dan una descripción exacta de los fenómenos biológicos y de los procesos sociales? La respuesta es negativa.

Uno de los trabajos pioneros en desmontar que no existen diferencias significativas genéticas entre los individuos de distintas poblaciones fue hecho por el mismo Richard Lewontin en 1972.7 El investigador analizó diecisiete marcadores biológicos, como proteínas contenidas en la sangre de distintas poblaciones (caucásicos, africanos, mongoles, amerindios, etcétera). Encontró que sólo el 6.3 % de la variación genética total se explica por la clasificación racial. Si fuese cierto que existen las razas, dos “negros” africanos distarían más genéticamente de un “blanco” europeo que entre ellos. Sin embargo, sucede lo contrario, por ejemplo, dos africanos (no emparentados) pueden distar mucho más genéticamente entre sí respecto de un europeo. Con esto demostró, desde lo molecular, que no hay sustento para separar a la humanidad en razas humanas. Posteriores estudios han avalado y ampliado el estudio de Lewontin.8

Con lo anterior podemos concluir que si vivimos en sociedades jerárquicas y con desigualdades sociales en donde muy pocos ostentan el poder y la riqueza,9 no se debe a la biología o los genes, sino a explicaciones sociales, políticas e históricas.

“La diferencia (de inteligencia entre negros y blancos) es genética”

Sin duda, la inteligencia es la principal característica que los partidarios del determinismo genético ponderan como inmutable. Si no fuese así, ¿cómo explicar el nulo movimiento social de la clase más baja? “La probabilidad de que un niño se convierta en un adulto perteneciente al 10 por 100 de la población con ingresos más elevados es diez veces superior para aquellos niños cuyos padres pertenecen a ese grupo que para los niños del 10 por 100 de la población con los ingresos más bajos”.10 La explicación más socorrida considera que es el intelecto, que corre por la sangre, el que marca una brecha natural entre “triunfadores” y “perdedores”. Por lo tanto, la desigualdad social tiene una lógica impecable que los autores resumen en seis puntos:11

  1. Hay diferencias de estatus, riqueza y poder.
  2. Estas diferencias son consecuencia de una diferente aptitud intrínseca, especialmente de una “inteligencia” diferente.
  3. Los tests de cociente intelectual son instrumentos para medir esa aptitud intrínseca.
  4. Las diferencias en inteligencia son en gran parte el resultado de diferencias genéticas entre los individuos”.
  5. Debido a que son el resultado de diferencias genéticas, las diferencias de aptitud son fijas e invariables.
  6. Debido a que la mayoría de las diferencias de aptitud entre los individuos son genéticas, las diferencias entre las razas y entre las clases son también genéticas e invariables.

La inteligencia y su relación con las distintas poblaciones humanas es un debate que toca el núcleo del biologismo. Si bien no existe un solo tipo de inteligencia o una única definición, los defensores del determinismo genético se han empeñado en medirla por medio de ensayos, el más famoso el del cociente intelectual (CI). Este test, elaborado por anglosajones (con sus parámetros culturales), se ha universalizado e implementado (con alguna que otra modificación) a distintas poblaciones. Cuando fueron analizados los resultados (en 1911 en Inglaterra por los eugenetistas galtonianos y en 1916 en Estados Unidos por Lewis Terman), se pretendió asignar a los genes la responsabilidad de las diferencias encontradas en el CI. Esto sin fundamento científico sólido.

No existe ningún estudio científico que demuestre que la inteligencia depende sólo de la genética y, por ende, que haya variantes que favorecen o no el desarrollo intelectual.12 Y si se encontrasen tales conjuntos de genes, no se ha hallado ninguna prueba experimental en donde se demuestre que estas variantes que favorecen al intelecto estén particularmente concentradas en un grupo humano. Una vez más, si tenemos desigualdades sociales, podemos afirmar que no se encuentra en una “inteligencia” diferente que estaría codificada en unos genes “superiores”.

Cuarenta años después, ¿hemos avanzado?

La mayoría de los países cuentan con leyes antirracistas que sancionan con multas monetarias a todo aquel que ejerza alguna conducta racista. En México, la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación fue decretada en 2003 y reformada en 2014. Dicha ley menciona que “se entenderá por discriminación toda distinción, exclusión, restricción o preferencia que, por acción u omisión […] tenga por objeto o resultado obstaculizar, restringir, impedir, menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos […] en uno o más de los siguientes motivos: el origen étnico o nacional, el color de piel, la cultura…”.

Sin embargo, a menudo leemos noticias sobre las múltiples violaciones de derechos humanos, muertes, abusos debido a la discriminación. Si bien en teoría sabemos que las razas no existen en los humanos, en la práctica se sigue discriminando a las personas por su tono de piel (entre otras características). Mientras esto siga sucediendo, el libro de Lewontin, Rose y Kamin será lectura obligada para recordarnos que la desigualdad social no está en los genes.

 

Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por parte de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la Revista ¿Cómo ves?, Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros.


1 Datos del Inegi del año 2017.

2 Otros datos similares provienen del artículo “Color de piel y movilidad social. Evidencia de México.”, publicado en noviembre del 2018 por los autores Eduardo Medina Cortina y Raymundo Campos Vázquez.

3 Hoy sabemos que el fenotipo es resultado del genotipo y del ambiente.

4 Todas las citas son originarias de la edición de Booket de la Editorial Planeta del año 2019; p.19

5 Ibíd, p. 48

6 Ibíd, p.98

7 Lewontin, R. C., “The Apportionment of Human Diversity”, Evolutionary Biology, 1972, pp. 381-398

8 Véase por ejemplo, Noah y colaboradores, Science 298, 2002, pp. 2381-2385; Excoffier, L. y G. Hamilton, “Comment on ‘Genetic Structure of Human Populations’”, Science, 300, 2013, p. 1877

9 El premio Nobel en ciencias económicas, Joseph Stiglitz menciona que el 1 % de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación que el otro 99 % del mundo no tiene.

10 Lewontin, Rose y Kamin, ob. cit., p.117

11 Ibíd, pp. 118

12 Sin duda, el factor ambiental, el nivel socioeconómico donde se desenvuelve el sujeto o una educación formal más apegada a los test de inteligencia podrían dar una mejor explicación sobre la inteligencia que solo los genes.

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Publicado en: Cuestiones