¡Por las clavijas de erbio, prof. Sagan!

Algunos años antes del nuevo milenio, en el desierto de Nuevo México, las filas de radiotelescopios que se curvan en el horizonte ignorando el fulgor de nuestro Sol para concentrarse en estrellas más lejanas en el tiempo que el origen de nuestra civilización, capturaron una señal que sólo podría tener una explicación: no somos los únicos seres inteligentes y tecnológicamente evolucionados en este rincón de la Vía Láctea.

La señal recibida proviene de nuestra estrella vecina, Vega, a tan sólo 26 años luz de distancia. Los radioastrónomos han determinado que la señal consta de números primos (números naturales divisibles por uno o por sí mismos), descartando la posibilidad de una señal aleatoria. No hay duda: allí fuera hay algo y está intentando establecer comunicación con nosotros utilizando las matemáticas. Cualquier país que posea un sistema de radioescucha lo suficientemente avanzado puede acceder a la señal y estudiarla: la señal no es para alguna nación en especial; es para los habitantes del planeta Tierra.

Tras colgar las ideologías políticas por un momento, la colaboración entre las naciones más avanzadas en materia tecnológica rinde sus frutos al estudiar la señal: más allá de los números primos hay un mensaje, una invitación: las instrucciones de ingeniería detallada para construir una máquina que nos transportará o pondrá en contacto con otros seres más allá de nuestro sistema solar, ¿estaremos a la altura del llamado de las estrellas?

La trama anterior es, en esencia, la que describe Carl Sagan en su novela Contacto. Sagan usa su novela para explorar las distintas tensiones científicas, políticas y religiosas, que produciría la recepción de un mensaje extraterrestre. ¿Se trata de una “máquina del fin del mundo”, una especie de Caballo de Troya para acabar con nosotros? O bien, ¿es un regalo tecnológico, una tarea para subir de peldaño en la escalera de la evolución tecnológica? Y de ser así, ¿podremos construirla?, ¿contamos con los materiales y la ingeniería necesaria para no dejar pasar de lado ese primer apretón de manos cósmico?

Contacto se publicó originalmente en 1985, en una época donde los avances tecnológicos, como el internet, los teléfonos móviles, los autos eléctricos autónomos y los viajes de turismo espacial, estaban a un par de décadas o más de volverse ubicuos, y el interés por las “tierras raras” (y demás elementos críticos) no constituía un motivo de conflicto geopolítico. Considerando el apetito actual por las tierras raras, un par de elementos químicos destacan en la novela: erbio y gadolinio. Ambos, entre otros procesos químicos y metalúrgicos descritos en las instrucciones del mensaje interestelar, son críticos para la construcción de La Máquina.

La importancia del erbio queda patente en el capítulo 14, “Oscilador armónico”, cuando se le explica a la Presidenta de los Estados Unidos —Helen Lasker— que en el mensaje se señalan todos los elementos químicos de la tabla periódica y, en particular, que “van a hacer falta dos toneladas de erbio, describen una estupenda técnica para extraerlo de rocas comunes […] No me pregunte por qué precisamos dos toneladas de erbio, porque nadie tiene ni la más remota idea”. En el siguiente capítulo, titulado “Clavijas de erbio”, se explica que, siguiendo a pies juntillas la “estupenda técnica” codificada en el mensaje, es posible obtener erbio del 96 % de pureza, un porcentaje típico en la industria metalúrgica.

En este punto uno se pregunta ¿por qué, Sagan, eligió el erbio?, ¿en qué sentido le resultaba exótico como para señalar tan explícitamente su importancia? Las clavijas de erbio se debían colocar en una matriz orgánica —obtenida a través de reacciones químicas orgánicas complejas— para sostener los paneles de La Máquina. Es decir, las clavijas son medulares para garantizar la integridad y seguridad de los pasajeros.

¿A Sagan le habrá parecido que la abundancia de erbio —al momento de escribir la novela— era tan baja como para etiquetarla como “elemento exótico”, y que por lo tanto encajaría bien con lo “exótico” de un contacto extraterrestre? Si bien es cierto que los seres estelares han pensado en una estupenda técnica para extraerlo de rocas comunes, de no ser por esta ayuda, ¿la humanidad hubiera sido capaz de ingeniárselas para cumplir con el pedido cósmico? Como referencia, en 1985, año de publicación de Contacto, dos toneladas de erbio superaban la producción global; para 2015 —cinco años después de la puesta en marcha de La Máquina en la novela—, el requerimiento de erbio se situaba alrededor del 20 % de la producción mundial. Nada mal para no contar con una “estupenda técnica” de extracción.

Aunque en la década los ochenta, el erbio era difícil de obtener, su abundancia es otro ejemplo que rompe con el mito de las “tierras raras”: de acuerdo con las estimaciones actuales, hay suficiente erbio para suplir la demanda; de hecho, la plata y el oro son menos abundantes, y se estima que su demanda pueda detonar futuros conflictos si no se desarrollan nuevos y más eficientes procesos de reciclaje, por decir lo menos. 

Si descartamos entonces la elección del erbio debido a su posible escasez, ¿qué propiedades capturaron la atención de Sagan para seleccionarlo como elemento crítico en la construcción de un vehículo interestelar?, ¿por qué ser tan específico, por ejemplo, dos toneladas de erbio, 96 % de pureza?, ¿o es tan sólo un número que, aunque evoca una cantidad industrial, sitúa dentro de lo posible un esfuerzo mundial en minería?

Especulaciones

En la tabla periódica de los elementos, el erbio pertenece a la serie de los lantánidos. Dicha serie debe su nombre al lantano, elemento químico descubierto en 1839 por Carl Gustaf Mosander, quien lo aisló de un mineral de cerio —el siguiente elemento de la serie. Como el lantano parecía estar “oculto” en el mineral, Mosander lo bautizó con ese nombre porque el término griego tiene el significado de “escondido”.

Y no le faltaba razón, al continuar analizando un mineral proveniente de la aldea sueca de Ytterby, que llevaba dando dolores de cabeza a los químicos debido a la variabilidad en la composición de sus óxidos, Mosander fue capaz de separar otros tres elementos: itrio, erbio y terbio. Pareciera que se tratara de un equivalente químico de las muñecas matrioskas: elementos que se anidan dentro de otros… Esta idea hace resonancia con el mensaje estelar de la novela Contacto: la secuencia de número primos es tan sólo la primera capa del mensaje, la destinada a llamar la atención; las capas subyacentes contienen la información que nos conducirá a la sorpresa, a lo novedoso.

En particular, el erbio tiene el número atómico 68, y si Sagan buscaba un guiño a un punto de inflexión no sólo tecnológico sino religioso y cultural, pensar en el año 1968 luce como un buen candidato: año internacional de los derechos humanos, múltiples protestas estudiantiles y políticas, así como el primer viaje tripulado en orbitar la Luna en el Apolo 8.

Por otro lado, al parecer, en la obra de Sagan sólo existe otra alusión específica al erbio. En el capítulo 9 del libro Cosmos, “La vida de las estrellas”, donde escribe:

Todos estos son elementos químicos familiares. Sus nombres nos suenan. Estas reacciones nucleares no generan fácilmente erbio, hafnio, disprosio, praseodimio o itrio, sino los elementos que conocemos de la vida diaria […] Algunos de los elementos más raros se generan en la misma explosión de las supernovas […] Otros sistemas planetarios pueden tener cantidades diferentes de nuestros elementos raros.

Ahora bien, si nos inclinamos a jugar la carta del simbolismo en Contacto, notamos la influencia del mundo clásico en la forma geométrica de La Máquina: un dodecaedro rodeado de tres cápsulas concéntricas. Desde un punto de vista místico, los pitagóricos asociaban dicho sólido regular con los cielos. Muchos de los compuestos de erbio tienen una coloración rosa, y son ampliamente usados en cerámica y cristalería. En el poema homérico, La Odisea, un personaje que se menciona de forma recurrente es Eos, hermana de Helios (dios del Sol) y Selene (diosa de la Luna), refiriéndose a ella como “la que nace de la mañana, la de los dedos rosa”. Podríamos pensar que, así como Odiseo busca retornar a Ítaca —nótese que Sagan residía en Ítaca, Nueva York—, así la humanidad busca retornar a las estrellas al amparo de Eos, de un nuevo amanecer o despertar, representado por la tonalidad rosa típica de los compuestos de erbio.

Si dejamos de lado las posibles resonancias simbólicas del erbio, podemos enfocar nuestra atención a sus propiedades fisicoquímicas que quizás puedan esclarecer su elección para La Máquina. La más prometedora es, quizás, el rol amplificador del erbio cuando sus iones son utilizados en fibras ópticas. De esta manera, el erbio potencia la comunicación a largas distancias; el internet tal y como lo conocemos no sería posible sin este tipo de tecnología. Aunque el internet no existía a escala mundial en 1985, las investigaciones de fibra óptica dopada con iones de erbio comenzaban a reportarse en 1987. No resulta claro cómo es que Sagan estaba al tanto de dichas investigaciones, pero no es descabellado pensar que en su círculo de contactos científicos —muchos de ellos de primera fila— hubiera alguno que haya puesto sobre la mesa lo más relevante en cuanto al futuro de las telecomunicaciones. De esta manera, la elección del erbio no resultaría disparatada, sobre todo si La Máquina funge como dispositivo de comunicación interestelar.

Ampliando las redes

La búsqueda de una respuesta menos especulativa me llevó a otro callejón sin salida, al menos de momento. Una buena parte de la documentación generada tanto por Carl Sagan como Ann Druyan a lo largo de su vida juntos —1,705 cajas de archivos, no todos digitalizados—, se halla en la Biblioteca del Congreso en Washington, D.C., en la colección Seth MacFarlane. Entre los documentos digitalizados se encuentra el segundo borrador mecanografiado de Contacto, con múltiples anotaciones y correcciones. Por desgracia, la extensión del borrador sólo abarca hasta el capítulo 13, “Babilonia”, justo antes de donde se detalla el rol que juegan en La Máquina tanto el erbio como el gadolinio.

Agotada la posibilidad de echar un vistazo a la “carpintería secreta” de Sagan en la escritura de Contacto, el siguiente paso era solicitar ayuda especializada. Pregunté directamente al bibliotecario encargado de los archivos de Carl Sagan en la Biblioteca del Congreso si existía alguna pista sobre el erbio en los archivos no digitalizados. “No estoy al tanto de algún elemento de la colección en específico —respondió— que haga referencia al uso del erbio por parte de Sagan en la novela, el guion [para la película], ni tampoco hay referencia alguna al erbio en nuestra guía de búsqueda”.

Sin embargo, existe la posibilidad de que los archivos dedicados a la novela Contacto, así como las notas de su adaptación cinematográfica que incluyen el diseño de La Máquina, guardados en las cajas 1188, 1189 y 1190, ofrezcan algo de luz sobre la particular selección de Sagan del erbio —y el gadolinio— por sobre otras tierras raras.

Otras líneas de investigación tampoco dieron frutos: ni Cosmos Studios, ni el Instituto Carl Sagan, ofrecieron alguna respuesta concluyente en cuanto a la selección del erbio en Contacto. He ido más allá del ámbito bibliográfico para tocar a las puertas de la memoria, de la anécdota, al intentar contactar por redes sociales —cuando ha sido posible— a aquellos directamente relacionados con Sagan en busca de alguna pista a la pregunta del erbio (Ann Druyan, y algunos de sus hijos, divulgadores científicos también), pero el silencio prevalece.

Quizás nunca sabré la respuesta: las buenas novelas perduran porque dejan preguntas abiertas a interpretación, y conforme la luz del tiempo de nuestras vidas cambia, también nos permite revelar aristas o recovecos que desconocíamos en alguna obra que admiramos, a veces espoleando nuestra curiosidad por nuevos temas o puntos de vista, mostrándonos caminos alternos de pensamiento. Sagan finaliza su novela con estas palabras: “El círculo se ha cerrado. Eleanor encontró, por fin, lo que buscaba”. Continuaré buscando cerrar el círculo a esta pregunta.

Martín Méndez

Doctor en Ciencias Aplicadas por el Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica A. C. (IPICYT), entusiasta de la divulgación científica y la innovación, más presente en el futuro que en el ahora.

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Publicado en: Cuestiones