“Cuán vano, sin el mérito, es el nombre”, sentenció Homero, reduciendo un título a simples fonemas cuando quien lo porta carece de renombre o experiencia. Esto puede ser cierto en cuanto a apellidos o títulos que se heredan, sin embargo, en el mundo de la ciencia existe cierto valor cualitativo en los términos con los que determinamos qué especie es qué. Basta con analizar los nombres científicos para notar que más que una maraña de palabras son más bien una carta de presentación.
Tomemos como ejemplo a los pterodáctilos, aquellos dinosaurios voladores de gran envergadura. Del griego pteron, que significa “ala” y del latín dactylus,“dedos”, nos muestran la curiosa adaptación que les permitió emprender el vuelo de una manera muy similar a la de los murciélagos modernos. Estos últimos, conocidos científicamente como quirópteros, hacen lo mismo. Del griego pteron, “alas” y kheir, “mano”, tenemos a estos animales cuyas manos son alas. Así, los quiroprácticos, de kheir, “mano” y praxis, “hacer”, practican esa profesión que estrictamente se “hace con las manos”. Realizar este tipo de actividades me parecen un ejercicio bastante interesante. Me refiero a identificar etimologías, no a la quiropráctica, aunque me imagino que también tendrá algo de interesante. En especial con los nombres científicos, pues logran dar una rápida mirada de las generalidades y una que otra particularidad de distintos organismos.
Si continuamos con los ejemplos, del latín canis, “can” y familiaris, “doméstico” tenemos al can doméstico, es decir, nuestro hogareño perro. Neofelis nebulosa es el gato joven o nuevo nublado, coloquialmente pantera nublada, caracterizada por sus grandes manchas que se elevan y desvanecen como la niebla.
Como cartas de presentación generales, los nombres científicos contienen en gran medida la esencia y características distintivas de ciertos organismos aunque, en mi opinión, ninguno lo hace con la gracia de los efemerópteros; un desapercibido orden de insectos cuyo apelativo encapsula perfectamente su tanto sutil como fascinante naturaleza.
Ephemeroptera1 es una palabra compuesta por dos raíces en latín: ephemeris, que es aquello que dura sólo un día y pteron, “alas”. Aunque en apariencia este nombre sugiere la poética idea de “alas efímeras”, lo que realmente significa es algo más aproximado a “criatura alada que dura sólo un día”. La palabra efímero viene de esa misma raíz: ephemeris. Comúnmente, utilizamos esta palabra como algo momentáneo, algo cuya duración podría pasar prácticamente desapercibida. Etimológicamente hablando, y de acuerdo con el uso original de la palabra, efímero es algo que dura sólo un día. El uso y disposición del lenguaje cambia con el tiempo y, aunque técnicamente un lapso que se recorre en un día es algo efímero, nunca llamaría así a obras como el Ulises de James Joyce o a La señora Dalloway de Virginia Woolf. Sin embargo, estas criaturas que de hecho coloquialmente son conocidas como efímeras (o cachipollas en algunas regiones) sí hacen justicia al nombre que se les ha dado, o al menos lo hacen en gran parte.

Las efímeras son un grupo de insectos de hábitos acuáticos con tres estadios de desarrollo. Comienzan como una larva estrictamente acuática, posteriormente pasan a una etapa intermedia única de estos animales, para finalmente convertirse en un adulto volador bien desarrollado cuyas horas en la Tierra ya están contadas. Como si su homónimo estuviera moldeado a su semejanza, estas criaturas emergen a la superficie a enfrentar su adultez y morir en el tiempo en el que a la Tierra le toma girar una vez sobre sí misma. Efímeras en todo el sentido de la palabra.
Su etapa infantil o de ninfa es estrictamente acuática en agua dulce o salobre. Están dotadas de antenas y patas largas, branquias que las adornan como proyecciones filamentosas a lo largo del abdomen, mismo que termina en tres briznas a manera de colas. Como ninfas son bastante engañosas, pues su esperanza de vida es larga y pueden vivir hasta un par de años en el agua. Si a esto se le suma su pequeño tamaño de sólo unos cuantos milímetros, posiblemente ésta sea la razón por la que, para muchos ojos desapercibidos, su vida comienza como adultos fuera del agua. No quiero decir que los biólogos que nombraron y describieron estas especies ignoraran sus diferentes estados de vida, más bien que su nombre y los conocimientos de éstas datan de tiempos tan remotos como los antiguos griegos. Aristóteles habló de ellas en su libro Historia de los animales y mencionó: “Los animales incruentos y los que tienen muchas patas, ya sea que estén provistos de alas o patas, se mueven con más de cuatro puntos de movimiento; como, por ejemplo, el efemeróptero que se mueve con cuatro patas y cuatro alas: y, observo de paso, esta criatura es excepcional no sólo en lo que respecta a la duración de su existencia, de donde recibe su nombre, sino también porque es un cuadrúpedo que también tiene alas”.
Transcurridos los años que pasan como larvas bajo el agua, las efímeras emergen como una especie de adulto subdesarrollado de tonalidades apagadas. A esta etapa la llamamos subimago (únicas criaturas en el mundo con este estado de adulto alado prematuro) sin capacidad sexual, además de ojos y patas subdesarrollados y, en el caso de los machos, patas delanteras que se extienden de manera perpendicular a lo largo de su cabeza. Estas patas pueden fácilmente interpretarse como apéndices distintos a los que usan para caminar y, probablemente, por esto Aristóteles los llamó cuadrúpedos.
Ahora, al volverse animales terrestres pierden las branquias que las adornaban como ninfas y ganan dos pares de alas. Durante esta etapa sus movimientos, en especial el vuelo, son torpes y únicamente buscan un espacio seco donde descansar. Como subimagos pueden existir desde un par de días hasta meros minutos, dependiendo de la especie, y de esta situación de marasmo realizarán una última metamorfosis donde efectivamente nacerán una vez más para vivir su último día.
Finalmente se convierten en imago o un adulto plenamente desarrollado. Entonces su vuelo se vuelve funcional y más elegante y comienza el conteo regresivo para completar su última misión, es decir, continuar con su legado y reproducirse. Su aparato digestivo se atrofia por completo, pues no hay tiempo ni energía que perder en alimentarse. Su vuelo se vuelve frenético a la vez que millones de efímeras emergen del agua con el único objetivo de reproducirse, creando uno de los espectáculos más impresionantes del mundo animal. Millones de efemerópteros se elevan y descienden como una nube biológica bajada a la Tierra que nubla lagos enteros y sus alrededores por un día en el que no se puede ver ni oír algo más que este enjambre.
El poeta estadounidense Richard Wilbur describió esta escena en su poema de 2005 titulado Mayflies (efímeras): “No fue un enjambre confuso lo que presencié, pues en entrechats, cada insecto revoloteando ahí, se elevó dos metros en el aire y luego flotó lentamente hacia abajo para subir de nuevo, de modo que compusieron una escena múltiple e imaginada, y parecían los tejedores de una tela de oro, o los finos pistones de alguna máquina brillante”.
En esta ebullición de alas, las parejas se encuentran y los machos utilizan sus elongadas patas frontales para aferrarse a la hembra. Una vez finalizada está danza aérea y la subsecuente cópula, las hembras regresan a algún cuerpo de agua cercano a depositar sus huevecillos y concluir con los últimos segundos de vida que les quedan.
Personalmente, la idea de vivir la adultez entera en tan sólo veinticuatro horas me parece sumamente abrumadora. Como humanos, ésta suele ser la etapa más duradera de nuestras vidas, la más colmada de decisiones y necesitada de experiencia y, precisamente, experiencia no es algo que a las efímeras les sobre. Y pensar que a menudo decimos que la vida es demasiado corta como excusa para hacer algo imprudente.
Es cierto que la vida de las efímeras parece corta simplemente porque la contrastamos con la nuestra. Sin embargo, hay que recordar que pasan los primeros años de su vida como ninfas sólo para emerger como adultos por unas cuántas horas. El poeta George Crabbe compara atinadamente la vida de estos insectos con la de periódicos diciendo que es como si ambos nacieran para morir antes de la próxima mañana. Definitivamente, estos bailarines vitalicios de un día, como los llama Richard Wilbur, traen otra dimensión a la célebre canción Coincidir de Alberto Escobar: “Si la vida se sostiene por instantes y un instante es el momento de existir, si tu vida es otro instante, no comprendo. Tantos siglos…”, todos sabemos cómo acaba esa frase.
Ya que los huevecillos se depositan en el sustrato y los restos de las efímeras fallecidas yacen en la tierra y agua, estos últimos se vuelven una cuantiosa fuente de alimento para peces, procesadores de materia orgánica y demás organismos, y se da paso a que el ciclo entero se repita con generaciones nuevas.
No es difícil ver por qué la naturaleza de estos frágiles y relativamente primitivos animales ha despertado la curiosidad de escritores e investigadores por más de mil años. Un insecto, de entre todas las cosas, representa tanto con su nombre como con su historia lo frágil y fugaz de la vida. “Mirando a estos bailarines vitalicios de un día mientras la noche se cerraba, me sentí solo en una vida demasiado propia, más mortal en mi separación que ellos”, sentencia el poema de Richard Wilbur. Anne Simpson, en cambio, escribe en su poema “Mayfly” cómo le gustaría ser una efímera, relajada por años en la arena para despertar y vivir sólo unas cuantas horas huidizas.
No importa qué interpretemos de la vida de las efímeras, nosotros tendremos tiempo de sobra para su contemplación mientras que ellas se preparan para concluir su frenética y plena vida. Mientras tanto, continuaremos haciendo lo que mejor se nos da, es decir, observar y proyectar nuestras cavilaciones mientras que ellas continúan como el mejor recordatorio y la encarnación de que “el tiempo vuela”.
Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de la ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.
1 Flowers, R. W., y de la Rosa, C. “Capítulo 4. Ephemeroptera”, Rev. biol. trop., 58(4), 2010, pp. 63-93.