¿Ajedrez telepático o el regreso de El Turco?

¿Quién lo diría? Que se podría jugar ajedrez por telepatía. De ser cierto, Elon Musk se habría convertido en el gran mago de nuestro tiempo, bajo la premisa clarkeana de que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Aunque también, para algunos, podría ser sólo el retorno de El Turco.

En el famoso ajedrez mágico, ideado por J. K. Rowling, basta con proferir la fila y la columna para que las sólidas y poco amigables piezas se muevan. En el mundo real, hace unos días un hombre no necesitó mover un solo dedo ni decir una sola palabra para jugar al legendario juego de los escaques (aunque de forma virtual y no con esculturas). Al parecer, pudo mover el cursor de un ordenador con la mente y jugar en la famosa página Chess.com. Bastó con sólo pensarlo… y la ayuda de un chip cerebral.

A través de una transmisión en vivo de la empresa Neuralink del magnate Elon Musk, pudimos observar a Bliss, un ingeniero que bromeando invitaba a presentarse al que sería su único amigo “telequinético”. Se trataba de Noland Arbaugh de veintinueve años quien, “sintiéndose como un mago”, podía manipular su ordenador remotamente con el pensamiento, gracias a un implante de una interfaz cerebro-computadora (BCI por sus siglas en inglés, Brain–Computer Interfaces).

Esta forma tan peculiar y sofisticada de jugar al ajedrez lo menos que podría causar sería escepticismo. No fue la primera vez. Unos dos siglos antes de que las computadoras pudieran jugar de manera eficaz, existió un asombroso autómata del que se cuenta enfrentó a grandes ajedrecistas y personalidades como Napoleón Bonaparte, Benjamín Franklin y el gran Charles Babbage (pionero de la informática).

Ilustración: Estelí Meza

El truco de El Turco

Los autómatas —máquinas que imitan la forma y movimientos de un ser animado— son antiquísimos, más que los griegos clásicos con sus ingeniosos sistemas de palancas y sus deus ex machina. Pero fue hasta el auge relojero, entrando la modernidad, que fastuosos y míticos autómatas como el de Descartes fueron vistos. En la Europa Iluminista, los grandes monarcas gozaban normalmente de exhibiciones de hábiles ingenieros o cortesanos que dominaban el arte de los engranajes. El pato mecánico de Jacques de Vaucanson, El toca clavicordio de Henri-Louis Jaquet-Droz y La dama bailarina de John Joseph Merlin son algunos ejemplos destacados; aunque ninguno como el de Wolfgang von Kempelen.

A finales del siglo XVIII, el polifacético Kempelen —escritor, inventor y diestro ajedrecista, entre otras cosas— mostró por vez primera en la corte de la emperatriz de Austria su autómata, aparentemente no sólo capaz de jugar ajedrez, sino hacerlo de manera magistral. Dispuesto en una cabina de madera con un intrincado mecanismo de cuerda, su artilugio humanoide de tamaño natural lucía como un mago oriental: con bigote, túnica y turbante. Por ello fue apodado como El Turco. En sus presentaciones, Kempelen —con grandes dotes escénicos— decía a los espectadores que su autómata era un habilidoso jugador de ajedrez, sacaba el tablero y lo colocaba enfrente; a la luz de las velas, alumbraba el interior de la cabina con la intención de exhibir el mecanismo y mostrar que no se trataba de algún truco, para después retar a una partida de las que casi siempre salió victorioso.

Tras la muerte de su creador, El Turco tuvo varios dueños hasta llegar a un inventor alemán de apellido Mazel, quien conservaría los secretos de su funcionamiento y le permitiría seguir jugando partidas alrededor del mundo. Aunque, ya desde sus primeras apariciones, se pensaba que las habilidades de El Turco no podían ser enteramente mecánicas. La mayoría de los analistas coincidían en que el autómata era operado por un maestro de ajedrez humano oculto en su interior. Era un secreto a voces que se trataba de un ingenioso fraude. No obstante, nadie había sido capaz de dar una explicación precisa de su mecanismo. Incluso, el famoso escritor Edgar Allan Poe realizó un sesudo ensayo en el que intentaba esclarecer su funcionamiento. Pero, pasó mucho tiempo para que el enigma se dilucidara con mayor precisión.

La legítima duda en torno a El Turco radica en la discordancia que existía entre sus supuestas habilidades ajedrecistas y la tecnología disponible de aquel entonces. Pues, a pesar del entusiasmo generado por el esplendor de la época, en ese tiempo era prácticamente imposible que una máquina siquiera jugara al ajedrez, mucho menos de manera profesional. El primer intento más modesto, pero exitoso, se llevó a cabo hasta casi un siglo y medio después, en 1914, por el descollante inventor español Torres Quevedo, quien creó una máquina que nombraron El Ajedrecista, que era capaz de jugar sólo el final de Rey y Torre contra el Rey de un humano. Su sistema de electroimanes podía forzar el jaque mate en pocos movimientos sin importar cómo jugara su oponente. (Curiosamente, también desarrolló otra máquina llamada El telekino, que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas. Su trabajo junto a los de “el mago electricista”, Nikola Tesla, sentaron las bases del control remoto inalámbrico moderno).

Para tener avances notables en la automatización del ajedrez —un juego del que hay más partidas posibles que átomos en el universo observable—, se necesitó de los aportes teóricos de grandes pioneros de la informática como los del famoso Alan Turing y Claude Shannon, así como la llegada de las modernas computadoras caseras. Incluso, ya en las postrimerías del siglo XX, el escepticismo sobre la capacidad ajedrecista de las máquinas aún era tal que el mejor jugador de la historia, Gary Kasparov, acusó de intervención humana (al estilo de El Turco) en su histórica derrota contra Deep Blue, la supercomputadora de IBM.

Actualmente, las computadoras son lo suficientemente potentes como para darle batalla a los mejores ajedrecistas del mundo. Por ello, este tipo de espectáculos “Humano vs. Máquina” han dejado de ser atractivos. Desde luego, la duda que ha despertado Elon Musk y su equipo de Neuralink no es por el hecho de jugar una simple partida de ajedrez virtual sino por hacerlo con la habilidad que mediáticamente han llamado “telepatía”, una capacidad tan sofisticada que podría recordarnos a El Turco ajedrecista. Por lo que podríamos preguntarnos si estamos frente a un verdadero hito tecnológico o un embuste más en la historia del ajedrez.

Tecnopatía

El interés por la telepatía y telequinesis (capacidades tan anheladas como desacreditadas) parece haber renacido gracias a dispositivos electrónicos como el de Neuralink. Es evidente que la partida de ajedrez de Noland no se trataba de verdadera telepatía o telequinesis, es decir, de comunicación o movimiento de objetos mediante el “poder” de la mente y sin ninguna intervención física. Pues, justamente, las BCI son dispositivos físicos: permiten operar directamente en tiempo real dispositivos externos, como computadoras, empleando señales de actividad cerebral distinta a nervios o músculos periféricos. La invención de estos dispositivos, de forma más o menos explícita, partió de la idea de que las funciones mentales son procesos cerebrales. De este modo, comunicarnos o mover objetos con la mente podría ser posible gracias a estas interfaces. Esta habilidad bien podría llamarse tecnopatía (si el término no se utilizara ya para describir una psicopatología).

Estas ideas y dispositivos que parecen bastante vanguardistas no lo son tanto. Ya en 1929, el gran Hans Berger se convirtió en la primera persona en registrar un electroencefalograma (EEG), una técnica que muestra la actividad eléctrica del cerebro a través del cuero cabelludo. Lo que permitió a Jacques Vidal, en 1973, realizar el primer intento de comunicación entre un ser humano y una computadora utilizando EEG, acuñando la idea "Interfaz cerebro-computadora". Con resultados prometedores, actualmente varias empresas y laboratorios están diseñando tecnologías BCI. Sin embargo, lo que sí parece ser una verdadera innovación es la finura ingenieril del tipo de dispositivo que desarrolló Neuralink; ya había sido testeado exitosamente con cerdos y monos y aprobado para humanos por la FDA (por las siglas, la Food and Drug Administration de Estados Unidos).

El implante de Neuralink es un dispositivo BCI intracortical equipado con 1024 electrodos distribuidos en 64 cables flexibles (hilos), más delgados que un cabello humano, que captan la actividad neuronal. Para implantarlo, utilizaron un avanzado robot quirúrgico diseñado para colocar los hilos de forma segura en la corteza cerebral. Las señales neuronales se procesan en la carcasa del implante y se transmiten de forma inalámbrica a una aplicación para su decodificación y traducción en acciones (como movimientos de un cursor en una pantalla de ordenador). La batería integrada se recarga de forma inductiva, lo cual permite un implante estéticamente invisible y sin conectores físicos a dispositivos externos.

Evidentemente, la importancia del chip de Neuralink va más allá de simplemente jugar al ajedrez con el pensamiento. La primera etapa de este ensayo —bajo el nombre de PRIME (Precise Robotically Implanted Brain-Computer Interface)— intenta restaurar la autonomía de personas que viven con cuadriplejia debido a una lesión de la médula espinal o esclerosis lateral amiotrófica. Noland fue el primer humano en recibir este implante, tras quedar paralizado desde los hombros hacia abajo debido a un raro accidente de buceo hace ocho años.

Hay distintas cosas que quedan a debate. Una de ellas son las acusaciones de opacidad y secretismo comercial de las que ha sido blanco la empresa neurotecnológica y la controversia de si están obligados (o no) a publicar sus resultados de la forma tradicional en la que hoy se hace la ciencia a través de revistas arbitradas. Otras cuestiones son las implicaciones bioéticas de probar sus dispositivos en animales o las de carácter jurídico que se abren al implantarlo en humanos (como la posibilidad de hackeos, libre albedrío, control mental y la necesidad de legislación de neuroderechos, derechos cyborgs o transhumanos). Sin mencionar los posibles problemas de una técnica invasiva.

También, podrían tildar de exagerada o sensacionalista su campaña publicitaria por hablar de telepatía, pero la capacidad de las BCI son un hecho. A diferencia del episodio de El Turco en la historia del ajedrez, actualmente todo indica que sí se cuenta con la tecnología suficiente para jugar una partida virtual con el pensamiento a través de un ordenador. Quizá la semejanza que existe sea en que ambos casos despertaron el escepticismo, así como el interés e imaginación de los espectadores, haciéndonos pensar en las posibilidades y alcances de la tecnología. Por lo pronto, la vida de Noland parece haber mejorado y, como él mismo bromeó, el próximo Halloween podrá disfrazarse del profesor de Los Hombres X. Incluso, tal vez pueda ser quien cambie la música… con su pensamiento.

 

Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia.

Referencias
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Jayanti, V. T. (Director), Game Over: Kasparov and the Machine [Película], Alliance Atlantis and the National Film Board of Canada, 2003
Mridha, M. F., Das, S. C., Kabir, M. M., Lima, A. A., Islam, M. R., y Watanobe, Y., “Brain-Computer Interface: Advancement and Challenges”, Sensors , 21(17), 2021, 5746
Neuralink. “PRIME Study Progress Update”, Neuralink Blog, 12 de abril de 2024
Poe, E. A. Maelzel’s chess-player, 1836
Randell, B., “From analytical engine to electronic digital computer: The contributions of Ludgate, Torres, and Bush”, Annals of the History of Computing, 4(4), 1982, pp. 327-341.
Shannon, C. E., “A chess-playing machine”, en Computer Games I, Springer,1988, pp. 81-88
Standage, T., The Turk: The life and times of the famous eighteenth-century chess-playing machine, Walker & Company, 2002
Waisberg, E., Ong, J., & Lee, A. G., “Ethical Considerations of Neuralink and Brain-Computer Interfaces: Balancing Innovation and Responsibility”, Annals of Biomedical Engineering, 2024, pp. 1-3.

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Publicado en: Métodos

Un comentario en “¿Ajedrez telepático o el regreso de El Turco?

  1. Uno de los pacientes tetrapléjicos usa su implante para jugar videojuegos en línea (y es muy feliz con eso). Así que otro nicho estaría en los profesionales de los e-sports. Una limitante estaría en la cantidad de neurocirujanos dispuestos a realizar una operación en la que hay una probabilidad de tres a cinco por ciento de presentar mareos o vómitos (es decir, que de treinta a cincuenta personas de cada mil presentará estos efectos secundarios). Quizá haya que pensar en brazos robóticos que sustituyan a los cirujanos humanos.

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