Un error común

La extinción de especies siempre es trágica, deja un sabor catastrófico en la boca. Apenas se piensa en la palabra y en nuestra cabeza aparecen meteoritos de eras pasadas, bestias de formas extrañas que dejaron sus restos impresos en las rocas, o especies de animales desconocidas que desaparecieron en las selvas de sitios recónditos. A fin de cuentas, ¿quién de nosotros conoce a alguien que vio una foca monje del caribe, al ratón de la isla San Pedro Nolasco o al carpintero imperial? Especies que habitaron en México y se extinguieron durante el siglo pasado. Sin embargo, la extinción está a nuestro alrededor y es un proceso natural que ha ocurrido desde que la primera especie pereció bajo los mares hace miles de millones de años.

Ilustración: Estelí Meza

Más allá del continuo vaivén de especies que han habitado la Tierra, hay matices en la velocidad y las causas por las cuales las especies se extinguen. De las extinciones atribuidas al ser humano, cada vez genera más preocupación la cantidad de extinciones locales a nivel global; la ubicua y constante desaparición de poblaciones de una especie a lo largo de su distribución sin que ésta desaparezca por completo del planeta. A diferencia del precario limbo en el que se encuentran las especies que viven en sitios restringidos, poco extensos, o cuando el total de ejemplares vivientes en todo el mundo consiste solamente de unos cientos de individuos, las extinciones locales actúan sobre especies que alguna vez fueron comunes, pero que con la consecutiva pérdida de poblaciones se vuelven raras.

Para decidir qué tan común o rara es una especie hay que definir un número de referencia que indique cuál es la riqueza de especies y qué tan abundante es cada especie en relación a las otras en cierta área y tiempo específicos. El problema es que nuestra memoria colectiva es muy corta y mala a la hora de dimensionar la magnitud y el ritmo al que desaparecen las especies de nuestros entornos locales. Ante la novedad y la urgencia, el fervor social y el científico se encienden a la hora de salvar a las últimas vaquitas marinas del mundo o proteger los últimos parches de bosques con mariposas monarca, pero el ánimo se desvanece al afrontar que el oso grizzli se extinguió en México hace unas cuantas décadas o que dejó de existir una población de jaguares en el sureste mexicano. Ni qué decir de la desaparición de miríadas de insectos que antes llenaban el parabrisas durante cualquier viaje en carretera. Con facilidad damos por sentado que esas especies ya no forman parte nuestro paisaje inmediato, pertenecen a otro sitio y, siempre y cuando no estén al borde de la extinción global, situamos en el otro la responsabilidad de conservarlas. He aquí un perverso mecanismo que alimenta nuestra desatención por las especies comunes y que incrementa el número de extinciones locales.

Aunque muchas de las especies comunes no son las más carismáticas, en su ubicuidad radica su importancia ecológica. Dada la preponderancia que tienen en cada lugar en el que habitan, las especies comunes son el vínculo entre numerosas redes alimentarias y de ellas se sostienen muchos de los servicios ecosistémicos que aprovechamos los humanos. Sin embargo, como bien reza el dicho: más vale pájaro en mano que ciento volando. Y así, bajo un constante asedio, especies que alguna vez fueron numerosas, e incluso provechosas para la empresa humana, han sido llevadas a la extinción. Este fue el caso de la paloma mensajera que, en el siglo XIX, en los Estados Unidos, poblaba el cielo hasta oscurecerlo en época de migración. Pero la que fue el ave más abundante en Norteamérica llovió ante los disparos de cazadores convencidos del carácter renovable e inagotable del recurso. En 1914, el último individuo de la paloma mensajera se nos fue de las manos y nunca más apareció en los cielos.

Hace treinta años en las praderas del noroeste de México existían colonias de perritos llaneros de cola negra que llenaban el horizonte. Tal era la dimensión de las colonias que los biólogos encargados de estimar su extensión lo hicieron en avionetas. Desde aquel entonce, el desmedido cambio del uso del suelo —que convirtió pastizales nativos en campos agrícolas— en sinergia con el envenenamiento crónico de las colonias, la sequía y el sobrepastoreo, diezmaron las colonias a una escala que pone en riesgo de desaparecer el ecosistema entero de las praderas mexicanas.

Los datos más recientes indican que, actualmente, los perritos llaneros ocupan sólo el 5% del área que había al inicio de los años noventa. Una de las consecuencias de la dramática reducción de la población de los perritos llaneros es la pérdida de los procesos biológicos en los que participaban y, cuando las colonias no fueron convertidas en cultivos de papa o algodón, toda una gama de especies dependientes de los pastizales sanos desaparecieron con ellos. Eventualmente grandes extensiones en las praderas sucumbieron ante plantas invasoras, la expansión del matorral y la desertificación. Esfuerzos recientes se han enfocado en mantener las colonias remanentes a través de diversas estrategias de conservación entre las que se incluyen el establecimiento de la Reserva de la Biosfera Janos en 2009, la erradicación de plantas invasoras y la creación de cooperativas de ganadería con prácticas compatibles con la conservación de la biodiversidad de los pastizales. Aunque el objetivo de recuperar la integridad ecosistémica de las praderas aún es distante, el éxito y la esperanza en esta historia es que diversas organizaciones, entidades gubernamentales, rancheros y científicos sigan trabajando en cuidar y restaurar el pastizal nativo con todas sus especies.

El camino de restaurar ecosistemas es arduo y largo, pues implica recuperar no sólo las especies que lo forman, sino también las interacciones que existen entre ellas y los procesos biológicos que emergen cuando todo está en conexión. Si imaginamos a los ecosistemas como una liga elástica, con cada acción que hacemos en deterioro del ambiente se estira más y más, hasta que la liga se rompe; es decir, el ecosistema colapsa, cambia a otro estado. La paradoja ocurre cuando al intentar volver al estado original se requiere un esfuerzo mucho mayor al del último tirón. En teoría, necesitaríamos la suma de todos los tirones que hicimos para romperla. Entonces, cuando hablamos de ecosistemas, recuperar lo perdido implica reparar el daño inadvertido durante décadas de deterioro constante.

El continuo monitoreo del estado de las poblaciones silvestres ha demostrado ser una poderosa herramienta para detectar a tiempo y evitar la catástrofe ambiental. Pero cómo apreciar la pérdida de poblaciones de aquellas especies que, aunque se encuentran a lo largo de todo un territorio, no se localizan fácilmente. Hablo de los depredadores. Debido a que un solo depredador necesita de muchas presas para sobrevivir, generalmente sus territorios son extensos, lo que los hace difíciles de hallar. Si a esto añadimos que están adaptados para ser sigilosos, no ser vistos para emboscar y capturar a sus presas, además de todo el arsenal de garras y dientes que poseen, no es raro que los depredadores nos provoquen fascinación y miedo a la vez.

Omnipresentes como los villanos en nuestros mitos, historias, cuentos infantiles y películas, los depredadores han sido catalogados como un peligro para el bienestar y el desarrollo. Justificamos su exterminio con nuestras ansias de abarcar más territorio en la ignorancia del rol vital que tienen en los ecosistemas. En Norte América, se organizaron campañas de erradicación del lobo, el puma, el oso y el coyote en conquista de nuevos parajes seguros para nuestro ganado. Eliminamos sistemáticamente poblaciones enteras usando el veneno y la pólvora y, de forma indirecta, los hemos erradicado a través de la drástica reducción de sus hábitats y la abundancia de sus presas naturales. Es lamentable que el águila real, emblema nacional, sea apreciada en la bandera todos los lunes por la mañana en las primarias, mientras las poblaciones silvestres se aferran a los precipicios para sobrevivir.

Encuentros esporádicos rememoran lo que solía ser el mundo compartido con los depredadores. El registro reciente de un oso negro en la Sierra Gorda de Querétaro, a menos de doscientos kilómetros de la Ciudad de México, nos recuerda lo cerca que solían habitar de la gran metrópolis. Hoy nos asombra que un individuo de jaguar logre cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, cuando hace menos de un siglo solían llegar hasta el límite sur del Gran Cañón.

Necesitamos generar un cambio de paradigma que recoloque las especies que alguna vez fueron comunes en nuestro entorno inmediato. Superar el duelo de su ausencia y reincorporarlas a nuestro bestiario cotidiano para generar un interés genuino en su conservación. El viejo error común de menospreciar la belleza y la relevancia de las especies ordinarias no tiene cabida en la catástrofe ambiental y climática en curso. Finalmente, en nuestras manos queda que, sea a escala global o local, siempre pongamos un cero antes de la palabra extinción.

 

Ganesh Marín
 Ecólogo y explorador 2020 de la National Geographic Society. Actualmente hace su doctorado en la Universidad de Arizona sobre fauna transfronteriza.

 

Referencias

Gerardo Ceballos, Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo, “Biological annihilation via the ongoing sixth mass extinction signaled by vertebrate population losses and declines”, Proceeding of the National Academy of Sciences 4, 2017.

Semarnat, Programa de Acción para la Conservación de las Especies Perrito Llanero de Cola Negra (Cynomys ludovicianus) y Perrito Llanero Mexicano (Cynomys mexicanus), Semarnat/Conanp, México, 2018.

 

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Un comentario en “Un error común

  1. Ganesh: Pienso (y eso es decir mucho) que lo primero que se debe cuidar, es al animal humano, al mono desnudo; no olvidemos que la criatura más indefensa del reino animal, salvo opinión en contrario, es el individuo, el hombre y la mujer (soy heteroxesual); si se lograra lo anterior, ya educado el ser perfecto de la creación, enseñarlo a proteger su habitat, la naturaleza es sabia, ningún mortal pude acabar con ella, prueba de ellos son las guerras y las bombas atómicas, que no obstante su destrucción, la naturaleza vuelve a florecer a renacer, de ahí que primero es el uno, el hombre y después el dos, su habitat porque insisto, la naturaleza se cuida sola. Un abrazo. Vale.

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