Frente a una enfermedad, nuestras demandas para la ciencia pueden involucrar diversas opciones; entre ellas, la detección oportuna (diagnóstico), la prevención (vacunas) y, sin duda, el tratamiento (profilaxis). A pesar de la rapidez con la que se ha avanzado en el conocimiento de la pandemia en la que estamos inmersos, el fármaco específico para atacar al agente infeccioso que es el virus SARS-CoV-2 aún se desconoce.
Si pensamos en el diagnóstico, desde momentos muy tempranos de la pandemia se contó con un sistema confiable de detección: el ensayo de RT-PCR, una técnica de biología molecular que se domina desde hace décadas. Bastó construir el formato específico para este virus. Se trata de una técnica confiable debido a que es específica, es decir, la opción de error es prácticamente mínima, pues sólo se identifica al virus causante de covid-19.
Actualmente contamos con diversas modalidades metodológicas para el diagnóstico. Aunque sólo pocas presentan la misma especificidad, todas permiten indagar diversas posibilidades que nos orientan a identificar el proceso infeccioso causado por el patógeno responsable.
Respecto a la prevención de covid-19, contamos ya con un arsenal de vacunas generado en un tiempo récord, sin duda un hecho particular en la historia de la inmunización. Es cierto que todas las vacunas fueron autorizadas para su uso de emergencia debido a la situación de salud pública en el mundo, lo que significa que se aceleró la aprobación de su uso, facilitando con ello su disponibilidad. Diversas organizaciones internacionales, así como los gobiernos de cada país, son responsables de monitorear la seguridad de las vacunas. Tanto las opciones de diagnóstico como las de profilaxis con las que ahora contamos para covid-19 irán evolucionando conforme se avance en el conocimiento del agente patógeno y de la enfermedad.
Con base en lo anterior, el trabajo derivado de la actividad científica nos ha brindado herramientas fiables en poco más de año y medio respecto a dos de las tres demandas que le solicitamos de manera imperativa. Sin embargo, nos sigue faltando el tratamiento específico para covid-19. La interrogante inmediata para ello es, ¿por qué no contamos con un tratamiento? Diversos factores pueden impactar en la respuesta, nos centraremos en los de naturaleza biológica.

Ilustración: Víctor Solís
Para generar un fármaco, se pueden abordar diferentes estrategias a partir del conocimiento del patógeno y de la enfermedad. En ambos aspectos ya contamos con un avance significativo. Desde la virología y otros campos de la ciencia, el que este virus sea pariente cercano de dos virus que años atrás fueron identificados y caracterizados ayudó a desmenuzar la estructura del SARS-CoV-2: el SARS-CoV, que en 2002 dio origen al síndrome respiratorio agudo grave; y el MERS, que en 2012 provocó el síndrome respiratorio de Oriente Medio.
Por lo que respecta a la enfermedad, también hay avances significativos desde el ámbito clínico. Actualmente se han definido clasificaciones con base en los signos y síntomas de los pacientes, permitiendo con ello ubicarlos por nivel de gravedad (leve, moderada y severa, o bien, algunas variantes que se asemejan a estos tres grupos). Es precisamente el nivel de gravedad el que indica el soporte clínico que requiere cada caso.
Sin embargo, aunque las vacunas preparan al sistema inmune para evitar que haya infección —o, en caso de que ésta ocurra, que se presente un cuadro clínico leve debido a que el sistema inmune lo controlará—, hasta el momento no han sido suficientes para prevenir contagios. Es cierto que el número de casos de infección en personas ya vacunadas es mínimo, pero el impacto a nivel poblacional se verá reflejado hasta que la mayoría en todo el mundo esté vacunada. En ese sentido, la enfermedad seguirá estando vigente por algún tiempo, por lo que es imperativo desarrollar esfuerzos de investigación para encontrar fármacos específicos para este virus. Las opciones que actualmente se utilizan solamente apoyan en el control de síntomas, pero no tienen como blanco al SARS-CoV-2.
Un tratamiento para una enfermedad causada por un agente infeccioso, que además se transmite rápidamente de un individuo a otro, tiene como objetivo aliviar los síntomas y eliminar al agente causal. Para esta última perspectiva, los especialistas desarrolladores de fármacos pueden apostar por diferentes estrategias para atacar al virus: la primera estrategia es bloquearlo en alguna de sus etapas de infección o de replicación una vez que ha ingresado al organismo. La segunda es dañar o interferir alguna de sus estructuras para evitar que sea funcional. Por su parte, al tratarse de un virus requiere de una célula para replicarse, la tercera estrategia es bloquear sus puertas de entrada. Para ingresar a sus células blanco, el SARS-CoV-2 utiliza a ACE2, una proteína que se encuentra en la superficie de varias células en el organismo; por lo tanto, esta proteína podría representar un blanco en el hospedero. Sin embargo, el problema es que ACE2 tiene funciones importantes en el organismo, por lo que bloquearla podría tener consecuencias desfavorables en la persona infectada. La cuarta y última es intervenir los procesos moleculares que el virus desencadena y que no ayudan a su eliminación. Se sabe que, en algunas personas, la infección por este coronavirus ocasiona un fuerte proceso inflamatorio que lleva al desarrollo de complicaciones, por lo que hay apuestas que intentan inhibir las vías inflamatorias. Para las cuatro opciones descritas se han ejecutado propuestas con aplicación potencial. Sin embargo, al ser evaluadas en estudios con grupos grandes de pacientes —miles de ellos—, los fármacos no han generado una mejoría significativa comparada con el placebo, es decir, alguna sustancia que carece de efecto terapéutico, pero que se administra a un número de pacientes igual al del fármaco que se evalúa y se hace bajo las mismas condiciones.
La interrogante sigue siendo por qué. Toda vez que los desarrollos se ejecutan con el respaldo de estudios clínicos, diría que la respuesta es que aún lo desconocemos. Sin embargo, ha sido muy bien documentado que la infección progresa de manera distinta en cada persona, en ello influye mucho la presencia de otros factores, como las comorbilidades. En ese sentido, el sobrepeso, la obesidad, la hipertensión y la diabetes pueden favorecer la manifestación de cuadros graves. Por otro lado, algunas investigaciones indagan el impacto que los factores genéticos de cada individuo pudieran tener en la complicación de la enfermedad; finalmente, las variantes virales son otro aspecto que también incrementa la dificultad en el desarrollo de un fármaco específico. Aunque la tasa de mutación para SARS-CoV-2 no es tan alta como ocurre con otros virus, es cierto que el impacto de las nuevas variantes como delta y lambda ya se encuentra documentado.
Por lo anterior, ha sido necesario unificar criterios en la administración de fármacos para covid-19, toda vez que se carece de uno específico para combatir al patógeno. Las estrategias se centran en contrarrestar síntomas y evitar complicaciones, o bien, brindar soporte al paciente para lograr su recuperación. En enero de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó una guía para la gestión clínica de covid-19; en ella se mencionan los fármacos sugeridos para cada nivel de gravedad y se establecen posibilidades de combinación. En sincronía con este esfuerzo, el Gobierno de México actualizó el 2 de agosto de 2021 la “Guía Clínica para el tratamiento de la Covid-19 en México” como un trabajo de consenso interinstitucional. Bajo un enfoque para nuestro país, esta guía describe los medicamentos y criterios para elegir su administración en los pacientes con base en las características de gravedad. De manera importante, la guía señala los medicamentos que no se deben usar contra covid-19, toda vez que no se ha demostrado ningún beneficio con ellos: azitromicina, dióxido de cloro, ciclosporina, factor de transferencia, hidroxicloroquina, lopinavir/ritonavir y oseltamivir. Al final la decisión queda en manos del equipo médico tratante, no obstante, vale la pena informarnos y ser conscientes de las acciones a tomar en caso de infección.
Todo fármaco debe ser validado y evaluado, lo que incluye conocer sus mecanismos de acción y sus efectos colaterales. Diversas pseudoestrategias cobraron auge durante esta pandemia; la desesperación e ignorancia llevaron a algunos a seguirlas, pero las consecuencias fueron graves. Actualmente la información es vasta y, aunque es cierto que hemos avanzado con grandes pasos, aún nos quedan interrogantes. Sin duda los esfuerzos de la comunidad científica rendirán resultados para posicionar al fármaco específico y seguro para atacar al SARS-CoV-2 que hará sinergia con el efecto preventivo de las vacunas para controlar la pandemia. Mientras ello sucede, sigamos las medidas que resguarden nuestra salud con base en el conocimiento científico.
Yadira Palacios Rodriguez
Investigadora posdoctoral, Conacyt