Hay veces en que el caótico ruido de los autos, del estrés colectivo en las calles o de las conversaciones en el transporte público nos invitan a ponernos los audífonos para desconectarnos de la estridencia. Una vez que empieza la música, cada sonido cumple un papel y se acopla tan bien a los otros que dan como resultado nuestra canción favorita. La armonía equilibrada nos defiende del anárquico barullo. Esta misma confrontación ocurre bajo la superficie del agua de los ríos, donde la corriente tiene su propia orquesta de peces que ha ensayado durante miles de años, y en donde cada animal es un músico indispensable para que la melodía siga sonando.

Uno de los escenarios donde ocurren estos conciertos es el río Usumacinta, en el sureste del país. Es el río más caudaloso de México y una de las arterias vitales de Centroamérica. Si se busca en un mapa, parece sólo una masa de agua que llega al golfo de México. Sin embargo, tiene refugios para los animales y plantas que surgieron ahí, mejor conocidas como especies nativas, muchas de las cuales no existen en ninguna otra parte del planeta. Se trata de lo que en la ciencia se denomina especies endémicas. La magnitud del espectáculo es amplia: el Usumacinta tiene una orquesta de aproximadamente 172 especies de peces. Casi 30 % de todos los músicos de agua dulce de México se presentan en este mismo escenario.

Desafortunadamente, como ocurre en casi todos los cuerpos de agua dulce en el mundo, la orquesta del Usumacinta está sufriendo daños graves. Las descargas residuales urbanas, la expansión de la agricultura e industria, contaminación, deforestación y descuido humano han comenzado a agrietar su escenario. Esta degradación ambiental es la que permite la entrada a invitados no deseados, las especies invasoras. Una especie invasora es más que un extranjero, es un organismo que, al no tener competidores ni depredadores naturales en su nuevo hogar, comienza a reproducirse sin control y se adueña del espacio y los recursos de los habitantes locales. Cuando un escenario está dañado y sus músicos se han ido extinguiendo, pueden llegar a la orquesta músicos sin invitación, y tocan tan fuerte que apagan la música de los demás. 

El invasor más preocupante en el Usumacinta es el pez diablo (Pterygoplichthys sp.), un músico proveniente de la orquesta del río Amazonas que ha afectado a varios cuerpos de agua de México. Por su nombre tan rudo se podría pensar que se trata de un pez gigante, con enormes colmillos, más veloz que cualquier otro, algo que aparecería en pesadillas. Sin embargo, su poder no está en la agresividad sino en cómo cambia la dinámica del escenario. Tiene un cuerpo lleno de placas parecidas a una armadura y una boca en forma de ventosa que le ayuda a raspar el fondo de donde habita. Esta forma de alimentarse levanta nubes de lodo en la corriente, que a su vez bloquean la luz del sol e impiden procesos tan importantes como la fotosíntesis, que alimenta a muchos otros organismos. Es como un músico que llega con un tambor gigante para competir contra los músicos de instrumentos de percusiones más pequeñas y, como nunca viaja solo, opera como una banda de guerra. Al ser tantos y tan resistentes, se apropian del alimento y del espacio que los peces nativos necesitan, y terminan por adueñarse del escenario.

Esta lucha no es igual en todos los escenarios y entender qué factores permiten que la orquesta nativa resista la llegada de nuevos músicos es una de las preguntas que hoy intenta responder la ciencia. Con este objetivo, un equipo de investigación que incluye a dos de los autores de este texto, Priscila y Fernando, realiza una investigación enfocada en la resiliencia y la salud del Usumacinta. El estudio implica adentrarse en sus aguas para comparar cómo cambia la música del río cuando el entorno es dañado por actividades humanas. Lo que el equipo ha descubierto no solo revela la magnitud del problema en ciertas zonas, sino que nos da la clave para proteger los rincones que aún conservan su armonía original. 

Los resultados han mostrado que el éxito del pez diablo como el músico estrella depende de qué tan cuidado esté el escenario y qué tan completa esté la orquesta. Si pensamos en un escenario abandonado, dañado y sucio, con apenas unos cuantos músicos de instrumentos diferentes, el pez diablo fácilmente podría liderar la función e incluso deshacerse de los músicos que toquen instrumentos similares a él. Dicha situación ocurre en la cuenca baja del Usumacinta, en Tabasco, donde el ecosistema ha sido impactado por la degradación ambiental y la pérdida de especies. Esto le ha permitido al invasor aprovecharse de ello y convertirse en la especie más abundante del sistema.

Sin embargo, la historia cambia cuando subimos hacia las aguas de Chiapas en la cuenca alta, en la Reserva de la Biosfera Montes Azules -corazón de la Selva Lacandona- donde se protegen ríos muy bien conservados. Aquí, el escenario está limpio y ordenado, con una gran complejidad y una orquesta de músicos y suplentes. Si un músico abandona la función, otro puede tomar su lugar y desempeñar el mismo papel. A esto se le conoce como redundancia funcional que, en términos científicos, es la presencia de varias especies que cumplen roles ecológicos similares dentro de un ecosistema. Este fenómeno mantiene la estabilidad del ecosistema y asegura que, si una especie desaparece o se debilita ante una perturbación, como la degradación ambiental o la llegada de una especie exótica, otras especies pueden mantener los procesos vitales del río. 

En este escenario el pez diablo está presente, pero la riqueza de músicos le impide apoderarse del espacio. Aunque toca su instrumento, apenas y logra escucharse. No desafina la armonía original. Podría tratar de ensordecer con su tambor, pero por más que lo intente, hay músicos que tocan instrumentos similares con el ritmo correcto y lo vuelven imperceptible. 

Esto nos sugiere que en ríos conservados no hay cabida para especies invasoras, pues la propia naturaleza cuando está completa y sana se encarga de proteger su armonía. El Usumacinta nos enseña que la mejor defensa contra el ruido de un invasor no es solo combatirlo, sino evitar que el escenario se dañe hasta el punto de tener huecos por donde el invasor pueda entrar. La próxima vez que escuchemos música para buscar un refugio similar, recordemos que bajo el agua del Usumacinta existe una orquesta de miles de años luchando por no ser silenciada. Al final del día conservar los cuerpos de agua dulce, nuestros principales brindadores de servicios ecosistémicos, es asegurar que la armonía natural perdure pese a la llegada de tambores extraños que intenten desafinarla.

El proyecto de la investigación se titula Relación sinérgica entre la antropización y el proceso de invasión del bagre armado en el río Usumacinta. El efecto en la estructura trófica, la diversidad funcional y la resiliencia ecológica financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.

Priscila Dibnora de la Concha Duarte 

Estudiante de la Maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Su investigación se centra en el uso de isótopos estables para entender la resiliencia y la estructura de las redes tróficas en el río Usumacinta

Fernando Córdova Tapia

Investigador en el Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, donde se dedica al estudio de la ecología de los cuerpos de agua dulce

Victor R. Hernández Marroquín

Biólogo, profesor en la Facultad de Ciencias de la UNAM, divulgador de la ciencia, traductor y narrador oral 

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Publicado en: Elementos

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