Hay un dicho muy común que hace referencia a lo importante que es el tiempo para casi cualquier asunto, ya sea científico o cotidiano: Roma no se construyó en un sólo día. Sería extraordinario que en un sólo día se pudiera desarrollar una sociedad sostenible donde exista una relación con la naturaleza que no comprometa nuestro futuro. Sin embargo, las innovaciones biotecnológicas a partir del siglo XXI han hecho que el tiempo que tiene que transcurrir para su aceptación por la sociedad sea cada vez más precipitado, debido a que cada vez somos más dependientes de estas tecnologías.1 Encontramos un ejemplo muy claro de esta dinámica en la conferencia de Asilomar de 1875, organizada por el bioquímico Paul Berg, en la que se discutieron las posibles implicaciones biológicas de la biotecnología para la humanidad. Fue un evento que centró el debate público en la urgencia de regular los experimentos que utilizan ADN recombinante, lo cual se refiere a combinar ADN de diferentes organismo.2
En el siglo pasado se hablaba de las consecuencias sociales de la tecnología en la sociedad, pues el objetivo era mejorar la experiencia individual; hoy en día, sin embargo, en un mundo interconectado e hiperestimulado, los horizontes tecnológicos y científicos permiten modificar al individuo, la experiencia y la comodidad ya son intereses lejanos.
Mi intención en este texto es interrogar la transformación de fenómenos biológicos en objetos técnicos, pues ésta transformación implica problemas ajenos a la epistemología científica. Para este fin, me centraré en una sóla disciplina: una se valga de tecnologías convergentes, que aún no sea ampliamente aceptada por la sociedad y, sobre todo, que nos permita demostrar que nada se construye en un sólo día. Por estas razones, he decidido hablar de la medicina genómica y en particular la terapia génica.
Para mirar el gran coliseo que representa la terapia génica, imaginemos dos tipos de humanos: el primero tiene súper vista, una increíble fuerza y puede vivir cientos de años; el segundo tiene la oportunidad de optar por una vida sin ninguna enfermedad genética, es capaz de defenderse en una lucha contra armas químicas y puede elegir la naturaleza material de su descendencia. Ambas imágenes intentan representar una idea general de terapias génicas o ingeniería genética. La primera, simboliza panoramas distópicos y la otra, una posibilidad un tanto más cercana A pesar de que las discusiones en torno a la terapia génica no giran alrededor de crear súper humanos, pero sí se enfocan en erradicar toda enfermedad genética, no quiere decir que sea una proeza fácil de lograr. De este modo, podríamos decir que el plano arquitectónico de este coliseo tiene sus cimientos en cuestiones epistemológicas y técnicas, pero sería ingenuo creer que el plano es el coliseo. La realidad es que, cuando nos preguntamos por las razones sociales que impulsan la investigación en terapia génica, descubrimos que dicho monumento parece construido con madera y clavos.

Ilustración: David Peón
Razones un tanto técnicas
El esqueleto que sostiene y da forma a la terapia génica se puede trazar a comienzos del siglo XX con algunas investigaciones clínicas y farmacológicas. Aunque no había una demostración empírica rotunda, el manejo de conceptos teóricos fue imprescindible para facilitar la manipulación de la información genética de un organismo. Además, es importante mencionar que se desconocía el origen de muchas enfermedades, por lo cual fue esencial demostrar que varias tenían una naturaleza hereditaria. Es común escuchar que el análisis de la estructura molecular del ADN, en 1953, fue responsable de una revolución en biología molecular. Esto es cierto, pero dicho análisis no fue lo único que cimentó la terapia génica, pues la descripción de varios fenómenos moleculares, como la transfección de genes de mamíferos o el creciente uso de vectores virales para transportar genes, posibilitaron la idea de trasladar información genética de un organismo a otro y con ello la corrección de un error inscrito en el ADN.
En general, una enfermedad genética se podría esquematizar bajo el manto del flujo de información genética: el ADN da origen al ARN y éste, a su vez, da origen a una u otra proteína. Debido a las carencias de las tecnologías desarrolladas hasta ese momento, existía un problema dentro de la clínica del siglo XX: las terapias desarrolladas hasta entonces para curar enfermedades genéticas no eran muy eficaces. En respuesta a estas enfermedades, se usaban distintas terapias (dietéticas o farmacológicas) que buscaban reemplazar el mal funcionamiento de la proteína en cuestión para tratar los síntomas del paciente, incluso si no se podía atacar la causa última del problema.3 Pensemos, por ejemplo, en el tratamiento de la diabetes, en donde se le administra al paciente la insulina que su cuerpo no produce, lo cual restablece los niveles adecuados de la proteína en el cuerpo. Sin embargo, el descubrimiento de que las proteínas tienen su origen en el ADN reveló las razones por las cuales el cuerpo había dejado de producir las sustancias que necesitaba: el error se encuentra en el ADN.
La terapia génica es útil cuando se cumplen las siguientes condiciones: 1) existe un problema bien definido y 2) se tiene una posible metodología para resolverlo. Fue ante este problema que, en 1972, Theodore Friedmann y Richard Roblin publicaron un artículo en donde tratan, de forma casi profética, los problemas tanto metodológicos como éticos de la terapia génica. Su propuesta, novedosa a comparación de otro tipo de terapias, puede resumirse en los siguientes términos: “si el error se encuentra en el ADN y no en la proteína, ¿por qué no atarse el origen del problema y corregir ADN en lugar de suplir la carencia de una u otra proteína?”La respuesta a esta pregunta es la definición más común de la terapia génica: llevar un gen eficiente a la célula del enfermo para restablecer su función “natural”.
Este primer esbozo del gran coliseo que representa la terapia génica aún tiene algunas complicaciones metodológicas que hoy en día se siguen mejorando. Tales dificultades se expresan en cuatro puntos: entrega, precisión, eficacia y seguridad; hoy en día las herramientas tecnológicas representan un gran apoyo para satisfacer cada punto.4 Valdría la pena preguntarse: ¿la enfermedad genética tiene que definirse únicamente con un fundamento biológico?
Razones sociales
El coliseo de la terapia génica se ha construido con madera y clavos y no con piedra, pues aunque el razonamiento técnico detrás de ellas parece ser sólido, las razones sociales por las que se ha desarrollado este tipo de terapia deben definirse en cada caso particular. Cabe entonces plantear una pregunta básica pero fundamental: ¿Por qué llevar a cabo una terapia génica? Porque hay personas enfermas que están padeciendo los estragos de cargar un error en su genoma. Sin embargo, actualmente, la verdadera pregunta no es si se puede llevar a cabo o no un tratamiento, sino más bien si deberíamos ofrecer este tratamiento aún cuando existe una asimetría epistémica. Ante todo, el sujeto enfermo tiene autonomía sobre sí y su cuerpo (excluyendo del dilema la complejidad de tratar con menores de edad). Es decir: posee la libertad para decidir si involucrarse o no en una terapia génica. Pero, ¿qué autonomía posee un enfermo cuando siempre ha deseado vivir sin la enfermedad y un tratamiento clínico es el único que le ofrece una vida sin enfermedad? ¿Qué autonomía tiene si el médico sólo le da sentido a que debe vivir sin la enfermedad?
Aquí me refiero únicamente a enfermedades que someten la vida humana. Pero, ¿qué sucede con las “enfermedades” que ha sido abrazada por la sociedad, o al menos por parte de ella, como parte del espectro de la “normalidad” o de la “salud” ? Me refiero a las personas ciegas, sordas, autistas, con síndrome de Down o con alguna otra condición similar que no se consideran a sí mismas como “enfermas”. ¿Acaso será que aquí las razones sociales desenmascaran un motivo racional para reconfigurar aquellos cuerpos que denominamos “enfermos”?
Quisiera dejar abierto el debate, la arena del coliseo, para que cada quién trace sus propias líneas de las preguntas anteriores, quisiera extenderle una invitación a mirar la práctica científica y médica con un ojo crítico pues, ¿dejaremos que unos cuantos definan cómo tiene que ser el coliseo?
Rodrigo Sánchez-Villa
Tesista de biología en la Facultad de Ciencias, UNAM
Referencias
Dunbar, C. E., y otros. “Gene therapy comes of age”, Science, 359(6372), 2018.
Echeverría, J. La revolución tecnocientífica, Fondo de cultura económica de España, Madrid, 2003.
Egelie, K. J., y otros. “The emerging patent landscape of CRISPR–Cas gene editing technology”, Nature biotechnology, 34(10), 1025-1031, 2016.
Friedmann, T., y Roblin, R. “Gene therapy for human genetic disease?”, Science, 175(4025), 949-955, 1972.
Holtzman, N. A. “Dietary treatment of inborn errors of metabolism”, Annual review of medicine, 21(1), 335-356, 1970.
Verma, I. M., y otros. “Gene therapy: promises, problems and prospects” Genes and Resistance to Disease (pp. 147-157). Springer, Berlin, Heidelberg, 2000.
Wirth, T., y otros. “History of gene therapy”, Gene, 525(2), 162-169, 2013.
Wright, S. “Recombinant DNA technology and its social transformation, 1972-1982”, Osiris,2, 303-360, 1986.
Wolff, J. A., y Lederberg, J. “An early history of gene transfer and therapy”, Human Gene Therapy, 5(4), 469-480, 1994.
1 Esta aseveración se sustenta en la caracterización de la tecnociencia propuesta por Javier Echeverría, quien plantea una diferencia en la práctica científica a partir de la Segunda Guerra Mundial, pues a partir de ese momento los valores epistémicos no sólo influyen en la construcción de conocimiento, sino que ésta también se ve afectada por valores económicos, sociales, militares, entre otros.
2 Wright, S. “Recombinant DNA technology and its social transformation, 1972-1982”, Osiris, 2, 303-360, 1986.
3 Neil Holtzman nos ofrece un excelente ejemplo, pues en 1970 señalaba que las terapias dietéticas eran una opción adecuada para sobrellevar una enfermedad metabólica, incluso si no curaban la enfermedad.
4 Tecnologías que van desde el ADN recombinante, diferentes tipos de ARN’s, algunos virus o hasta el famoso sistema CRISPR/Cas intentan dar solución a cada problema metodológico.
Creo que ciegos y sordos sí querrían recuperar vista y oído, Pero estas preguntas no son sólo para la terapia génica. Una técnica mas sencilla es el cribado genético, el seleccionar aquellos embriones que resultes sanos, o abortar los bebés que se consideren enfermos, como ya ocurre con los niño con síndrome de down.
El enfoque ya no estaría en curar, sino en seleccionar a los individuos antes de se les considere poseedores de derechos.
No veo el dilema epistémico.
La discusión fundamental ya se dió en 1975 por Paul Berg y demás científicos de esa época. Hay muy poco que agregar.
Por otra parte, nadie propone hacer terapia génica en la línea germinal. Nadie propone que sea transmisible trans-generacionalmente.
Tampoco se podría (por ahora) «curar» síndromes o condiciones de salud multifactoriales (multigénicas, epigenéticas etc).
La terapia génica es simplemente optar por una forma más precisa de recomponer o mejorar alguna función por medio de los mecanismos y moléculas propias de los seres vivos. Se trata de bioquímica.
La terapia génica es solo una opción al uso de agonistas o antagonistas químicos (tal como sucede con cualquier medicamento o primitivamente con la herbolaria).
No hay dilema, hay escándalo.
Solo se necesita un poco de tiempo y sociedades con conocimientos básicos de bioquímica.
https://www.elcomercio.com/tendencias/ciencia/modificaciongenetica-embrion-mit-investigacion-crispr.html
Si no quieren subir mi comentario esta bien, pero corrijan la fecha del texto, la reunión de Asilomar fue en 1975 no 1875
Saludos