Ophiocordyceps: entre la vida y la muerte, zombies y una cura

En octubre, con las preparaciones para las festividades del Día de Muertos, comienza la época de nuestro culto a la representación de la muerte y la descomposición de los organismos. Imagino insectos parasitados y zombies de praderas. En palabras de la folclorista Katherine Briggs, uno de los significados de las historias de fantasmas es el llamado a los muertos para ayudar al crecimiento de las semillas recién sembradas. Los cultivos quedan en espera de la buena fortuna de la lluvia y es durante esta época cuando emerge, por ejemplo, la colonización del hongo de la polilla fantasma y otros insectos.

De encontrar el hongo que coloniza insectos vivos, probablemente estaríamos caminando entre las frías y húmedas praderas escarpadas del Tíbet, en las cuales, cuenta la leyenda, pueden avistarse hormigas caminar entre tejidos carcomidos, con el torso semidescubierto con pedazos de órganos internos expuestos. Así recorren las veredas, en una continua digestión enzimática interna que las lleva a caminar erráticamente de aquí a allá. Sin más, se desvían de sus caminos enfilados que antes las motivaba a seguir, detrás de sus hermanas. Dejan a un lado sus labores comunitarias y, al olvidar su compromiso biológico con su nido, buscan escalar árboles hasta llegar a las hojas más altas que puedan alcanzar.

En un estado semiinconsciente, deciden anclarse. Algo dentro de su sistema nervioso las sujeta a este lecho final. Y de su cuerpo surgen hilos transparentes hacia el exterior que revelan un micelio, la estructura vegetativa del hongo que asemeja a una raíz de planta. Son las hormigas zombies y, el responsable de su sucidio, el hongo del género Ophiocordyceps.

Ophiocordyceps Petch. Fotografía: Patty Kaishian bajo licencia de Creative Commons
Ophiocordyceps Petch. Fotografía: Patty Kaishian bajo licencia de Creative Commons

El hongo zombie, que parasita a las hormigas, asegura su territorio y no permite que otro organismo se acerque al secretar agentes antimicrobiales. Aún más, estabiliza su red micelar, la estructura del hongo, al cuerpo de la hormiga, para sujetar aún más al tallo de la planta o el árbol elegido. Logra que el exoesqueleto de la hormiga se vuelva más estable y, una vez que ha crecido lo suficiente, los esporocarpos sirven su función reproductiva, lanzando sus ascosporas hacia el vacío en búsqueda de un nuevo hospedero.

Los hongos se han vuelto famosos por su propio mérito debido a sus efectos psicotrópicos, y creo que el género Ophiocordyceps es uno de los miembros del reino Fungi que adornan los suelos con sus historias de terror por excelencia. Además de larvas, polillas y hormigas, se han encontrado por lo menos otros 56 tipos de huéspedes de la especie O. sinensis, y uno de los miembros de este grupo que mejor se ha documentado es originario de Asia.

Pero mientras que el hongo de la oruga y las hormigas producen historias de terror para los insectos, las poblaciones de humanos en los valles tibetanos tienen una larga tradición de recolecta de este tipo de hongo en búsqueda de sus propiedades medicinales, en tanto que se piensa que puede mejorar el vigor general. Ophiocordyceps fue documentado por primera vez en los escritos de un monje tibetano durante el siglo XV como un remedio general, y en los escritos de medicina china se recetaba su uso para tratar enfermedades relacionadas con el hígado y las cardiovasculares, entre otras. En los años 90, un entrenador de atletismo aseguró que el secreto para que varios de los miembros de su equipo de entrenamiento hubieran roto récords había sido un menjurje de este hongo mezclado con sangre de tortuga.

Se han adjudicado tantos usos a este hongo que uno podría pensar que, si tuviera efecto positivo en el tratamiento de condiciones tan diferentes como las enfermedades renales, o el apoyo al sistema inmunológico, quizá en realidad su efecto no sería significativo. Sin embargo, algunos estudios han documentado que entre sus componentes se encuentran varios tipos de vitaminas, como la E, K y algunas del grupo B, además de tener componentes bioactivos.

Ophiocordyceps formicarum. Fotografía: Steve Axford bajo licencia de Creative Commons
Ophiocordyceps formicarum. Fotografía: Steve Axford bajo licencia de Creative Commons

A pesar de la duda razonable, un grupo de investigación en el Defence Institute of Physiology and Allied Sciences, en la India, ha dejado evidencia positiva de que las células tumorales de mamíferos sufren muerte celular o apoptosis, muy probablemente debido a los componentes como la cordicepina y el ácido cordicéptico, ambos presentes en el hongo. Aunque estos resultados fueron reportados en ratones, también se encontró evidencia positiva de que el proceso completo de digestión podría verse beneficiado para nosotros, los humanos, en tanto que estas dos moléculas tienen efectos apoptóticos en las células cancerígenas del colon humano. También se han reportado beneficios para proteger de los lípidos que tienden a producir radicales libres, que aceleran el envejecimiento celular. Incluso, el uso del hongo de la oruga se ha vuelto tan famoso que, en 2009, su cultivo y producción se convirtió en una industria multimillonaria.

Sin embargo, algunos campesinos tibetanos han comenzado a detectar que su extracción es cada vez más limitada y han mostrado su preocupación por la posible devastación del ecosistema, a partir de la explotación continua de los valles asiáticos.

Ya sea que este tipo de hongos conformen redes parasitarias entre los animales o sean benéficos para crear humanos semidopados, se han revelado como la inspiración del videojuego llamado The last of us, en el cual se detecta una mutación de hongos zombies de insectos que, al convertirlos en un organismo esporocárpico con un abanico de estructuras, recuerdan a las setas silvestres que proliferan a través de sus músculos.

Así que ya sea que se presenten como parásitos internos de otros animales, o se busquen como tratamiento medicinal, finalmente Ophiocordyceps se desenmascara como un conjunto de organismos y de historias que se despliegan ante nosotros ambivalentes de la naturaleza.

 

Elisa González Verdejo
Bióloga por la UNAM, escribe sobre historia de la biología. Puedes encontrarla en galerías de museos de donde alimenta su creatividad o escucharla cantar algunas veces. Otros días, también dibuja.

 

Referencias

Suryakumar, G. y coautores. “Optimizing performance under high-altitude stressful conditions using herbal extracts and nutraceuticals”, en Nutraceuticals and natural product pharmaceuticals, Charis M. Galanakis (Ed.), Academic press, 2020, pp. 141-166.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Elementos