Recientemente, mientras viajaba en el metro, escuché una conversación que se desarrollaba cerca de mí.
—¿Sabes cómo se pronunciará? Yo no tengo idea, pero es muy peligroso y está relacionado con el pollo.
—¿De verdad?
— Sí, de verdad. En las noticias dijeron que había muchos casos. Creo que se llama algo así como “Guillén”, no sé.
Guillain-Barré. Su nombre puede ser un desafío si el francés no es lo tuyo. Y antes de escuchar aquella conversación, no había considerado echarme un clavado en el tema. Este síndrome lleva el nombre de dos médicos franceses: uno llamado Guillain (que se pronuncia algo así como Gi-lán) y otro Barré (pronunciado Bar-rei). Es muy posible que, en México, varias personas nos hayamos sobreesforzado para pronunciarlo correctamente en charlas y sobremesas. La razón es que, durante este año, ha existido un aumento en los casos de este síndrome. Tan sólo en Tlaxcala, un estado al este de Ciudad de México, se han registrado tres muertes y 84 casos confirmados. No son cifras con muchos ceros a su derecha. Pero no por eso deberíamos subestimarlas.
Hasta aquí, podrían detenerse muchos sitios que han compartido información sobre el síndrome de Guillain-Barré en las últimas semanas. Pero yo quisiera hacer el ejercicio de ir más allá de los reportes epidemiológicos, del posible amarillismo y de las muy repasadas recomendaciones de no “lavar” el pollo —que, dicho sea de paso, lo único que logramos con este método es contaminar superficies—. Me planteé: ¿por qué este fenómeno que está ganando importancia en la salud mexicana no se ha abordado desde la perspectiva de las neurociencias? Quizás, al hacerlo, podríamos comprender mejor su verdadero alcance y tomar con más seriedad las recomendaciones que nos hacen las autoridades.
Empezando con algo importante, ¿qué necesita pasar en nuestro cuerpo para que tengamos Guillain-Barré? Reformulo, ¿de qué (o quiénes) nos debemos cuidar? La respuesta —aunque todavía con puntos suspensivos para la investigación actual— apunta hacia un mayor porcentaje de infecciones.
Pongámosle un nombre a una de estas infecciones: Campylobacter jejuni. Dicha bacteria, conocida por causar gastroenteritis, es considerada uno de los principales factores de riesgo asociados con el síndrome de Guillain-Barré. Pero no es la única. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), también es posible desarrollar este síndrome después de padecer gripe u otras infecciones virales, como el citomegalovirus, el virus de Epstein-Barr e incluso el Zika. Más importante aún, debemos destacar lo que las investigaciones más recientes han revelado, especialmente si consideramos que hasta hace poco estábamos enfrentando una pandemia: el síndrome de Guillain-Barré puede manifestarse después de una infección por el virus de covid-19. También se ha observado como una reacción poco común en personas que han sido vacunadas con las vacunas de Johnson & Johnson o AstraZeneca contra covid.

¡Alerta: ultraje inmune!
Tras una infección, el sistema inmune puede tomar una dirección tan inesperada como anómala: atacar nuestro propio cuerpo. Esta característica, justamente, es lo que le confiere al síndrome de Guillain-Barré su categoría de autoinmune.
Para entender mejor esto, pensemos que lo habitual frente a una infección es que nuestro sistema inmune emplee anticuerpos y glóbulos blancos para combatir amenazas a nuestra salud, como bacterias y virus. Sin embargo, en el caso de este síndrome, es como si el sistema inmune se “equivocara”; así, ataca los nervios sanos del sistema nervioso periférico, la red que se extiende fuera del cerebro y la médula espinal.
Este sistema nervioso desempeña un papel importantísimo tanto en el envío de información desde diferentes áreas del cuerpo al cerebro y, viceversa, con la ejecución de órdenes del cerebro al cuerpo. Pensémoslo como un poderoso cableado que se encarga de comunicar al cerebro y la médula con otras partes del cuerpo como pueden ser glándulas, órganos y otras células nerviosas.
Enmielinizados andamos
Evidentemente, esa comunicación cuerpo-cerebro y cerebro-cuerpo no sucede en automático. Por suerte, a lo largo de nuestra historia evolutiva como animales, hemos desarrollado un beneficio invaluable: la mielina. Este material lipídico abraza los axones, los cuales son secciones alargadas de las neuronas responsables de transmitir información en forma de impulsos eléctricos. Esto es indispensable para garantizar la eficiencia de la comunicación nerviosa.
Recuerdo que en mis clases introductorias a la neurociencia nos aconsejaban pensar en los axones como cables recubiertos con aislante, pero aquí quisiera hacer notar que la mielina no forma una capa continua y uniforme. A lo largo de un axón encontramos interrupciones periódicas llamadas nodos de Ranvier. Y son más trascendentales de lo que creemos.
Para que la comunicación entre las células nerviosas suceda, no basta con tener mielina. Se requiere del llamado potencial de acción; podemos entenderlo como un cambio rápido en el voltaje dentro de una célula nerviosa. Esto ocurre debido al movimiento de partículas cargadas llamadas iones, que entran y salen de la célula, lo que altera su equilibrio eléctrico. Es como si la célula tuviera una pequeña explosión de electricidad que viaja a lo largo de su pared.
Con esto en mente, la transmisión del impulso nervioso en los axones mielinizados tendrá lugar mediante un fenómeno conocido como conducción saltatoria. Lleva ese nombre porque, a una escala microscópica, veríamos que potencial de acción “salta” de un nodo a otro a lo largo del axón. Esto implica —evolutivamente— algo que considero genial, pues gracias a esos saltos tenemos una transmisión más rápida del impulso nervioso.
Ahora, consideremos qué sucede si perdemos esta mielinización de manera abrupta. Desde una perspectiva neuronal, un desastre. Esta situación es precisamente la crisis que puede desencadenar el síndrome de Guillain-Barré: perder nuestro cableado interno. Si se daña la mielina, el aislamiento de los axones se altera y los impulsos nerviosos se ralentizan o no conducen, lo que provoca una disfunción neurológica.
¿Cómo ocurre esta pérdida? ¿Qué partes de nuestro sistema inmune están involucradas? En general, los glóbulos blancos, como las células T, los macrófagos y las células B, no funcionan correctamente. En el sistema nervioso periférico, las células de Schwann forman la vaina de mielina en los axones, y son estas células las que son atacadas.
También quisiera señalar que tanto nuestro sistema inmune como la capacidad del sistema nervioso periférico para regenerarse cambian con la edad. El envejecimiento del sistema inmune y una mala respuesta a una infección previa —como pudo haber sucedido en México— pueden llevar al cuerpo a un estado autoatacante. Esto podría aumentar la frecuencia y gravedad del síndrome de Guillain-Barré.
Quiero de vuelta mis cables
De manera casi automática, surgieron en mi mente preguntas como: ¿es todo esto irreversible? ¿Qué opciones tenemos?
La respuesta breve es que, hasta el momento, no existe una cura definitiva para el síndrome de Guillain-Barré. Sin embargo, quisiera destacar que existen varios tratamientos que pueden ayudar a aliviar los síntomas y que acortan la duración de la enfermedad.
De acuerdo con el Centro de Información sobre Enfermedades Genéticas y Raras (GARD) del National Institutes of Health, las principales opciones de tratamiento incluyen la plasmaféresis (o intercambio de plasma), un proceso que purifica la sangre en el cuerpo humano, y la administración de inmunoglobulina intravenosa. Estos tratamientos, combinados con terapia física, pueden ayudar al paciente a recuperar la movilidad de manera más rápida. El proceso de recuperación puede llevar varios años, pero la mayoría de las personas pueden volver a caminar de forma independiente después de seis meses que comenzaron los síntomas.
A pesar de que la mayoría de las personas se recuperan completamente del síndrome de Guillain-Barré, los casos graves pueden ser potencialmente mortales, y algunas personas pueden experimentar efectos persistentes como debilidad, entumecimiento o fatiga.
Hace apenas unos meses, el 5 de marzo, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) emitió una alerta epidemiológica debido al aumento de casos de esta enfermedad durante enero y febrero. Específicamente —y como dije al inicio de este ensayo—, Tlaxcala se convirtió en el epicentro de esta enfermedad en todo el país.
Ante esta situación, y para evitar una crisis sanitaria que trascienda más allá de Tlaxcala, es importante comprender la complejidad de este síndrome poco común, del cual aún queda mucho por investigar. Lo que mencioné aquí apenas toca algunos aspectos de su complejidad y las diferentes formas en que puede manifestarse.
Personalmente, al conocer toda esta información, creo que evitar salpicar carne de pollo bajo un grifo ya no parece tan difícil (o irrealizable). Podemos evitar la contaminación cruzada, por transmitir el organismo patógeno de un alimento a otro que antes no lo tenía. Además, dado que estamos constantemente expuestos a agentes invisibles, la necesidad de precaución se vuelve aún más evidente.
Como ciudadanos, es fundamental prestar atención a cada uno de estos detalles así como elevar el nivel de discusión sobre estas enfermedades que se perpetúan cada vez más. Esto es apremiante, pues se trata de la salud de nuestro sistema nervioso, uno de los sistemas más complejos y vitales para sostener nuestra existencia.
En este contexto, la discusión sobre si lavar o no el pollo ya no debería ser el foco principal de nuestra preocupación.
Mariana Mastache-Maldonado
Bióloga por la UNAM y miembro de la cuarta generación de su Unidad de Investigaciones Periodísticas. Investiga sobre ambiente, neurociencias y epigenética. Realiza comunicación científica en medios nacionales e internacionales, además de ilustración.
Referencias
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Es una columna para cientificos, no para gente de a pie.