Una breve historia de la vida

Fue en una clase de preprimaria en la que, en un frasco de vidrio con algodón, vi un frijol crecer y entendí que la vida no se restringe sólo a los animales. Sabía que las plantas estaban vivas porque me lo habían dicho. Pero al ver que con tiempo, agua y nutrientes, una semilla no muy diferente a una piedra se convirtió en hojas y raíces, supe que lo que le daba vida a los animales también estaba ahí.

Muchos años después, también en una clase pero esta vez de la universidad, comprendí que eso no era suficiente. Por más que veamos nuestras características replicadas en el famoso “la vida es todo aquello que nace, crece, se reproduce y muere”, ¿cómo desapegarlas de lo que sabemos que no está vivo para tener una definición clara? Como explicó mi maestra en dicha clase: “El fuego no está vivo, pero crece consumiendo materia orgánica; la línea entre nacer y morir se vuelve delgada cuando consideramos organismos que se clonan a sí mismos, y agentes no vivientes, como los virus, son también objeto de la selección natural.”

Entonces, ¿qué está vivo? La respuesta es que no sabemos o, mejor dicho: sabemos qué está vivo pero no necesariamente qué lo hace vivo. Diferentes disciplinas biológicas tienen sus propias definiciones que se acomodan a su campo. Por ejemplo, la biología sintética, enfocada en la edición y desarrollo de entidades biológicas, se conforma con encontrar sistemas químicos minimalistas que puedan mantenerse a sí mismos (los virus requieren de un anfitrión para reproducirse y por ello no se les considera vivos) y que experimenten evolución darwiniana. Esta definición choca de manera práctica con la de la astrobiología, disciplina que busca entender “el origen, evolución, distribución y futuro de la vida en el universo”. Como no tiene el tiempo o la capacidad para identificar procesos evolutivos, se satisface con encontrar rastros de metabolismo, moléculas orgánicas, etc. A su vez, los investigadores del origen de la vida no buscan estructuras orgánicas complejas ni rastros de metabolismo, sino elementos orgánicos simples que puedan ser susceptibles a procesos evolutivos.

Ilustración: Odelmar González

 

Las distintas disciplinas aceptan todas estas definiciones sobre lo que da forma a un organismo viviente. Sin embargo, se disputan por razones prácticas a la hora de identificar esos ingredientes clave de la fórmula, dejándonos sin una definición concreta.

De acuerdo con el filósofo de la ciencia Edouar Machery de la Universidad de Pittsburgh, podemos identificar dos maneras en las que históricamente nos hemos aproximado a definir la vida. Primero está el concepto científico, es decir, uno basado en la replicabilidad y la objetividad. Aquí encontramos al modernismo de la ciencia occidental; al entendimiento de la doble hélice, la búsqueda del gen, el protoplasma del siglo XX, la fuerza vital del siglo XVIII y el flogisto del siglo XVII. Toda esta trayectoria nos lleva a las disciplinas modernas mencionadas y que, en contraste con sus bases positivistas, no pueden llegar a una definición universal al ser muy permisivas y dependientes del contexto en el que se les maneje.

La segunda manera que identifica Machery es la del concepto folclórico. Esta se basa en la experiencia individual y en el impulso de empatía que sentimos al ver lo nuestro en lo ajeno. Es el neuma de los griegos, el teotl mexica, el prana del hinduismo, el chi del taoísmo y el wakan tanka de los sioux. Es la fuerza vital, mística y primordial que fluye en y hacia ciertos medios, a veces vivos y a veces no. Encontrar una definición universal desde este punto de vista es imposible, pues se basa en culturas locales, relatos subjetivos y experiencias personales. En lo que se ve y se siente vivo, sin necesariamente explicar o entender qué es esto.

A final de cuentas, ninguna de las dos definiciones cumple su objetivo. Ni la ciencia ni la vida misma pueden explicar qué le da esa “chispa” inicial. Y, torciendo la frase de Galileo, “sin embargo, vive”.

El título del artículo de Machery que mencioné con anterioridad es Por qué dejé de preocuparme por la definición de la vida… y por qué tú también deberías hacerlo. Con este gran título –con aire de clickbait– el investigador resume la tesis del estudio. No podemos definir la vida y eso está bien. La vida es un proceso, no un evento. Como dijeron Lynn Margulis y Dorion Sagan, entender la vida es una trampa lingüística que requiere un sustantivo, pero funciona como un verbo. Se repara, se mantiene, se recrea y se supera a sí misma. Citando a Antonio Lazcano, la “vida es un concepto empírico cuya caracterización depende de un contexto histórico específico”. Un “principio vital” no sumaría ni restaría nada a las ciencias y filosofías de vida que existen plácidamente sin ella, pues la vida, el evento de la vida, se mide a través de su historia, su evolución e interacciones.

Me gustaría quedarme con una cita de Lynn Margulis y Dorion Sagan de su libro ¿Qué es la vida?, que define y, de cierta forma, combina todo lo anterior. “La vida es exuberancia planetaria, un fenómeno solar. Es la transmutación astronómicamente local del aire, el agua y el sol de la Tierra en células. Es un intrincado patrón de crecimiento y muerte, expansión y contracción, transformación y descomposición. […] La vida como Dios, música, carbono y energía es un nexo giratorio de seres que crecen, se fusionan y mueren. Es materia desbocada capaz de elegir su propio rumbo para posponer indefinidamente el inevitable momento de equilibrio termodinámico: la muerte. La vida es también una pregunta que el universo se plantea a sí mismo en forma de ser humano.”

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

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Publicado en: Elementos

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