Dentro de la estética japonesa existe el término yugen. Su traducción literal es “oscuro”, pero en el teatro Noh se usa para referirse a una belleza que sólo se percibe de manera parcial: se siente, pero el espectador apenas la vislumbra. Nuestro universo está lleno de maravillas escondidas. Si pudiéramos ver la escena que se desarrolla dentro de una escala diminuta, encontraríamos un mundo que permanece invisible para nosotros: un frenesí de seres vivos interpretando un acto microscópico. Por lo que vale la pena preguntarse ¿quiénes son los actores principales del microcosmos?
Nuestro sentido de la vista está adaptado de manera que podemos interactuar con el mundo que nos rodea en el nivel adecuado para nuestra supervivencia: un escenario macroscópico. Así, observamos objetos de tamaños similares al nuestro para poder cubrir nuestras necesidades básicas o mantenernos fuera de peligro. Por ejemplo, es útil estar consciente de dónde encontrar agua o comida, así como poder pelear o huir en respuesta al ataque de otro animal. Para sobrevivir no es necesario conocer las reacciones fisicoquímicas que ocurren, invisibles a nuestros ojos, dentro de esa planta que nos provee de alimento o de la criatura que nos ataca.

Medimos el nivel macroscópico en kilómetros, metros o centímetros. Incluso alcanzamos a percibir los milímetros a simple vista. Pero si dividimos un milímetro en mil partes, obtenemos la micra: la medida del tamaño de las bacterias. Sentados en nuestra butaca necesitamos, ya no un par de binoculares, sino un microscopio para poder observar la obra que se desenvuelve. Con los microbios llevamos una relación muy larga y compleja, pero precisamente por ser tan pequeños, fueron desconocidos para nosotros por mucho tiempo.
Nuestros antepasados, hace miles de años, forjaron una relación de convivencia con ciertos organismos microscópicos: bacterias, virus, hongos… y se formó lo que se conoce como microbiota humana, pero recién comenzamos a entender la importancia del papel que interpretan en nuestras vidas.
Para empezar, el elenco era mucho más grande de lo que pensábamos. Nuestra microbiota incluye a tantos seres que en conjunto representan aproximadamente: ¡un kilo de nuestro peso corporal! Los ambientes variados que proporciona el cuerpo humano permiten que una gran diversidad de microorganismos hallen un acogedor hogar. Tomando en cuenta solamente la piel, podemos encontrar zonas húmedas y calientes, como las axilas, manos y pies; regiones ricas en grasas, como la cara y el torso; y secciones frescas y secas, como las piernas. ¡Hay más microbios en la piel de una persona que seres humanos en el planeta Tierra! Nos ayudan a convertir las grasas en humectantes que a su vez forman una barrera de protección. También modifican el ambiente de la piel (qué tan ácido o alcalino es) y así impiden que crezcan organismos dañinos. Por ejemplo, Bacillus subtilis es una bacteria que se alimenta de las grasas y células muertas de la piel y libera una sustancia tóxica para los hongos que ocasionan el pie de atleta.
Pero la mayor parte de la microbiota reside en los intestinos y es indispensable para que podamos seguir nuestro libreto. Una de sus funciones es ayudarnos a digerir alimentos y liberar nutrimentos. Los lactobacilos protegen al sistema digestivo y permiten digerir el azúcar de la leche (lactosa). También existen bacterias que producen por sí mismas la vitamina K y otras generan vitaminas del complejo B. Además, la microbiota intestinal se comunica directamente con nuestro cerebro. Quizá nos consideremos los protagonistas, pero tras bambalinas, la microbiota está a cargo de mover los hilos. Puede mandar señales si los tejidos se dañan, para promover su reparación a través del crecimiento de las células y fomentar que sanen más rápido. Es también en el intestino donde se produce entre el 80 % y 90 % de la serotonina, conocida como “la hormona de la felicidad”. Se trata de un mensajero molecular que regula los estados de ánimo, ciclos de sueño y de apetito, y la microbiota parece estar implicada en su producción.
Otra clase de mensaje que puede enviar la microbiota a través del eje intestino-cerebro, es la capacidad de influir en lo que nos apetece comer. La gran variedad de microorganismos que existen tiene distinta fuente de alimentación. Algunos prefieren los carbohidratos y otros las grasas. Mientras mayor sea la población de un tipo en particular, aumentará el número de señales que enviará al cerebro para fomentar el tipo de dieta que más le favorezca. Si la persona ingiere los alimentos correspondientes, esta población de microbios crecerá y así se creará un círculo vicioso o virtuoso (dependiendo de la dieta). Entonces, al comer comida chatarra, alta en grasas y carbohidratos, hará que deseemos cada vez más de ésta. Pero no hace falta hacer un drama porque para nuestra suerte, una dieta rica en fibra propiciará que crezcan los microbios asociados a una dieta saludable y nuestros antojos sigan esta misma dirección. Lo mejor que podemos hacer es alimentarnos con una variedad de frutas, verduras, nueces, legumbres y granos enteros. Todas éstas son fuentes diversas de fibra que ayudarán a tener una microbiota benéfica para nuestra salud.
Ahora que conocemos el mundo microscópico podemos aprovechar las distintas sustancias que estos seres pueden producir. En la industria alimenticia se han vuelto las estrellas de las funciones más taquilleras. Por mencionar un caso, tenemos a la fermentación: el proceso que ocurre cuando ciertos microorganismos, como bacterias y levaduras (hongos microscópicos), ingieren azúcares para obtener energía. Al romperlos, generan dióxido de carbono (gas) y otros productos, como alcohol o ácidos. Ese gas es el que permite que preparemos panes esponjosos o cervezas y vinos espumosos. El ácido láctico, por mencionar un ejemplo, produce el sabor y espesor de yogures y quesos.
¡Pero la microbiota no es exclusiva de los seres humanos! Una de las maravillas que sí podemos observar a simple vista son los bellos y coloridos arrecifes de coral. Lamentablemente, se enfrentan a una crisis debido al cambio climático y sufren de blanqueamiento, lo cual está provocando la pérdida de corales a ritmos alarmantes. Recientemente, se ha observado que una de las posibles formas de atacar el problema podría ser precisamente a través de su microbiota. Del mismo modo en que la de los seres humanos influye en el estado de salud, las microalgas del clado Symbiodi Niaceae pueden aumentar la tolerancia de los corales a las altas temperaturas y ayudar a combatir el blanqueamiento. Las bacterias están implicadas en la absorción de carbono y los ciclos de nitrógeno y azufre, importantes para todos los seres vivos. Se ha identificado un grupo de microbios, llamado “Microorganismos Benéficos para los Corales” (BMC, por sus siglas en inglés), que impactan de manera positiva en la salud de los corales. Algunos lo hacen directamente, ya sea reduciendo compuestos tóxicos o produciendo nutrimentos o agentes antimicrobianos (esto aumenta su resistencia a enfermedades). Otros modifican ciclos secundarios en el entorno de los corales de una manera que les favorece. Así que estudiar al mundo microscópico también puede ayudarnos a resolver problemas ambientales. Es momento de la gloria y estos seres merecen un fuerte aplauso.
El anterior fue solo uno de los innumerables ejemplos de aplicaciones en la investigación y el ámbito clínico, pero los microorganismos son actores muy versátiles por lo que pueden interpretar toda clase de roles. Se usan como modelos de estudio, para entender cómo funcionan los procesos biológicos; como pequeñas fábricas para producir alguna sustancia de interés: la insulina, por ejemplo; como componentes de las vacunas, para entrenar a nuestro sistema inmune y protegernos de las enfermedades; como probióticos, que fomentan una buena salud intestinal (son miembros de la microbiota benéfica), y demás. Cada vez comprendemos un poco mejor el gran impacto que tiene en nuestras vidas esta enorme diversidad de seres que se desarrollan en una escala tan minúscula. Aún así, nos queda todo un abanico de posibilidades por explorar.
Escondidos de nuestra vista se desarrollan microcosmos: mundos donde suceden cosas extrañas, increíbles y fascinantes. Conforme ideamos herramientas tecnológicas que nos permiten observarlos y estudiarlos, descubrimos que no todo es lo que parece y falta mucho por conocer, más allá de lo evidente. Cuando se levanta el telón y se revela el mundo de lo invisible, aprendemos a mirar con otros ojos.
Mariana Castro Azpíroz
Bióloga Molecular por la Universidad Autónoma Metropolitana y divulgadora científica en Ciencia en un clic
Referencias:
American Museum of Natural History, The Secret World Inside You, 2021.
Genetic Science Learning Center, Your Microbial Friends, University of Utah, 2014.
How Bacteria Rule Over Your Body – The Microbiome, Kurzgesagt – In a Nutshell, 2017.
Erez Garty, The beneficial bacteria that make delicious food. TED-Ed, 2016.
Raquel S. Peixoto, Michael Sweet y David G. Bourne. Customized Medicine for Corals, 2019.