Se le conoce como ciencia moderna a la actividad surgida entre los siglos XVI y XVII que se basa en el método experimental, la matematización de la naturaleza y búsqueda de leyes universales apoyándose en la teoría. Se enseña y se conoce que la ciencia moderna nació en Europa. ¿Hay alguna duda de ello? Litros de tinta se han gastado para no poner en duda semejante afirmación.
Desde que uno es estudiante de ciencias en la universidad (o quizá desde antes) es un dogma incuestionable. Nombres como Kepler, Copérnico, Bacon, Vesalio y Newton marcaron el inicio de la llamada revolución científica1 que a su vez dio paso a la ciencia moderna. ¿Pero en realidad fue así? Hay autores que se atreven a cuestionar lo inamovible.
James Poskett es doctor y profesor asociado de historia de la ciencia y la tecnología en la Universidad de Warwick, Inglaterra. En 2022 publicó el libro Horizons: The Global Origins of Modern Science, en español Horizontes: Una historia global de la ciencia (publicado en la editorial Crítica), donde cuestiona este dogma. El investigador argumenta que hay otra manera de contar los orígenes de la ciencia moderna: la revolución científica no se dio sólo en el espacio-tiempo europeo, sino que es un trabajo que se forjó a lo largo del tiempo en distintos lugares y culturas.
Sin negar la contribución europea al conocimiento científico –que fue y sigue siendo importante– Poskett nos muestra las aportaciones de los africanos, japoneses, latinoamericanos (específicamente de Argentina y México), y de las culturas precolombinas (últimas décadas antes de la llegada de los españoles), así como de rusos e indios. También muestra los nexos entre los distintos sabios, investigadores, eruditos y, posteriormente, científicos2 de todo el orbe para darle forma a la ciencia moderna. Para el autor, los “momentos clave de la historia global han condicionado el desarrollo de la ciencia moderna”.3
El libro se divide en cuatro partes, comenzando en el período entre 1450 y 1700, titulado La revolución científica; pasando por la Ilustración y la era de los imperios (1650-1800); para llegar al capitalismo (1790-1914), y terminar en la era de las ideologías y la posguerra (1914-2000). Cuenta además con un epílogo sobre el futuro de la ciencia en el mundo globalizado.
Poskett hace gala de una pluma fluida y amena para desmontar la ficción construida, según el autor, en las primeras décadas de la guerra fría. El mundo se dividía –y quizá aún lo hace– entre occidente y oriente y, tal como ahora, la ciencia y tecnología eran indicadores de éxito político y económico. Para los líderes de Europa occidental y Estados Unidos era necesario que sus ciudadanos supieran que estaban en el lado correcto de la historia y que eran los portadores del progreso científico y social.
Ahora bien, quisiera hablar de manera sucinta de dos historias que reflejan la tesis del autor.
Ciencia de primer nivel en África y en Estambul
África es, para mí, un continente ignoto. No me da pena manifestar mi rotunda ignorancia al respecto. Por ello me impactó conocer la historia de los astrónomos africanos descritos en el libro.
Tombuctú se fundó en el siglo XII y, gracias al comercio a través del Sahara, vivió una gran expansión en los siglos XV y XVI. Esta ciudad conectaba a África Occidental con Asia gracias a la Ruta de la Seda. En este contexto se dieron las transacciones comerciales de esclavos para los europeos, comenzando la era de los grandes imperios que influyeron en la ciencia moderna.

La ciudad de Tombuctú se enriqueció tanto económica como culturalmente, lo que le permitió al gobernante del imperio Shongai (uno de los más antiguos del oeste de África) disponer de una corte variada de médicos, jueces, eruditos y sacerdotes. El islam floreció gracias a las rutas de comercio y los sabios comenzaron a escribir manuscritos originales, por lo que ya no se dependía de su importación. Es decir que los negocios, el peregrinaje, la esclavitud y diversidad cultural hicieron florecer nuevos conocimientos. En ese ir y venir entre distintas ciudades se exportaron e importaron manuscritos que se vendían como cualquier mercancía.
Fue en esa época que surgieron los astrónomos africanos. El libro relata la historia del erudito Muhammad Baghayogho (1523-1593) quien, además de ser un gobernante (se negó a someterse a los marroquís), sabía calcular el momento exacto en el que había que rezar en el día –gracias al reloj de sol– y por la noche –guiándose por la posición de la Luna–. Al igual que otros intelectuales africanos, Baghayogho poseía una de las mejores colecciones de manuscritos árabes de todo Tombuctú y los usaba para su beneficio y el del pueblo.
Algo parecido pasó en Estambul con los astrónomos que ofrecían su conocimiento al sultán Murad III. Poskett narra en su libro la asombrosa historia de Taqi ad-Din, quien quería ganarse el favor del mandamás otomano. Para ello determinó los horarios de las cinco oraciones diarias que debía hacer el pueblo, le generó un horóscopo –en esa época un privilegio– y presentó la dirección de La Meca.
En dicha época y lugar, un hombre culto era valorado. Taqi ad-Din pudo salvar su pellejo en un viaje en barco donde unos piratas descubrieron el valor de su peso en oro. Taqui sólo fue vendido como esclavo erudito en Roma y ahí conoció las obras de Euclides y Ptolomeo. Se trata de otro ejemplo de redes, ya que ambos pensadores trabajaron en Alejandría –África, pero griega en cultura e intelectualmente cosmopolita–. El erudito tradujo estas obras al árabe y así se combinaron dos culturas.
Después de diez años Taqi ad-Din pudo salir de Roma y volvió a Egipto, donde se le nombró el principal astrónomo en la corte del sultán. En 1577 persuadió a Murad II de construir un nuevo observatorio en Estambul. Ahí, el astrónomo se puso manos a la obra con la elaboración de lecturas astronómicas y tablas de los astros que veía. Su observatorio contaba con una multitud de artefactos para la astronomía de primer nivel: sextantes, astrolabios e incluso un reloj mecánico. Fue así como Taqi publicó una obra en la que mezclaba teología, filosofía y matemáticas para presentar al universo como un mecanismo de relojería. Para entenderlo, esperaba “construir una máquina y un reloj que pudiera reflejar la estructura espiritual de los cielos”. El universo como una máquina mecánica, ¿nos suena? Sí, esta fue una de las propuestas del matemático francés René Descartes en el siglo XVII. Es decir, dos siglos después.
La primera persona en detectar antimateria
El término “cien años de humillación” es bien conocido en China. Se refiere al periodo, desde 1839 a 1939, en el que el país asiático fue sometido por potencias extranjeras. Quizá sus derrotas más conocidas ocurrieron en las Guerras del Opio contra Reino Unido y Francia. En represalia, poco a poco, países occidentales y Japón tomaron recursos y posesión del territorio chino.
En 1901, China sufrió otra humillante derrota. A inicios de 1900, una sociedad secreta china llamada Bóxers se levantó en contra de los extranjeros radicados en su país. Al poco tiempo, las fuerzas conservadoras y anti-extranjeras del gobierno chino apoyaron a los Boxers para destruir a los “otros”. El levantamiento duró poco y en septiembre de 1901 los países vencedores (principalmente Japón y Rusia, pero también Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña) firmaron un acuerdo para poner fin a las hostilidades. China tuvo que pagar varios millones en indemnizaciones a los vencedores.
La forma de pagarle a Estados Unidos me resulta curiosa. En 1908, el presidente Theodore Roosevelt aprobó la creación de becas de indemnización a los Bóxers. China entonces debía 24 millones de dólares al gobierno norteamericano. Roosevelt propuso que, en lugar de pagar la cantidad de manera directa, el gobierno chino utilizara el dinero para becar a sus ciudadanos en Estados Unidos. Lejos de ser un acto de caridad, representó una fuente de ingresos para las universidades estadounidenses. La política y la ciencia van más de la mano de lo que se suele contar.
Varios estudiantes chinos que después fueron competentes científicos se beneficiaron de estas becas. Entre ellos Zhao Zhongyao, quien comenzó en la Universidad de Nanjing sus estudios de física y los combinó con el confucionismo y otros estudios ortodoxos chinos. Después de graduarse en 1925, Zhongyao llegó al Instituto Tecnológico de California para trabajar con Robert Millikan. Millikan fue un connotado físico que midió la carga del electrón y comprobó que la carga eléctrica sólo existe como múltiplo de esa carga elemental. Además, apoyó a los estudiantes chinos que aspiraban a ser científicos.
El trabajo del chino no era fácil: tenía que verificar la ecuación de Paul Dirac de la mecánica cuántica que describe lo que ocurre cuando una onda electromagnética alcanza el núcleo atómico. Zhongyao llevó a cabo experimentos donde bombardeaba elementos químicos (por ejemplo, el plomo) con rayos gamma. Después medía la cantidad de energía absorbida y emitida por los átomos en cada caso. Los resultados concordaban con la ecuación en muchos núcleos atómicos, pero fallaban con los elementos más pesados. Había un exceso de energía. ¿De dónde procedía? Si bien Zhao no lo tenía tan claro, publicó sus artículos en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Pronto la comunidad física se dio cuenta que esa discordancia de energía era un positrón.
Zhongyao fue la primera persona en detectar antimateria. En 1928, el físico británico Paul Dirac predijo la existencia de esa partícula. Dirac había escrito que los positrones existirían de manera breve, pues rápidamente serían aniquilados con un electrón. Ese choque haría posible la liberación de una cantidad medible de energía. Pues bien, eso fue lo mismo que detectó el científico chino: el encuentro entre materia y antimateria que explicaba el exceso de energía que había observado.
Hacia una nueva visión de la historia de la ciencia
La lectura de Horizontes: Una historia global de la ciencia nos permite criticar el mito de la ciencia como una empresa sólo europea. Mantener el mito, en palabras del autor, “no sólo es falso, sino también dañino”. Y, de procurar mantenerlo, es “poco probable que trabajemos conjuntamente como una comunidad científica global cuando la mayoría de los países han sido excluidos del relato que se cuenta”. James Poskett demuestra que existe otra versión, verídica, de comprender el pasado de la ciencia. No debemos ignorarla.
Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por parte de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la revista ¿Cómo ves?, Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros
- No todos los historiadores o filósofos de la ciencia concuerdan en que existió una revolución científica, véase por ejemplo La revolución científica. Una interpretación alternativa de Steven Shapin.
- Utilizo el término de filosofía natural, ya que fue hasta el siglo XX que el concepto de “ciencia” fue introducido por el filósofo y científico inglés William Whewell en 1833. Antes de ser científicos, los investigadores eran llamados filósofos naturales
- Todas las notas textuales provienen del libro traducido por Crítica 2022