Hay varias plantas que se distribuyen en México y son reconocidas alrededor del mundo por su belleza, propiedades aromáticas o medicinales. Como muestra están las nochebuenas, símbolo de la navidad, o las flores de cempasúchil que adornan los altares en día de muertos y dan belleza a los jardines de otros países. Un caso parecido es la dalia, la flor nacional, que es utilizada con fines ornamentales, principalmente en Europa.
Estos ejemplos se empezaron a cultivar y domesticar desde la época prehispánica, cuando eran utilizadas con fines ornamentales, ceremoniales y medicinales. Aunque son originarias de México y Centroamérica, como es el caso de la nochebuena y el cempasúchil, han sido sembradas en muchas partes del mundo dando origen a muchas variedades.
La chía o Salvia hispanica comparte un poco esta historia. También es una especie autóctona de México y Guatemala, es decir, estos países forman parte de su área de distribución natural, ningún ser humano las puso ahí. Además, se cultiva desde la época precolombina, cuando era parte de la dieta prehispánica de mayas y aztecas, junto con el maíz, frijol y amaranto. Sus semillas se combinaban con maíz para preparar una harina llamada chianpinolli, con la que se elaboraban tortillas y tamales.
Sin embargo, con la llegada de los españoles también arribó la prohibición de su cultivo y la importación de cereales que terminaron por desplazar su siembra y provocar su cercana desaparición. Después de hacer frente al olvido por casi 300 años, la chía apenas sobrevivió gracias a algunas hectáreas en donde se cultivó después de la independencia. Su suerte dio un giro inesperado en los años noventa, pues luego de que se conociera su alto valor nutricional tuvo una reaparición y un salto a la fama. Actualmente, se produce en distintos países, incluyendo Guatemala, Bolivia, Colombia y Argentina, y forma parte de la gastronomía mundial en la elaboración de ensaladas, panes, bebidas o harinas; en México podemos probarla en la famosa y rica agua de chía que se acompaña con limón.
Tal y como en la antigüedad, las semillas son hoy la parte más utilizada de la planta, debido a que se ha comprobado que son una excelente fuente de ácidos grasos omega-3, mismos que ayudan a reducir los niveles elevados de colesterol y tienen actividades antiinflamatorias, cardioprotectoras y hepatoprotectoras.
También proveen de minerales como el calcio, potasio y fósforo, así como de vitaminas B1, B2 y B3. Son una gran fuente de éstos en comparación con otros cereales, como el arroz, maíz, trigo. También tienen una alta concentración de antioxidantes y fibra. Además, la etnobotánica, ciencia que estudia la relación que tienen los seres humanos de diferentes culturas con las plantas, reporta que se utiliza en medicina tradicional para el tratamiento de afecciones en la piel y enfermedades gastrointestinales.

La chía pertenece al género Salvia y a las especies que forman este grupo se les llama, generalmente, salvias. La mayoría posee compuestos aromáticos. El país tiene una buena representatividad del género, pues alrededor de las 300 de las casi 1000 especies que se encuentran en este grupo se distribuyen en México; también es el segundo género más diverso, apenas superado por Mammillaria, un género de cactáceas emblemáticas y representativas del país,con 306 especies.
Salvia proviene del latín salvare debido, probablemente, a las propiedades medicinales que se les atribuían a algunas especies desde la antigüedad. Se ha confirmado que estas plantas tienen actividades farmacológicas antipalúdicas, es decir, protegen contra la malaria, así como antimicrobianas, antioxidantes y antiproliferativas, porque pueden detener la reproducción de células cancerígenas.
Otra especie de salvia conocida a nivel internacional es el cordón de San Francisco, cordón de Jesús o por su nombre científico Salvia Leucantha, que adorna jardines en Europa, China y África. En México, su uso ornamental apenas va despuntando.
Esta planta puede llegar a ser confundida con la lavanda debido a las similitudes que presentan, pues ambas crecen en forma de arbusto y sus inflorescencias son moradas y aromáticas. Pero, aunque ambas pertenecen a la familia Lamiaceae, difieren en el género: la lavanda no está entre las salvias, se encuentra en Lavandula.
Para ver las diferencias entre ambas especies, necesitamos una lupa botánica. Comenzaremos con la lavanda: sus hojas son color verde grisáceo, como si estuvieran cubiertas por una capa de cenizas, y son pequeñas, porque llegan a medir aproximadamente tres centímetros o el tamaño de una moneda de diez pesos mexicanos. Además, una característica que las distingue son los pequeños dientes en los bordes, razón por la que la especie que mayormente se cultiva para ornato se llama Lavándula dentata. En cambio, las hojas del cordón de San Francisco son cinco veces más largas, pues llegan a medir hasta quince centímetros, y la punta de la hoja tiene parecido con la de una lanza que, al tocarlas, parece que acariciamos un pedazo de tela terciopelo.
La disposición de las flores en la parte superior de los tallos o inflorescencias son las que más causan confusión, porque están acomodadas en verticilos, es decir que hay grupos de éstas que crecen a la misma altura del eje principal, llamado raquis. Para visualizarlo, podemos pensar en un estante rectangular y flexible de librería, del que podemos juntar los extremos, por lo que cada repisa sería en verticilo y cada libro sería una flor. Tomaremos nuestra lupa para diferenciar las flores. En la lavanda, las flores están amontonadas, no se puede observar el raquis a simple vista, pues son de ocho milímetros y de color lila pálido: debemos acercarnos mucho para verlas sobresalir de las brácteas, aquellas estructuras que las protegen. Hasta arriba tienen un mechón de brácteas moradas que parecen una corona, y cuya función es atraer a los polinizadores. Por otro lado, en el cordón de San Francisco, las flores están más espaciadas, por lo que el posible ver el raquis y, aunque el color dominante es el púrpura de los cálices aterciopelados que sostienen las flores, los pétalos son blancos y tienen forma de labios abiertos, característica de las flores de las salvias.
Hay otra diferencia importante entre ambas que no podemos notar a simple vista; la lavanda es una especie exótica, porque fue introducida al país producto de la actividad humana, ya que México no forma parte de su área de distribución original. Este también es el caso de la jacaranda, que cubre las calles con alfombras moradas en primavera, y es originaria de Sudamérica. Por el contrario, el cordón de San Francisco es una especie nativa del país. Debido a que estas plantas forman parte de las comunidades del área donde se han desarrollado, tienen relaciones estrechas con otros seres vivos con los que comparten el hábitat, y se han adaptado a las condiciones ambientales del sitio.
De ahí que la siembra de ésta y otras plantas nativas en jardines y parques locales se proponga como una alternativa ante la pérdida de biodiversidad, pues dan refugio, alimento y sitios de reproducción a los polinizadores autóctonos con quienes han interactuado durante mucho tiempo. Por otro lado, no necesitan muchos cuidados porque están acostumbradas al tipo de suelo, temperatura, humedad, plagas locales, etc.
Los polinizadores nativos son indispensables para la reproducción sexual de las angiospermas o plantas con flores, que usamos con fines alimenticios, medicinales y decorativos. Como muestra, investigadores en Argentina documentaron que los abejorros silvestres son más eficientes transportando el polen de flores autóctonas, en comparación con las abejas melíferas. Esto nos dice que, aunque estas abejas fueron introducidas al continente para contribuir a la polinización en la agricultura, no pueden reemplazar por completo a los polinizadores silvestres. Además, pueden traer consecuencias negativas como el desplazamiento de especies locales y ser transmisores de parásitos y patógenos.
La eficacia de los abejorros es atribuida a la larga historia evolutiva que han formado con la planta, ya que transportan el polen y lo depositan cerca del mediodía, cuando la flor femenina es más receptiva. Estas relaciones se fueron construyendo desde hace millones de años y han moldeado la forma, el color y el tamaño de las flores, así como las recompensas que ofrecen. En el caso de las salvias, por ejemplo, han contribuido a la evolución de la diversidad floral que caracteriza al género.
El caso de los abejorros argentinos evidencia que la fauna autóctona tiene una importancia ecológica imprescindible, pues mantienen el equilibrio en los ecosistemas. El cacomixtle es un ejemplo local porque es clave para la dispersión de semillas y para el control de plagas, debido a que se alimenta de insectos y roedores, pero a su vez, también es comida para la zorra gris. El balance de la naturaleza es fundamental para el bienestar humano, ya que nos provee de alimento, agua, y medicamentos. De la misma manera, permite que se lleven a cabo actividades económicas como el comercio legal de especies, la industria pesquera y el ecoturismo, además, nos ofrece lugares de recreación. Aunado a esto, los animales nativos tienen importancia cultural; uno de ellos es el Quetzal, ave sagrada para mayas y aztecas cuyas plumas adornaban penachos.
Es por todo esto que, si bien el cultivo de plantas mexicanas en otras partes del mundo y la siembra de especies extranjeras en el país son símbolo de intercambio cultural y contribuyen al conocimiento de la biodiversidad mundial, es necesario que en México se reconozca la importancia de las plantas y animales autóctonos, pues como en el caso de las salvias, tienen un gran valor nutricional, medicinal, económico, cultural y ecológico.
Ruth Itzel Torres Torres
Bióloga por la Facultad de Ciencias UNAM, educadora ambiental y divulgadora de la ciencia en formación. Apasionada por compartir el conocimiento acerca de la vida.
Referencias
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