¿Por qué no hay Nobel de matemáticas?

Crédito de la imagen: Estelí Meza

Para resarcir los daños sociales y humanos que su creación, la dinamita, pudo haber ocasionado al mundo, Alfred Nobel decidió financiar un premio a fin de reconocer las mayores proezas del gremio científico. Es así que año con año, se galardona con el premio Nobel a los trabajos de investigación más trascendentes en las áreas de física, química, medicina o fisiología, literatura y paz. Las matemáticas no hacen presencia en la escena.

Entre mitos y leyendas urbanas, han surgido diversas hipótesis al respecto. Una de las más conocidas, y tal vez la más escandalosa, afirma que Nobel sufrió de un trago amargo durante su vida marital: su esposa cayó ante la seducción de un flamante matemático, Gösta Mittag-Leffler; en venganza, el químico sueco tomó la decisión de castigar a todo el gremio de la disciplina matemática, apartándolo de las mieles del digno reconocimiento.

No obstante, aunque este relato brinda una explicación cautivadora al misterio de la no existencia de un nobel matemático, no hay suficiente evidencia histórica para respaldarlo. En cambio, sí se tiene la certeza suficiente de que Alfred Nobel nunca contrajo nupcias.

Para algunos, las razones más verosímiles se encuentran en el contexto mismo de la época. Por ello, hemos de adentrarnos en los imponentes muros del Palacio de Estocolmo, en donde, en 1889, el Rey Óscar II celebraba su sexagésimo cumpleaños. Además de un baile en su honor y la pomposa celebración, el rey anunciaba al ganador del premio en matemáticas establecido en su nombre, instaurado gracias a la persuasión de Mittag-Leffler, fundador del Acta Mathematica, una publicación en donde se difundían los descubrimientos de la disciplina en la Europa de aquel entonces.

El ganador fue elegido a través de un concurso; el vencedor fue Henri Poincaré, matemático francés cuya labor vislumbró información sobre el problema de los tres cuerpos, el cual consistía en determinar la posición de tres objetos celestes bajo atracción gravitacional mutua. La labor de Poincaré, a pesar de algunos errores, permitió conocer más sobre la naturaleza caótica del movimiento en la bóveda astral: no siempre es posible conocer el siguiente paso en la perenne coreografía de los astros.

Esta entrega pudo ser un antecedente para reconocer el mérito matemático. Así que, probablemente, Nobel no haya considerado necesario agregar la disciplina en su testamento. El químico aspiraba a otorgar el premio a descubrimientos que beneficiaran a la humanidad de una manera directa, más tangible. Acción que las matemáticas parecían no efectuar, debido a su carácter abstracto. Cabe destacar que el premio del rey Óscar II no se mantuvo constante, por lo que, durante décadas, no existió un galardón análogo a la condecoración nobeliana, si bien se edificaron las bases para la creación de uno.

Vencer la ansiedad al vacío

Si bien las y los matemáticos son personas que deben lidiar con el vacío, ello no deja de incomodarlos. Para empatizar con este sentir, pensemos que nos encontramos en una habitación carente de libros y, de repente, alguien entra. Con voz incrédula, nos dice que “todos los libros de este cuarto se encuentran bien apilados”. Puede parecer sorprendente, pero lo que nos ha dicho es cierto; no hay manera de probar la falsedad de su afirmación, toda vez que no podemos exhibir algún libro dentro de la habitación que, en efecto, no esté apilado. A esta situación se le conoce como verdad por vacuidad y suele provocar un irremediable mal sabor de boca.

Más aún, esta sensación de malestar con el vacío puede traspasar los límites de la labor matemática y trasladarse a los terrenos del reconocimiento externo, desde luego, cuando éste es nulo. Así que, ante la ausencia de un nobel de matemáticas, los artesanos del oficio moldearon los planes para dotarse con un equivalente.

Tras la primera entrega del Nobel en 1901, el gremio matemático del Reino de Noruega y Suecia planificó la entrega de un premio en honor al centenario del nacimiento de Niels Henrik Abel, un matemático de trayectoria efímera, pero prolífica. Sin embargo, tras la disolución de la unión entre ambos reinos escandinavos, estas intenciones se vieron mermadas. Parece que el vacío, en este caso, monetario, no dejaría tranquila a la comunidad matemática, desvaneciendo sus sueños de reconocimiento.

No obstante, el viento levantó un poco de los restos de aquellas ilusiones convertidas en cenizas. En 1929, para conmemorar su centenario luctuoso, Abel fue impreso en las estampas de correo noruegas, siendo su recuerdo la cubierta de múltiples secretos trazados con tinta. Cerca de la mitad del siglo, su rostro fue testigo de diversas transacciones en la región, pues se convirtió en la imagen del billete de 500 krones.

En el 2000, comenzando el nuevo milenio, Abel, además de ser un rostro ya conocido del legado matemático escandinavo, devino en representante del año internacional de las matemáticas, establecido por la UNESCO. Tras arduas jornadas de discusión, un premio en su honor es forjado, gestándose en las tenues salas de la Universidad de Oslo en 2001 y viendo la luz dos años después.

Un sentimiento paralelo

Lejos del frío de la tundra nórdica, la vacuidad fue menos severa. El superávit en el presupuesto de la Universidad de Toronto consiguió forjar una corona de victoria para el gremio. Sin embargo, ello también provocó un sentimiento de amargura generalizado, como si un ave de pálidas alas llamara a la ventana de cada matemática y matemático durante el invierno. Cada vez más desplumada, cada vez más demacrada. Para el cuadragésimo otoño, el ave amenazaría con nunca volver. Entonces, el artesano de la disciplina descubriría que ya era tarde: las guirnaldas se habrían apartado y emprendido un viaje eterno junto al ave.

En 1924, se creó la Medalla Fields, nombrada así en honor de John Fields, su fundador, un premio que se otorga a las y los matemáticos de mayor trascendencia en el campo. La primera edición tuvo lugar en 1936. Sin embargo, las condiciones de entrega han sido más exigentes y restrictivas: la ceremonia ocurre cada cuatro años y el galardonado debe tener, a lo sumo, cuarenta años. Estas reglas, además de volver esta medalla un aún más selecto trofeo, la distan un poco de ser un análogo directo del Nobel.

Tras décadas de ardua espera, se plantaron dos estandartes para la comunidad matemática. La ansiedad por el vacío terminó. No obstante, ¿qué trabajo de investigación es el que suele laurearse?, ¿de qué manera se ha esquivado el augurio del último otoño? Para responder, revisemos ahora el trabajo galardonado en la última edición de cada presea.

Quienes consiguieron atrapar al ave

Este 2025, el japonés Masaki Kashiwara fue acreedor del premio Abel. Su labor ha ayudado a enriquecer el entendimiento de los fenómenos que cambian y que, a su vez, dependen de múltiples factores —llamados variables—-. Las ecuaciones diferenciales parciales, su especialidad, permiten modelar cambios de fenómenos si sus variables también se transforman, como el movimiento de las olas en el mar —dependientes de la temperatura y el viento—. Kashiwara consiguió vislumbrar cuándo este tipo de ecuaciones pueden tener solución.

Ahora bien, continuemos con la Medalla Fields 2022. Aunque fueron cuatro los galardonados, nos centraremos en la única y segunda mujer en recibirlo entonces. Para presentar el trabajo de Maryna Viazovska, matemática ucraniana, pensemos en lo siguiente: ¿cuán difícil es acomodar las manzanas o naranjas en el frutero?

Hemos de considerar el arreglo en el que más piezas de fruta quepan, pues queremos aprovechar todo el espacio disponible. En matemáticas, esta idea se conoce como problema de empaquetamiento. Viazovska consiguió pensarlo varias dimensiones más allá de la nuestra, es decir que, no sólo se limita a lo tridimensional; en cambio, ya se tiene información sobre cómo habría de ser el acomodo más óptimo para la fruta de seres en ocho dimensiones —¡si existieran!—.

La labor de Viazovska permite conocer cuál es la densidad máxima de un acomodo de esferas en la octava dimensión. La densidad es un número que indica qué tanto podemos cubrir el espacio de ocho dimensiones con un arreglo de esferas, sin que éstas se sobrepongan entre sí y dejen el menor espacio libre posible.

A modo de reflexión

A pesar de que el trabajo de Viazovska pueda parecer debrayante e impráctico, éste permite conocer cómo se comportan algunas dimensiones mayores a la tercera, aunque no podamos visualizarlas. Esto tiene una trascendencia en teorías de la física que buscan entender el mundo microscópico, como la teoría de cuerdas. Más aún, el código de aplicaciones como WhatsApp puede trasladarse, teóricamente, a dimensiones mayores y ahí corregir sus errores, por lo que, a veces, lo que nos rodea y es indispensable en nuestras vidas puede depender de lo que parece poco útil.

Aún con las aplicaciones en mente, quizás un tanto intangibles y ajenas, es innegable que la duda de Nobel puede permanecer en el aire; remitiéndonos al dilema fundador, en un perenne retorno: ¿es pertinente y necesario laurear el mérito matemático? Después de todo, parece ser que, en ocasiones, incluso las más bellas esculturas talladas en mármol, concebidas desde el placer y la inspiración, pueden convertirse en los firmes cimientos del mundo.

Alejandro Gabriel Jaimes García

Casi matemático por la Facultad de Ciencias de la UNAM y estudiante de Creación Literaria en la UACM. Apasionado por la enseñanza y divulgación de la ciencia.

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Publicado en: Cuestiones