
Cuando iba a la universidad siempre seguía el mismo camino para llegar; en el metro me bajaba en la estación Deportivo 18 de Marzo y usaba unas escaleras para transbordar a la línea que me llevaría a la estación Universidad. En una de las tantas veces que iba inmersa en mis pensamientos y con la mirada hacia abajo, me percaté de que en varios cuadros de la baldosa del piso había figuras espirales, alargadas y puntiagudas. Después de darle vueltas, pensé que se trataba de alguna deformación por el proceso de producción del material de construcción o de impresiones decorativas.
Fue hasta que cursé la materia de paleobiología cuando entendí que se trataba de fósiles de especies marinas, los cuales, probablemente, provenían de rocas sedimentarias en montañas donde hace millones de años hubo mar. En ese momento, esas figuras que me causaron intriga tuvieron una explicación.
Los fósiles son remanentes de especies extintas. Sus hallazgos han generado preguntas y diferentes interpretaciones durante toda la historia de la humanidad y en distintas culturas. Por ello, han sido promotores de la imaginación humana y, en muchos casos, también se han utilizado para sustentar mitos y leyendas, por lo que tienen una relevancia cultural asociada. Además, se les atribuye valor estético desde tiempos ancestrales; por ejemplo, los humanos del neolítico recolectaban restos de moluscos marinos o dientes de tiburones para elaborar pendientes.
Muchas narraciones clásicas griegas y romanas mencionan seres mitológicos, como el cíclope Polifemo en La Odisea, de Homero, cuando Ulises y sus soldados son atrapados por él. La inspiración para este ser fantástico puede encontrarse en restos de alguna especie de proboscídeo, un conjunto de mamíferos con trompa parecido a los elefantes, ya que todos los organismos actuales y extintos de este grupo presentan un hueco en la parte central del cráneo, donde se encuentran los músculos de la trompa, y que pudo ser interpretado como la cavidad orbitaria que ocupaba el único ojo de los cíclopes.
La era de los quinametzin
En la cosmovisión de los pueblos originarios de América, cada cierto tiempo una deidad se convertía en Sol y surgía una nueva forma de vida que predominaba. Así, en el Cuarto Sol aparecieron los gigantes, a quienes llamaban quinametzin. Durante la construcción de ciudades prehispánicas, es probable que se hicieran hallazgos de restos óseos de animales extintos que causaban asombro y a los que se les atribuían a humanos descomunales. Gracias a la paleontología, hoy sabemos que estos descubrimientos se trataban de restos fósiles de la megafauna que habitó el país en la edad de hielo.
En el Pleistoceno, entre 2.58 millones de años hasta hace 11 000 años, el territorio mexicano era seco y frío, habitado por especies de gran tamaño como el mamut de Columbia (Mammuthus columbi), un herbívoro que habitó en pastizales y matorrales del Valle de México y el de Puebla, Tlaxcala, Sonora, San Luis Potosí, Jalisco y Aguascalientes, hasta hace 8000 años; era parecido al elefante asiático por la ausencia de pelo, y alcanzaba hasta cuatro metros de altura y un peso alrededor de las 10 toneladas.
Otro proboscídeo que vivió hasta hace 10 000 años en los bosques de pino y encino de Puebla, el Valle de México, San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas, Yucatán y Nuevo León, fue el mastodonte americano (Mammut americanum). Con tres metros de altura, seis metros de largo y casi siete toneladas de peso, era parecido al mamut lanudo por su abundante pelaje, pero los molares de mastodonte tenían grandes cúspides cónicas que les permitía masticar pastos.
Por otro lado, el gliptodonte mexicano (Glyptotherium mexicanum), una de las especies de armadillos gigantes que midió tres metros de largo y poco más de un metro de altura, caminó por matorrales, pastizales, bosques de coníferas y bosque tropicales de San Luis Potosí y el Valle de México, donde se alimentaban de pastos, arbustos e incluso cactus. Es posible que los primeros humanos que llegaron a América usaran su coraza para resguardarse del frío de la época, hasta hace 12 000 años que se extinguió.
Los vestigios de estos y otros gigantes, como perezosos y bisontes, se encuentran en distintas localidades pleistocénicas ubicadas principalmente en el Cinturón Volcánico Transmexicano, por ejemplo, en San Mateo Huexoyucan, Tlaxcala, o el Valle del Mamut, en Puebla. Sin embargo, en el registro fósil de finales del Pleistoceno y principios del Holoceno existe una ausencia que se atribuye a la extinción de estos mamíferos de gran tamaño. Aunque aún se debaten, las hipótesis de las causas rondan entre fenómenos naturales, como variaciones climáticas que alteraron los ecosistemas, eventos geológicos o un catastrófico meteorito, pero también se incluye la presencia humana, ya sea por la caza o debido a la destrucción del hábitat. Una sinergia entre ambos factores puede explicar mejor la desaparición de las especies.
Rastros de la vida antigua
Lo que hoy son montañas en Simojovel, Chiapas, con yacimientos de ámbar, hace aproximadamente 20 millones de años, en el Mioceno, eran manglares y selvas tropicales que estaban al nivel del mar. Los árboles heridos o con algún tipo de estrés segregaban resina, misma que si era cubierta rápidamente por la vegetación o el suelo evitaba el inevitable final de la descomposición por el sol, la lluvia, el aire, la temperatura y los microorganismos. Cuando esto pasaba, y después de millones de años, por medio de distintas reacciones químicas, la resina se endurecía y, eventualmente, se transformaba en ámbar, que mucho tiempo después sería utilizado por las culturas originarias de México para hacer pendientes y orejeras. Este tipo de fósil es de los más valiosos, pues en ocasiones pueden preservarse insectos o plantas intactas que aportan información del ambiente y los seres vivos de aquel entonces.
En Santiago Yolomécatl, Oaxaca, hace 30 millones de años, en el Oligoceno, algunas abejas minadoras, probablemente de la familia extinta Celliformidae, excavaron túneles en el suelo para poner a sus crías, formando algunas celdas con forma ovalada. Gracias al proceso de fosilización, en la actualidad se conservan estructuras rellenas de minerales, mismas que forman parte del único registro de este tipo en los yacimientos de la Formación Chilapa. Los pobladores las conocen como “balitas” y las han usado como sustitutos de perdigones para cazar conejos.
Este tipo de vestigios que muestran la actividad biológica y no los restos conservados del organismo son conocidos como icnofósiles. Algunos ejemplos son los coprolitos (heces fosilizadas), los rastros de madrigueras y las huellas de dinosaurios. En nuestro país hay registros de pisadas en San Juan Raya y Tepexi de Rodríguez, Puebla. Este último también contiene evidencias de otros reptiles, y sus depósitos son muy estudiados y de importancia mundial.
Protección de los fósiles en México
Los restos óseos, el ámbar y las celdillas que se encuentran en los numerosos sitios fosilíferos del país son parte de las evidencias que constituyen el registro fósil, y evidencian su pasado geológico y biológico, a la vez que nos da indicios de su diversidad vegetal y animal, pues abarca una amplia temporalidad que va desde 1600 millones de años atrás y que perduró hasta hace 10 000 años.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), desde 1986, es el encargado de la investigación, conservación, protección y difusión de la riqueza paleontológica de México. Para tal fin promueve el registro de localidades con fósiles, así como colecciones públicas y privadas en el Sistema Único de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos.
Además de formar parte de la identidad cultural en muchas comunidades del país, los fósiles son fundamentales para comprender la evolución de la vida en nuestro planeta, pues documentan los cambios en los organismos y ecosistemas a lo largo del tiempo. También ayudan a estudiar el cambio en el clima y los eventos de extinción masiva, por lo cual tienen un valor educativo y científico significativo.
A pesar de su gran relevancia, en la actualidad todos estos recursos paleontológicos se están perdiendo debido a la construcción, la industrialización y la colecta de fósiles por profesionales, aficionados y comerciantes, así como la falta de concientización sobre la protección de dichos bienes.
Aunque exista su preservación en colecciones, hay otros datos necesarios para su estudio que se quedan en las localidades de origen, como las características de las rocas sedimentarias o icnofósiles asociados. Por ello, es necesario hacer uso de medidas de seguimiento, protección y vigilancia, para asegurar la prevalencia de los yacimientos fosilíferos a largo plazo.
Es importante actualizar el marco jurídico y promover mecanismos que regulen la investigación, la protección y difusión de los restos fósiles a nivel nacional, y que su elaboración involucre a todos los actores implicados: la comunidad científica, la sociedad civil, el sector privado y el gobierno. Igualmente, es relevante impulsar actividades que generen recursos económicos a las personas que viven alrededor de las localidades fosilíferas, como el turismo paleontológico, que priorice la conservación y la divulgación de estos vestigios de vida pasada y los sitios paleontológicos donde se encuentran.
Itzel Torres Torres
Bióloga por la Facultad de Ciencias UNAM, educadora ambiental y divulgadora de la ciencia en formación. Apasionada por compartir el conocimiento acerca de la vida.
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