
Cuando el filósofo de la ciencia Ludwick Fleck explicó en su libro La génesis y el desarrollo de un hecho científico que, durante la Europa del siglo XV, la sífilis era más un constructo social que una infección bacteriana, no quiso decir que esta enfermedad estuviera en la mente, sino que lo que se entendía en términos médicos como sífilis, sus causas y sus curas, era construido a través del entendimiento social. En aquel entonces, la sífilis era un castigo divino por una vida pecaminosa o por tener sangre impura y la cura llegaba, si acaso, con rezos y el uso del tóxico mercurio.
Esto era un hecho verificable y, hasta cierto punto, repetible como una verdad. Hoy en día, nuestra verdad es otra, ahora construida por cientos de años de saberes y desaciertos. Lo que el ejemplo Fleck ilustra es que lo que entendemos como “verdad”, es hasta cierto punto frágil. Ahora, la propagación de información, ya sea verídica o falsa, gana más y más peso. Si a esto sumamos que poder distinguir contenido creado de manera artificial es cada vez más difícil, nos enfrentamos a un problema que, si bien no es nuevo, su giro moderno representa un gran reto.
Desde temprana edad, nos enseñan las bases de diferentes ramas de la ciencia con la intención de desarrollar actitudes como la lógica, curiosidad y creatividad que, en teoría, nos serán útiles el resto de nuestras vidas. Sin embargo, la alfabetización en temas de ciencia sirve para mucho más que desarrollar habilidades o para saciar la curiosidad de quienes busquen comprender un poco mejor cómo funciona todo aquello que nos rodea. En un mundo tecnológico, entender cómo actúa la ciencia significa también estar al tanto de las políticas medioambientales y de salud, del funcionamiento y las capacidades de la medicina, de nuestra seguridad en redes sociales, y sobre todo para desarrollar un ojo crítico, saber en qué sí y en qué no confiar.
La pandemia de la COVID-19 se presenta como un claro ejemplo: un complejo problema sanitario que se desenvolvía en tiempo real hizo imposible tener información concreta y actualizada al segundo. Esto dio lugar a que las teorías conspiranoicas y experiencias subjetivas llenaran el vacío que dejaba la falta de conocimiento concreto. Sabemos que, para distinguir la información verificada de la seudociencia, es necesario estar familiarizados con el tema; no obstante, en la práctica es imposible saber, aunque sea un poco, de todo. En tiempos en que la tecnología y los avances científicos son cada vez más parte de nuestro día a día, parece que lo que en algún momento fue suficiente para considerarnos “alfabetizados”, en ciencias ya no es suficiente.
En 2016, un estudio realizado por la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina de los Estados Unidos definió el estar educado en ciencias como “familiaridad con la empresa y la práctica de la ciencia”. Pero, ¿qué determina “familiaridad”? Ésta puede ser desde tener conocimientos vagos de un concepto o estar involucrado con el mismo. Por esta razón, Emily L. Howell y su equipo de la Universidad de Wisconsin-Madison decidieron poner bajo la lupa esta definición para saber, en verdad, qué significa estar informado en ciencia en tiempos modernos.
En su opinión, para poder considerarnos alfabetizados en ciencia es necesario entender mejor a la misma. No como una disciplina que se distancia de la sociedad para estudiar al resto del universo, sino como un producto humano, creado por y para humanos, financiado por intereses humanos. De esta manera, los investigadores determinaron que son tres etapas las que engloban el ciclo de vida del conocimiento científico y con las que tenemos que estar familiarizados para poder entender todo lo que la ciencia comprende. De ninguna manera ésta es una óptica nueva, el mismo Fleck escribió al respecto, y personajes como Thomas Kuhn ahondaron más en el tema. Sin embargo, vale la pena estudiar a la ciencia como un producto, ahora bajo las influencias de un mundo altamente tecnológico y con el uso de una de las herramientas más confiables y utilizadas de la postmodernidad: la metarreferencialidad.
La primera etapa es la “alfabetización científica cívica”; es decir, el punto en el que los científicos ejercen su vocación. Aquí, un individuo en verdad familiarizado con la ciencia debe entender qué prácticas son las que permiten que exista, que hay intereses detrás de la investigación y que la sociedad influye en la ciencia que se practica.
Estar al tanto de las minucias de todo tipo de investigación científica es imposible, pero entender cómo se lleva a cabo nos ayuda a distinguir qué es científico de lo que no lo es; cuáles son los límites de la ciencia y cómo está ligada y limitada a la incertidumbre y la replicabilidad.
La segunda etapa es la “alfabetización científica en medios digitales”. Aquí se exploran los puentes modernos a través de los cuales la ciencia abandona su círculo de investigadores y alcanza a la sociedad general; esto, en nuestros tiempos, ocurre a través del internet de forma predominante. La hiperconectividad digital facilita el intercambio de información, pero es importante preguntarnos qué tipo de investigación se destaca, qué es un hecho y qué una opinión, pero sobre todo qué información es “curada” y distribuida por los algoritmos.
La tercera y última etapa es la “alfabetización científica cognitiva”, donde el consumidor debe entender sus propios valores, sesgos e intereses para distinguir qué tipo de información acepta y cuál rechaza. En conjunto, hacernos estas preguntas debería ayudarnos a entender de mejor manera cómo trabaja la ciencia, para así formar una comunidad informada en temas científicos, más escéptica a su vez, pero también más involucrada con la investigación y su mundo.
El punto de todo esto no es dudar de la ciencia, sino saber cómo cuestionarla, para identificar qué es ciencia y qué es pseudociencia. Como el filósofo de la ciencia francés, Bruno Latour opinó, la única manera de conocer a fondo todo aspecto de la ciencia es ir a pararnos en el laboratorio a ver cómo trabajan los investigadores. Ya que esto es imposible, es necesario confiar en la colectividad de la ciencia, en que se desarrolla, refuerza y rechaza por la misma comunidad. Ahora, con un ojo crítico, poner de nuestra parte para juzgar la información con la que nos encontramos, y así filtrar aquello que busque desinformar. Algo que, día con día, resulta más necesario.
Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.