
Para muchos de nosotros, la pandemia del COVID-19 fue un acontecimiento que marcó un antes y un después. Nuestras actividades diarias, como el trabajo o la escuela, se transformaron, y encontramos caminos diversos para continuar andando nuestras vidas. Además de aprender a marchas forzadas a usar Zoom u otras herramientas de teletrabajo, también nos familiarizamos con términos como vacunas, dosis y cepas, que usamos con naturalidad cuando platicamos sobre qué mezcla de vacunas contra el covid-19 nos tocó o si ya nos vacunamos contra la influenza en este año.
La mayoría de las vacunas son sustancias inyectables que vienen en frasquitos, propiamente llamados viales. También existen vacunas que se administran de manera oral de uso pediátrico e incluso inhaladas. A pesar de que estamos muy familiarizados con la vacunación, ¿sabemos qué contiene una vacuna?
Los ingredientes de las vacunas tienen propiedades específicas
Hay tres clases de ingredientes en una vacuna: los ingredientes que generan inmunidad, los que aseguran el buen estado de la vacuna y los inherentes a su elaboración.
El objetivo de las vacunas es poner a trabajar el sistema inmune para que produzca los anticuerpos necesarios que nos defenderán ante una enfermedad. Los ingredientes que generan esta inmunidad son los antígenos y el adyuvante. Los antígenos son componentes derivados de virus y bacterias que generan enfermedades, y que nuestro sistema inmune puede reconocer. Algunos ejemplos de antígenos son bacterias completas, muertas o debilitadas, porciones de virus, virus inactivados o material genético, como ADN o ARN.
El adyuvante es una sustancia que aumenta la respuesta inmune, ya que algunos antígenos necesitan un potenciador para despertar dicha respuesta de manera adecuada. Hay diferentes tipos de adyuvantes, aunque no todas las vacunas requieren de uno. Los hay derivados de plantas, como el que se encuentra en la vacuna contra el herpes zóster, y hay de sales de aluminio, que se usan en vacunas contra el tétanos, la difteria o la influenza.
Además de los componentes inmunológicos, las vacunas contienen ingredientes conservadores y estabilizadores, los cuales permitirán que la vacuna pueda ser transportada y almacenada sin perder su efectividad. Algunos ejemplos de estabilizadores son las sales, como el cloruro de magnesio, azúcares como la lactosa, u otras moléculas como el sorbitol, entre otros.
Algunos viales contienen más de una dosis y, para evitar el crecimiento de bacterias y hongos dentro de ellos durante su uso, se añaden conservadores, como el formaldehído y el tiomersal. Aunque estos compuestos suelen generar inquietud, su uso está estrictamente regulado. La cantidad permitida de formaldehído en una vacuna es muy baja y no representa un riesgo para la salud de las personas. A su vez, el tiomersal es un compuesto derivado del mercurio que no es tóxico en la cantidad presente en las vacunas. El tiomersal también se encuentra en muchos otros productos, como cosméticos y perfumes. Es posible que el lector conozca el tiomersal por su otro nombre, merthiolate: el antiséptico que en el pasado fue usado para limpiar heridas superficiales.
En fin, las vacunas contienen compuestos inherentes a su proceso de producción que permanecen en cantidades mínimas como trazas de antibióticos y proteínas, entre otros, sin que representen un riesgo para la salud.
La vacunación es una práctica que salva vidas
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, hoy se previenen de 3.5 a 5 millones de muertes al año mediante la vacunación contra enfermedades como la influenza, el tétanos y el sarampión. Existen vacunas para más de 20 enfermedades de alto riesgo, como la varicela, el herpes zóster, el rotavirus y el virus del papiloma humano (VPH).
En México, la primera campaña de vacunación se implementó en 1973 con cuatro vacunas: BCG (tuberculosis), poliomielítica, DPT (difteria, pertusis o tos ferina, y tétanos) y contra el sarampión. Por desgracia, en 1990 se produjo un brote de sarampión que cobró la vida de alrededor de seis mil personas. En respuesta, se crearon el Consejo Nacional de Vacunación (Conava) y los Consejos Estatales de Vacunación (COEVA). También se estableció el Programa de Vacunación Universal (PVU), que ejerce acciones como la Semana Nacional de Vacunación.
Es destacable que México ha sido un país referente en la materia, por lo que es importante que el gobierno siga impulsando las campañas de vacunación, asegurando el acceso universal para no perder el camino que hemos avanzado.
Los orígenes complejos del escepticismo a las vacunas
En el 2019, la Organización Mundial de la Salud publicó una lista con las principales diez amenazas a la salud global, entre las que señalan el cambio climático, la resistencia a los antimicrobianos y el escepticismo a la vacunación, definido como la renuencia a vacunarse a pesar de la disponibilidad de las vacunas. Pero, ¿qué motiva esta desconfianza?
Las razones por las que hay renuencia a vacunarse son complejas y de diferente naturaleza. Una de ellas la constituyen las experiencias negativas, propias o ajenas, relacionadas a efectos secundarios después de la inmunización. Los efectos secundarios comunes son leves, como dolor y fiebre, mientras que los efectos secundarios graves son muy raros. Se ha reportado una extraña respuesta autoinmune de formación de trombos intracraneales o en venas abdominales en uno de cada 100 000 vacunados contra la covid-19. Sin embargo, el riesgo de desarrollar trombosis debido a la enfermedad de una persona no vacunada es del 14 % al 16 %.
Otro efecto secundario poco probable es la parálisis facial. Son pocos los casos registrados (0.26 %) y se deben a respuestas inmunes de los pacientes. Los casos de parálisis facial están asociados a las vacunas contra el virus de la varicela-zóster, VPH y DPT, según datos del Sistema de Notificación de Eventos Adversos de Vacunas, de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) del gobierno de Estados Unidos.
Es curioso pero las personas que viven en países desarrollados tienden a ser más escépticas de la seguridad, eficacia e importancia de la vacunación. Esta tendencia resulta contraintuitiva, ya que se esperaría que esas personas cuentan con un mayor acceso a la educación, a la seguridad social y a la información sobre el cuidado de la salud.
Los índices de cobertura y confianza de vacunación muestran tendencias opuestas, lo que sugiere que la aceptación de las vacunas es influenciada por factores culturales, políticos, legales e informativos y no por la disponibilidad de las mismas. Un estudio del 2020 que contempló datos de 144 países, exploró dos hipótesis para explicar este fenómeno; una de ellas plantea que, debido al avance médico en esos países, las personas crecen sin experimentar de cerca el impacto de las enfermedades infecciosas prevenibles con la vacunación. Sin embargo, durante la pandemia de covid-19, las personas de todos los países y condiciones sociales fueron afectadas y las opiniones en contra de la vacunación se mantuvieron constantes antes y durante las primeras etapas de la pandemia. La segunda hipótesis es que el internet permite la difusión de desinformación a una tasa y volumen que las fuentes de datos confiables no pueden competir, dejando a los usuarios solos para discernir si la información que están viendo es adecuada, tendenciosa, incorrecta (sin intención de engañar) o desinformadora (con intención de engañar), ya que las publicaciones de este tipo suelen ser llamativas y alineadas con formas de pensamiento conspiracionista y de desconfianza en el conocimiento científico en general.
Al profundizar en los análisis de confianza, se encontró que dentro de los países ricos, las personas con mayores niveles educativos o más altos ingresos expresan una mayor confianza en la vacunación e, interesantemente, las personas que viven en países con ingresos bajos, medio-bajos y medio-altos, tienen una mayor aceptación a vacunarse.
Un argumento de las personas que desconfían de las vacunas, en especial de la vacuna de covid-19, es que sospechan de que fueron desarrolladas muy rápido, por lo que no son tan efectivas como otro tipo de vacunas, llegando a afirmar que esta vacuna es una pseudovacuna, ya que a pesar de la inmunización, se puede volver a contraer la enfermedad, lo que no pasa con vacunas contra el polio y sarampión. Sin embargo, ahora sabemos que los virus que causan covid-19 e influenza presentan altas tasas de mutaciones, es decir cambian regularmente y que, estando vacunados, los síntomas serán menores ante una infección.
Lo mismo sucede con la vacuna anual de influenza. En México, la cobertura de esa vacuna está por debajo del 70 %, sin embargo, más del 60 % de las personas que no son inmunizadas con la vacuna de la temporada llegan a requerir hospitalización.
Para poner en perspectiva el desarrollo de las vacunas covid-19, si bien es cierto que su desarrollo batió el récord de la vacuna de paperas, que se desarrolló en cuatro años; la producción de la vacuna covid-19 fue rápida debido a que hubo mucho trabajo de investigación desde décadas pasadas. Esas investigaciones estaban encaminadas a desarrollar vacunas para el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), ébola, síndrome respiratorio agudo grave (SARS) y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), permitiendo generar “plataformas adaptables” a diferentes virus. Así que los investigadores emplearon las herramientas seguras disponibles que ya se habían probado y las adaptaron para generar vacunas eficaces contra la covid-19.
Para probar una vacuna se hacen estudios en personas que son inmunizadas y en quienes reciben inyecciones placebo, requiriendo un mínimo de individuos para llevar a cabo las diferentes fases del estudio. Por ejemplo, en el desarrollo de la vacuna contra el Zika, uno de los desafíos es la limitada incidencia global de infecciones, lo que impide llevar a cabo ensayos clínicos a gran escala. Para la vacuna covid-19 éste no fue un problema debido a la velocidad en la que la enfermedad se dispersó: en poco tiempo los investigadores contaron con suficientes personas infectadas para probar la vacuna, por lo que las pruebas clínicas pudieron iniciarse de manera rápida, asegurando que las vacunas cumplieran con los estándares de calidad y seguridad antes de salir al mercado.
Más allá de la incredulidad hacia la ciencia detrás de una vacuna, la renuencia también se debe a la falta de confiabilidad en el gobierno y en el sistema médico. Sobre todo, en Estados Unidos se ha identificado a la población afroamericana como renuente a la vacunación, pero esto tiene una explicación histórica. En 1932 el Servicio Público de Salud de Estados Unidos realizó un estudio en Alabama, sin consideraciones éticas, sobre la evolución de la sífilis no tratada. El estudio incluyó a 399 hombres afroamericanos en condiciones de pobreza, infectados con sífilis y 201 no infectados. Ninguno de los participantes sabía que era parte de una investigación, ni recibieron tratamiento alguno durante los 40 años que duró el estudio, aunque la penicilina ya era ampliamente utilizada en 1944 para tratar la sífilis. A estos hombres se les convenció de que estaban siendo tratados contra el “mal de sangre”, un término que se usaba para describir varias enfermedades, sin ser un término específico. A cambio, los hombres recibirían exámenes médicos y comida gratis, así como “seguro de entierro”.
Por sorpresa, 15 artículos fueron publicados en revistas especializadas sobre los resultados que se iban obteniendo del estudio, sin llamar la atención de nadie. Fue hasta 33 años más tarde, cuando en 1965, el recién contratado trabajador social Peter Buxtun, envió una carta al director de la División de Enfermedades Venéreas de Estados Unidos, expresando las graves preocupaciones morales acerca del estudio. En 1968, Buxtun insistió y, en 1969, se convocó a un panel para discutir sobre el progreso del estudio. La decisión del panel fue no dar tratamiento a las personas, a pesar de que al menos 83 ya habían fallecido debido a la sífilis. Además permitieron que el estudio siguiera adelante, con el argumento de que se perdería una oportunidad irrepetible para estudiar la sífilis. Entonces, Buxtun dio a conocer la historia en el periódico Washington Star y en el New York Times en 1972, año en el que, después de que se convocara a otro comité de evaluación, el estudio fue suspendido y los sobrevivientes, así como sus familias, recibieron tratamiento y compensaciones. A raíz de este increíble suceso se formaron comités de ética y, hasta 1997, el gobierno de los Estados Unidos presentó disculpas formales.
Las vacunas y el autismo
En 1998, en una revista científica prestigiosa, The Lancet, Andrew Wakefield y colaboradores, publicaron un reporte preliminar que sugería la posibilidad de un vínculo causal entre la vacuna trivalente del sarampión, paperas y rubéola, y niños que habían desarrollado comportamientos autistas. A pesar de que el estudio fue hecho en una muestra muy reducida (doce niños), un pobre diseño experimental y conclusiones muy especulativas, la publicación recibió una gran atención mediática.
La vinculación ha sido desmentida, sin embargo, aún es divulgada por medios sensacionalistas. En el 2004, 10 de los 12 coautores retractaron la interpretación original de los datos, diciendo que no se había establecido un vínculo causal entre la vacuna y el autismo. Además, The Lancet admitió que Wakefield no reveló que tenía conflicto de intereses, ya que él estaba tramitando la patente de una vacuna contra el sarampión, que sería competencia para la vacuna que estaba en el mercado.
Para 2010, The Lancet retractó la publicación con una nota pequeña a nombre de los editores, y Wakefield y colaboradores fueron culpados de violaciones éticas y de manipulación de información. Brian Deer fue el reportero que dió a conocer el caso, y también participó en desmentir la implicación del timerosal como causa de autismo en niños vacunados.
Con los ejemplos anteriores podemos darnos cuenta de la importancia de que la investigación científica en general y los estudios en salud deban seguir estrictas normas de ética profesional, buscando realizar investigación sin sesgos y declarando los conflictos de interés que estén involucrados. Es innegable que la investigación y el desarrollo financiado por empresas privadas ha hecho posible que los medicamentos y las vacunas de nueva generación estén disponibles en el mercado para su uso internacional, por lo que el papel de los comités éticos y las organizaciones mundiales cobra alta relevancia para vigilar que la población seamos quienes recibamos los beneficios de estos avances tecnológicos.
La vacunación nos previene de correr riesgos innecesarios
La producción de vacunas sigue un proceso riguroso donde diferentes investigadores, industrias e instituciones se involucran, usando componentes seguros y adaptando el proceso de desarrollo para cada tipo de vacuna. El acceso a nuevas tecnologías y el conocimiento más profundo de los microorganismos, gracias a la investigación en ciencia básica, ha permitido ampliar las herramientas disponibles para la obtención de vacunas contra una variedad más amplia de enfermedades.
Somos testigos de la efectividad de las vacunas, que nos protegen de desarrollar enfermedades. Históricamente, hemos visto cómo las enfermedades, como la viruela, han sido erradicadas. Sin embargo, esta “seguridad” es amenazada cada vez que el índice de vacunación disminuye. En nuestro país es común que los niños reciban vacunas desde que nacen hasta los 6 años, siendo inmunizados contra 15 enfermedades y la meta es que al menos el 80% de la población infantil sea vacunada.
Compartir información verdadera sobre los beneficios de la vacunación ayudará a combatir la información falsa y mitos que rodean a las vacunas.

En la imagen se muestran momentos relevantes en la historia de la vacunación en México y en el mundo. (Créditos de la autora)
Montserrat López-Coria.
Bióloga de formación, egresada de la FES Iztacala, UNAM. Doctora en Ciencias Bioquímicas por la Facultad de Química, UNAM.