Vicente Ortigosa: entre la química y el progreso social

Ilustración: David Peón

Los primeros pasos

Vicente Ortigosa de los Ríos nació en Tepic en abril de 1817. En ese tiempo la ciudad no era la capital del estado de Nayarit, sino que formaba parte de la intendencia de Guadalajara, región caracterizada por ser una gran productora de tabaco.

Sus padres fueron Vicenta de los Ríos Laredo y Vicente de Jesús Ortigosa González. El padre de Ortigosa se dedicaba al comercio marítimo entre los puertos de San Blas y Mazatlán a inicios del siglo XIX. Poco tiempo vivió Ortigosa en Tepic, ya que a temprana edad se mudó para inscribirse en el prestigioso Instituto de Ciencias de Jalisco. Ahí, Ortigosa se preparó en matemáticas gracias a los métodos lancasterianos (aprovechar a los estudiantes más avanzados como auxiliares en la enseñanza de otros alumnos) que recién llegaban al país.

Aunque los documentos históricos son confusos en las fechas, se sabe que Ortigosa llegó a Francia desde 1832. Tres años después, según los documentos de la institución, se inscribió en la prestigiosa Escuela Politécnica de París, donde estudió ingeniería civil. Parece ser que Ortigosa terminó de buena manera sus estudios, ya que desde 1840 fue subteniente de ingenieros del ejército mexicano.

El científico

El camino de Vicente en Europa estaba por dar mayores frutos. Fue en octubre de 1839 cuando Ortigosa se matriculó como estudiante de doctorado (el primero en México y tal vez el primero en América Latina) en la Universidad de Giessen, Alemania. Esto no es menor: la química comenzaba a ser tomada en cuenta como ciencia central en las universidades de ese país, ya que las incipientes industrias farmacéuticas requerían de químicos especializados en esta ciencia.

El profesor y tutor de Ortigosa era Justus von Liebig; precursor de la química orgánica, Liebig era experto en técnicas y métodos para determinar la composición de los compuestos orgánicos, como el carbono, hidrógeno y nitrógeno. Además, fue experto en la química agrícola y un gran teórico de la disciplina, llegando a proponer la Ley del Mínimo de Liebig (ésta dice que el crecimiento de una planta está limitado por el nutriente esencial presente en menor cantidad).

Por si fuera poco, según el doctor en química Antonio Chamizo en su ensayo “La nicotina del tabaco, algo de la química del siglo XIX”, Liebig fue un gran pedagogo de la disciplina; de hecho, su laboratorio fue quizá el primero en ser diseñado para la enseñanza de la química. Ahí, el profesor planteaba una pregunta y los alumnos hacían las investigaciones y experimentos, dependiendo su conocimiento previo. Además de Vicente Otrigosa, varios de los químicos notables de la época salieron del laboratorio de Liebig; por ejemplo, Friedrich Wohler (que descubrió la síntesis de la urea), Robert Bunsen (químico experimental, creador del mechero que lleva su nombre), Friedrich Schönbein (estudioso del ozono y la nitrocelulosa), entre otros.

También en ese laboratorio fue donde De los Ríos halló la composición molecular de la nicotina. En su tesis de grado, presentada en 1842 y titulada Sobre la composición de la nicotina y algunos de sus compuestos, Ortigosa propuso que el principio activo del tabaco contenía 73.35 % de carbono, 9.6 % de hidrógeno y 17.1 % de nitrógeno. Sus resultados fueron publicados en el Liebig Annalen y son considerados la primera investigación de química realizada por un latinoamericano publicada en una revista científica de gran impacto.

No fue el único aporte de alta calidad que hizo el tepicense. También trabajó con la conina (el alcaloide de la cicuta), obteniendo su composición molecular. De la misma forma, aunque sin documentos que lo avalen, se dice que estuvo involucrado en algunos procesos químicos para la conservación de la carne.

Estas labores lo convirtieron en el primer químico orgánico mexicano. Sin embargo, a su regreso al país (parece ser que en 1845) ya no siguió trabajando en esta rama de la ciencia, quizá a falta de instrumentación y alumnos interesados. No obstante, Ortigosa no se cruzó de brazos y se dedicó a actividades industriales, educativas y sociales.

El educador

A su regreso a Tepic, Ortigosa contrajo nupcias con Francisca Espinosa de los Monteros en 1847. Fue también en esa época que comenzó su faceta industrial y educativa.

Un año después, Vicente trabajó como docente de química en el Liceo para Hombres. Además, a partir de la década de 1850, Ortigosa fungió como uno de los promotores del progreso de la agricultura en su ciudad, formando parte de la Junta de Agricultura de Jalisco. Posteriormente, con otros profesores, propuso crear un proyecto llamado Escuela Práctica de Agricultura. Esto se sabe gracias a un informe de periódico La balanza, publicado en julio de 1852. Ahí, De los Ríos menciona que su escuela busca establecer un nexo entre la química, la industria y la agricultura (como había aprendido en Alemania). Entre los objetivos de su proyecto se puede mencionar el de “formar personas aptas para la ejecución y dirección de todas las operaciones relacionadas al cultivo de la tierra” o “preparar individuos, teórica y prácticamente, en el conocimiento de los terrenos y medios para mejorarlos y conservarlos”.

Si bien el proyecto no tuvo éxito quizá debido a inestabilidades económicas y políticas, vemos la importancia que ponía Ortigosa a la educación para el progreso de Tepic y Jalisco.

La industria y las tortillas

Al mismo tiempo que fungía como docente, Ortigosa compró terrenos en Zapopan y Tepic, en donde tenía una pequeña fábrica de ácidos. Estas sustancias eran requeridas para las industrias textiles, farmacéuticas y de papel a nivel local, de las que el propio Vicente era accionista.

Sin embargo, quizá la faceta industrial más importante y menos conocida de Ortigosa fue la invención del primer molino de nixtamal en 1856. Según la historiadora Aurora Gómez-Galvarriato en su libroEl pan nuestro. Una historia de la tortilla de maíz (2024), el hacer tortilla era un proceso lento que tardaba entre 35 a 40 horas semanales. De los Ríos resolvió este problema no sólo inventado el molino, sino también un método para producir harina de maíz nixtamalizado, que reduciría el tiempo para la producción de tortillas e impulsaría el progreso económico. Según la historiadora, aquellas tortillas no eran de gran calidad; fue gracias al químico que se establecieron las bases para una mejor producción de masa y harina de maíz nixtamalizado que culminó con éxito en la década de los veinte del siglo pasado.

El socialista utópico

Como hemos visto, Ortigosa estaba interesado en impulsar la industria y la educación en aras de buscar la igualdad y el bienestar colectivo de Tepic. Estos objetivos eran una herencia de las ideas del socialismo utópico de Charles Fourier y Henri de Saint-Simon, quienes creían que era posible transformar la sociedad mediante la razón, la educación y la creación de comunidades modelo que inspiraran cambios más amplios.

Por eso, Ortigosa y otros intelectuales fundaron, en 1848, la Sociedad Filantrópica de Jalisco para mejorar la condición de los individuos y atender sus necesidades. Entre los objetivos que buscaba la asociación destacan: “procurar para los socios precios baratos en artículos de primera necesidad y en los que se requirieran para el desarrollo de su trabajo”, “establecer un seguro mutuo para los socios y sus familiares” y “la difusión de los conocimientos de instrucción primaria y los de las ciencias profesionales entre los socios y sus deudos inmediatos”, así como otros descritos en un discurso publicado en El Republicano Jalisciense.

Si bien la organización no tuvo éxito, podemos observar con claridad las ideas que Ortigosa sostenía y llevaba a cabo para vivir en una sociedad más justa.

La muerte no es el final

Vicente Ortigosa dejó de existir el 3 de enero de 1877. Su muerte no pasó desapercibida por la comunidad local, como se puede leer en el obituario que le dedicó el periódico Juan Panadero un día después:

“El sabio, el probo, el inteligente hacendista D. Vicente Ortigosa ha dejado de existir ayer en la mañana. En todo se distinguió, y sus conocimientos científicos le granjearon aun en el extranjero títulos honoríficos, que no lo envanecieron ni quebrantaron su proverbial humildad. Anheloso constante de la regeneración social, dedicaba todos sus esfuerzos para conseguirla, determinando con su prodigiosa inteligencia las verdaderas necesidades del pueblo, que apuntaba con franqueza y sinceridad, clamando con energía porque fueran satisfechas”.

Creo que estas palabras no necesitan mayor explicación. Ortigosa de los Ríos fue un gran químico orgánico, pero también un personaje que estaba convencido que la ciencia y la educación podían ser utilizadas de la mejor manera para combatir las desigualdades que imperaban en su realidad.

Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por parte de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la revista ¿Cómo ves?, Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros.

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Publicado en: Métodos