La curiosidad de lo que sucede en el interior del ser humano ha llevado a encontrar increíbles sorpresas. Una de ellas es que millones de microorganismos nos habitan; los llamamos microbioma, término acuñado por Joshua Lederberg en 2001.1 El cuerpo humano es hábitat de diez veces más microorganismos que células humanas,2 con un total aproximado de 10 000 especies de bacterias, de las que sólo el 1 % son nocivas.3 De aquí deriva otra gran interrogante: ¿cómo se adquiere esa diversidad microbiana? La respuesta es que un sinnúmero de microorganismos nos colonizan desde el inicio de la vida, aun cuando algunos autores creen que puede existir una exposición de microorganismos al feto durante el embarazo.4

La más drástica colonización del cuerpo humano sucede en el nacimiento, cuando los microorganismos del canal vaginal o piel materna entran en contacto con el bebé. Sabemos que estos organismos tienen funciones específicas para la supervivencia y, aunque su abundancia y diversidad dependen del método de nacimiento —la vía vaginal es la que mayor colonización aporta—, a los dos años un individuo puede alcanzar la completa constitución del microbioma que lo acompañará en su vida.5
Posteriormente al nacimiento, se integran al interior del organismo otra gran variedad de microorganismos mediante vía oral. Primero por la lactancia materna, seguida del contacto con alimentos y líquidos; la acumulación continuará incrementando con la edad y las experiencias en el medio ambiente, a partir de la interacción constante con otras personas, seres vivos o fenómenos que existen en el medio. Por tanto, el microbioma de cada sujeto es dinámico, es único para cada nicho del cuerpo, y sufre algunas modificaciones en diferentes etapas de la vida.6 Cabe mencionar que el clima, la zona geográfica, el sexo, la edad e incluso la genética impactan en la diversidad y abundancia del microbioma.
La importancia que tiene el microbioma en el ser humano deriva en los beneficios mutuos entre nuestro cuerpo y los microorganismos, pues desarrollan una simbiosis; es decir, un equilibro de ayuda mutua que favorece funciones como la modulación del sistema inmune, el mantenimiento de la barrera intestinal en óptimas condiciones, la protección frente a patógenos, así como la síntesis de neurotransmisores, neuromoduladores y hormonas. Todo esto facilita funciones metabólicas, como la digestión de componentes no digeribles de la dieta, producción de cofactores y vitaminas, por mencionar las más importantes.
Respecto a su distribución, los microorganismos se encuentran alojados en todo el cuerpo. La piel contiene el 21 %, la cavidad oral conforma el 26 % y en aproximadamente siete metros de intestino se cuenta el 29 % del microbioma total. Así, el microbioma del tracto gastrointestinal o microbiota intestinal7 es el más extenso y estudiado, y está integrado por microorganismos desde la cavidad oral hasta el colon, conformado por arqueas, virus, protistas, hongos y bacterias mutualistas y parásitos.8 Esta revisión se enfocará especialmente a la diversidad de bacterias del tracto gastrointestinal, pues aquí se albergan más del 50 % de todas las que habitan en el cuerpo humano.
El intestino grueso es el sitio de mayor acumulación bacteriana. Aquí las bacterias más abundantes pertenecen a la clasificación denominada “filos”, conocidos como Firmicutes y Bacteroidetes, seguidos por Actinobacterias, que juegan un papel fundamental en el binomio salud-enfermedad.9
La literatura ha reportado que las alteraciones en los grupos bacterianos, o incluso una reducción en la diversidad bacteriana, genera un desequilibrio conocido como “disbiosis”, que puede ocasionar enfermedades; esto es, el incremento de algunos géneros de los filos Firmicutes, como Clostridium perfringes, Bacillus cereus, Staphylococcus aureus, Enterococos. Algunos otros producen un mayor riesgo de obesidad, diabetes e hipercolesterolemia. Además, la disbiosis es un sello común en distintas enfermedades inflamatorias del intestino, como la colitis ulcerosa o la enfermedad de Chron.10
Este desequilibrio o disbiosis es responsable de que la barrera entre el intestino y la circulación sanguínea se comprometa y se presenten “fugas”, de tal forma que se considera que alimentos parcialmente digeridos, además de bacterias y sus metabolitos, se cuelan al interior del cuerpo, afectando directamente al sistema inmune que los reconoce como ajenos, facilitando la inflamación que conlleva a estados de enfermedad.11
Controlar ciertos factores causantes de la disbiosis están en nuestras manos, pues la exposición a ciertas condiciones ambientales, estilos de vida, dieta, estrés, ocupación, enfermedades, higiene personal, el uso de drogas o fármacos pueden afectar de forma negativa el sano equilibrio con nuestra microbiota.
La dieta juega un papel determinante y puede fácilmente dar lugar a la disbiosis, favoreciendo una inflamación intestinal crónica, como sucede con el consumo elevado de grasa o azúcar. En un experimento, un grupo de roedores fue dividido entre aquellos que se alimentó con una dieta alta en azúcar o dieta alta en grasa; mostraron mayores cifras de citocinas inflamatorias (IL-6, IL1β, IL2), así como estreñimiento —una tercera parte de las defecaciones habituales—, lo que contribuye a que los metabolitos dañinos se acumulen. También se observó que la dieta alta en azúcar incrementa la permeabilidad intestinal debido a cambios en las proteínas de unión, y la dieta alta en grasa incrementa la cantidad de macrófagos en tejido intestinal, favoreciendo la respuesta de citocinas inflamatorias. Así, el incremento de grasa y azúcar en la dieta se asoció a niveles reducidos de Bacteroidetes, encargados de controlar la colonización de bacterias patógenas y aumento de Firmicutes del género Ruminococcus, que con su actividad enzimática puede degradar la mucina y facilitar la permeabilidad intestinal, todo ello relacionado con el desarrollo de enfermedades metabólicas.12
En humanos se ha reportado que la dieta alta en fibra y baja en grasa mejora la mucosa intestinal y protege de enfermedades asociadas al estilo de vida occidental.13 La dieta a base de productos vegetales facilita la fermentación por el microbioma intestinal y favorece la síntesis ácidos grasos de cadena corta relacionados con mejores niveles de glucosa, de ahí que estas dietas sean sugeridas a personas con diabetes.14
Así, se conoce a la fibra y a otros nutrimentos, como la glutamina y la vitamina D,15 como prebióticos, pues son sustratos de los que la microbiota se alimenta para mantener un sano equilibrio con su huésped. Por tanto, es importante fomentar el consumo de estos alimentos. Aquí es importante mencionar la diferencia entre prebióticos y probióticos: los primeros son sustratos que alimentan a las bacterias que queremos abunden en el intestino; los probióticos, en cambio, son microorganismos vivos, como bacterias y levaduras que, cuando se administran en cantidades adecuadas, proporcionan beneficios a la salud del huésped. Ambos ayudan a mantener una sana permeabilidad intestinal, manteniendo su integridad y mejorando la salud de nuestro organismo.
Mi recomendación es que estemos constantemente atentos a lo que pasa día a día en nuestro torcido interior, desde sonidos nuevos y sensaciones de bienestar o malestar. Es posible que estemos alterando nuestra microbiota intestinal, la cual, como vimos, es dinámica y puede modificarse en 24 horas, para bien o mal.
Yesica Sughey González Torres
Doctora en Biociencias. Profesora e Investigadora en CUAltos, Universidad de Guadalajara. Miembro Fundador del Colegio de Nutriólogos Jalisco. Delegación Tepatitlán.
1 Ledeberg, J., y McCray, A. T. “Ome SweetOmics. A genealogic treasury of words”, The scientist, 15(7), 2001, p. 8.
2 Human Microbiome Project. Consortium, “Structure, function and diversity of the healthy human microbiome”, Nature, 486, pp. 207-214.
3 López-Goñi, I. “Microbioma humano: un universo en nuestro interior”, Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular, 197, 2020, pp. 8-14.
4 Human Microbiome Project. Consortium, ob. cit.
5 López-Goñi, I. ob. cit.
6 Ibíd.
7 Human Microbiome Project. Consortium, ob. cit
8 Suárez, J. E. “Microbiota autóctona, probióticos y prebióticos”, Nutrición Hospitalaria, 31(1), 2015, pp. 3-9
9 Ibíd.
10 Weiss, G. A., y Hennet, T. “Mechanisms and consequences of intestinal dysbiosis”, Cellular and Molecular Life Sciences, 74(16), 2017, pp. 2959-2977.
11 Tilg, H., y otros. “The intestinal microbiota fuelling metabolic inflammation”, Nature Reviews Immunology, 20(1), 2020, pp. 40-54.
12 Tan, R., y otros. “Intestinal microbiota mediates high-fructose and high-fat diets to induce chronic intestinal inflammation”, Frontiers in cellular and infection microbiology, 11, 2021, pp. 531.
13 O’Keefe, S. J., y otros. “Fat, fibre and cancer risk in African Americans and rural Africans”, Nature communications, (1), 2015, pp. 1-14.
14 Houghton, D., y otros. “Systematic review assessing the effectiveness of dietary intervention on gut microbiota in adults with type 2 diabetes”, Diabetologia, 61(8), pp. 1700-1711.
15 Khoshbin, K., y Camilleri, M. “Effects of dietary components on intestinal permeability health and disease”, American Journal of Physiology Gastrointestinal and Liver Physiology, 319(5), 2020, G589-608.