Nada más al bajar del avión en el aeropuerto de Cancún aparecen los anuncios que promocionan los cenotes, pilares del turismo en la península de Yucatán. A lo largo de las carreteras, brotan cada tanto desde espectaculares gigantescos hasta pedazos de madera rotulados a mano que invitan a los turistas y residentes de la zona a buscar esparcimiento en los cuerpos de agua. La experiencia es única. Todo aquel que haya nadado en un cenote sabe que el agua es fría y cristalina, y que una diferencia notable con un cuerpo de agua artificial es que a los cenotes los habitan peces y otros diversos animales. Su profundidad se pierde de vista en un abismo cavernoso que produce vértigo, pues uno lo mira a la vez que el cuerpo se mantiene ingrávido en el agua.

Desde lo alto, un cenote asemeja un ojo que mira sorprendido hacia el cielo, una boca abierta que espera comida o un botón azul oscuro perdido en una tela verde uniforme. Para las visiones más utilitarias, hace las veces de un pozo de agua y de un regalo de las profundidades de la tierra para la superficie. Durante milenios, los cenotes han sido fuente de agua dulce para los habitantes de la zona, imperio maya incluido. Que estén conectados al acuífero los convierte en una especie de sistema de agua potable que no fue instalado por ningún gobierno, sino por el suelo kárstico y la selva que lo han construido desde hace millones de años. Un sistema del que se benefician los humanos y que sustenta la vida silvestre en la península.

Recorrer los cenotes es una misión de supervivencia grupal, una travesía inesperada y variopinta, que fue la que hizo un equipo de investigación que incluía a dos de nosotros, Paola y Fernando, en 2024 y 2025. Algunos cenotes eran accesibles por caminos pavimentados, los propietarios del terreno cobraban boletos de ingreso e incluso se exigía el uso de regaderas antes de entrar al agua para deshacerse de la contaminación externa. Otros, para llegar a ellos, requerían del corte preciso de un machete para avanzar en un camino de terracería apenas visible. Conocerlos todos habría sido imposible: se estima que hay hasta 8 000 en toda la península y muchos de ellos han escapado a la detección satelital por lo frondoso de los árboles. La mejor guía es la de un residente de la zona o un investigador de confianza. Idealmente, ambos.

Durante semanas, nuestro equipo recorrió la península siguiendo coordenadas inciertas, sugerencias de otros investigadores, señales de solícitos ejidatarios, anécdotas de buzos de cueva y, a veces, esbozos de pistas provenientes de imágenes satelitales. Visitamos cerca de cuarenta cenotes, dispersos entre selvas, ejidos, ranchos y carreteras. Nos impulsaba una de las mismas preguntas que hoy motiva a muchas personas que se dedican a la biología: ¿de qué forma las actividades humanas están alterando a las entidades naturales? La pregunta era todavía más acuciante para los cenotes, porque los efectos antropogénicos que los amenazan pueden desbordarse más allá de sus puntos de origen. 

El aspecto más importante de los cenotes es su interconexión: al mismo tiempo que fungen como un oasis y refugio acuático en medio de la selva, por debajo mantienen su unión al Gran Acuífero Maya, una red de ríos y cavernas de más de 165 000 km² de extensión sumamente dinámica y compleja, difícil de mapear, rastrear y predecir. En un sistema así, los efectos de las actividades humanas podrían viajar a lo largo de todo el acuífero. Por ello, el equipo inspeccionó la mayor diversidad de cenotes que pudo. Y una de las primeras pistas fue que, en efecto, no todos estaban igual de sanos.

A las afueras de Mérida, Yucatán, encontramos dos cenotes separados apenas por una carretera, pero que parecían pertenecer a mundos distintos. En uno de ellos, llamado San Antonio, el agua era transparente y de un azul profundo. Estaba rodeado de vegetación y, al nadar en él, el líquido se sentía fresco y limpio. Una notable diversidad de peces, visible desde la superficie, saludaba a las familias locales que llegaban a sumergirse, pescar o sólo pasar el día en un entorno de domingo eterno. 

Del otro lado de la carretera, el contraste era impactante. La vegetación del otro cenote, llamado Xpoc, escaseaba tanto en sus orillas como dentro del agua, y la actividad ganadera lo tenía acorralado. El olor a desechos de vaca punzaba la nariz. El agua había perdido su tonalidad azul y mostraba en cambio un verde intenso y turbio. No era posible ver peces desde la superficie, si es que había alguno dentro todavía. Faltaban los turistas y las familias: el espacio no era un lugar de encuentro. Al entrar al agua, la experiencia fue desconcertante. Los primeros centímetros estaban calientes de forma inusual. La visibilidad era prácticamente nula: echamos un disco de medición y este desapareció a pocos centímetros de profundidad.

El cenote Xpoc, a la izquierda, y el cenote San Antonio, en el municipio de Tecoh, Yucatán. Son visibles las zonas de producción ganadera en el lado de Xpoc. Crédito: Google Earth.

No hacía falta un laboratorio para notar que algo estaba mal, pero el laboratorio podía confirmar qué tan grave es el problema y dar pistas de posibles soluciones.

En los cenotes impactados como Xpoc detectamos una cantidad excesiva de sustancias inorgánicas, que suelen provenir de actividades como la ganadería. En la ecología, se conoce a estas sustancias como “nutrientes” aunque el efecto de su acumulación en un cuerpo de agua sea el contrario al de dar sustento a la diversidad. Este enriquecimiento funciona como una “sobrealimentación” del sistema. Las primeras en aprovechar los nutrientes son las algas: cuantas más sustancias inorgánicas hay, más proliferan. El crecimiento descontrolado de algas forma densas capas que reducen la entrada de luz hacia el fondo del cenote. Sin luz, las plantas acuáticas no pueden desarrollarse y, sin plantas, la cantidad de oxígeno disponible en el agua disminuye mientras desaparecen los refugios para organismos pequeños y peces. Este cambio altera las redes alimentarias desde la base. Cuando estas algas mueren, su descomposición consume oxígeno y reduce aún más su concentración en el agua. Bajo estas condiciones, sólo unas pocas especies tolerantes logran sobrevivir. Así, el sistema se simplifica: lo que antes era un cenote azul, diverso y transparente, se convierte en uno verdoso, turbio y dominado por pocas especies. Todos los días, el cenote San Antonio podía ver en Xpoc, a contados metros de distancia, uno de sus posibles futuros.

Los cenotes siguen una evolución geológica más o menos predecible a lo largo de miles de años. El río subterráneo desgasta el techo de una cueva y aparece una primera ventana al acuífero. Las paredes colapsan conforme el suelo alrededor del ojo se disuelve y se forma un cenote abierto, la icónica imagen de los folletos para los turistas. El suelo erosionado se sedimenta en el fondo y adelgaza la conexión del cenote con la red de agua subterránea. Finalmente, el cenote se convierte en un pequeño lago aislado del acuífero que, según como se maneje, puede tener el destino de una pecera que bulle de vida o el de un charco que acumula todo lo que se le arroja.

Parte del equipo de investigación en un cenote en cuyos alrededores se practican actividades pecuarias. Crédito: Kay Vilchis

El agua de un cenote aislado como Xpoc absorbe los efectos de las actividades a su alrededor. En cambio, el impacto de la contaminación en un cenote conectado al acuífero se diluye por la vastedad del agua subterránea que lo soporta. Su transparencia es, sin embargo, engañosa: los contaminantes pueden difundirse a toda la península. El acuífero no es infinito y el presente del cenote Xpoc podría ser el futuro de toda la red. Los cenotes han tardado miles de años en formarse. Su deterioro, en cambio, puede ocurrir en décadas. Estudiar la degradación de los cenotes individuales y sus indicadores permitirá detectar a tiempo las señales de degradación en el acuífero, lo que nos daría la posibilidad de actuar antes de que el daño sea irreversible.

En los bordes del cenote Chen-ha, uno de los más atractivos a la vista, los propietarios del terreno pusieron un cartel de buenas prácticas para visitar un cenote: qué ponerse, qué no ponerse, qué está prohibido y qué está permitido. El cartel anunciaba el horario de cierre: las 5 p.m., antes de la puesta de sol. El riesgo de nadar en la noche no es sólo para el cenote, sino también para las personas. Después de todo y al igual que los demás, el cenote Chen-ha es una fuente de agua y también un ecosistema que reacciona al trato que le damos. A mayor escala, el riesgo de las malas prácticas al aprovechar los cenotes no solo es para ellos, sino también para los visitantes y la biodiversidad que los puebla. Hemos llegado a una bifurcación: un futuro de agua fresca y cristalina o uno de agua turbia y pestilente. 

Sirva este texto como un cartel de advertencia en el camino.

El cenote Chen-ha, en donde todavía se conservan los elementos naturales del entorno. Crédito: Kay Vilchis

El proyecto de investigación se titula: “El efecto de la antropización sobre la dinámica, estructura y funcionamiento de los cenotes de la península de Yucatán” (UNAM-PAPIIT IA202924)

Víctor R. Hernández Marroquín

Biólogo, profesor en la Facultad de Ciencias de la UNAM, divulgador de la ciencia, traductor y narrador oral.

Paola Ruiz Mendoza

Bióloga y estudiante de Maestría en el Instituto de Ciencias del Mar y Limnología, apasionada por el nexo ciencia-sociedad-política pública.

Fernando Córdova Tapia

Investigador en el Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, donde se dedica al estudio de la ecología de los cuerpos de agua dulce.

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