Comunicarse es una acción fundamental para los seres vivos. Sin importar si eres una bacteria dentro de una colonia, un hongo mucilaginoso en movimiento, una abeja en busca de polen o un pez en el mar, siempre encontrarás una forma de enviarle un mensaje a otros. Por ejemplo, existen bacterias que emiten señales a partir de impulsos eléctricos, como si de neuronas de nuestro cerebro se tratase. Generalmente, en estos impulsos va codificada la información acerca de la disponibilidad de nutrimentos en la colonia.
Otros organismos, como los hongos mucilaginosos, anfibios, reptiles y hasta insectos, se comunican a través de una secreción de químicos que nosotros seríamos incapaces de entender si no fuera por los diferentes aparatos y métodos que las científicas y los científicos han elaborado para tratar de llegar a alguna interpretación de ese tipo de “lenguaje químico”.1
También hay organismos que aprovechan sus ojos para interpretar mensajes visuales. Las abejas realizan una serie de movimientos y vuelos conocidos como “danzas”, con los que señalan el sitio en donde se encuentran las flores con néctar o avisan a otras la presencia de algún peligro.2 Otro tipo de comunicación visual es la que ocurre a partir de fenómenos como la fluorescencia. A pesar de que podría parecer algo poco común, la fluorescencia es una característica bastante frecuente en diferentes organismos. Sucede en aves, como los periquitos australianos; en roedores, como las ardillas voladoras de Norteamérica; y en reptiles, como los gecos de Namibia.3 Éstos últimos presentan franjas fluorescentes en los costados de su cuerpo, con las que indican su presencia a la distancia a otros gecos.
Y, por supuesto, no podría faltar el tipo de comunicación que quizá sea el más común para los humanos: el sonido. La comunicación acústica la podemos encontrar en insectos, como en las estridulaciones que emiten los grillos al frotar sus patas o sus alas por la noche; en mamíferos, como en los ladridos de los perros, los ronroneos de algún felino o los aullidos de un mono saraguato; en peces, cuando emiten vibraciones que se desplazan por el agua, indicando la presencia de otros peces, delimitando su territorio o expresando su receptividad sexual.
Pero, si de sonidos hablamos, no podemos dejar atrás a las aves, pues probablemente son de los organismos con uno de los repertorios más amplios de sonidos. La estructura de sus cantos es particular y difiere entre especies. Por ejemplo, pueden emitir sonidos breves, cuya acústica es simple, compuesta por sonidos intermitentes, como si de una sola sílaba se tratase, sin un patrón definido; pero también pueden elaborar cantos largos con notas armoniosas y patrones definidos que se repiten una y otra vez.4
Sin embargo, no son los únicos organismos que emiten sonidos complejos: los anfibios también cuentan con una larga lista de cantos y coros. Los anuros (ranas y sapos) emiten sonidos para anunciar su receptividad sexual; otros son emitidos como respuesta a alguna agresión o llamado territorial; están aquellos cantos conocidos como “cantos de liberación”, producidos cuando un macho intenta copular con otro macho o con una hembra no receptiva; los de alarma, emitidos ante la presencia de alguna amenaza; y los cantos de alerta, producto de situaciones estresantes.
No obstante, es muy probable que el sistema de comunicación acústico más sofisticado sea el que los humanos hemos desarrollado con el tiempo. A lo largo de miles de años nuestra especie ha elaborado un sistema basado en la emisión de diferentes sonidos y se ha conseguido enlistarlos, definirlos y concatenarlos para poder elaborar sonidos todavía más complejos y diversos que nos permiten definir objetos, personas, situaciones, lugares, sensaciones, sentimientos, tiempo, ideas, otros sonidos y todo tipo de cosas.5
¿Cómo comenzó el proceso que nos permitió desarrollar el lenguaje como hoy lo conocemos? ¿Cuál es el origen de esta manera de expresarnos y comunicarnos? Lamentablemente para nosotros, sigue siendo un hecho desconocido, al mismo tiempo que es un debate controversial, pues hay quienes aseguran que los lenguajes más antiguos nacieron hace por lo menos unos 10 000 años. Otras personas insisten en que tuvo que suceder hace por lo menos 50 000 años, pero muchas científicas y científicos proponen que, en realidad, el origen del lenguaje humano ocurrió hace alrededor de 100 000 años.6
Lo que vuelve esta discusión tan problemática es el hecho que el registro de los lenguajes antiguos son escasos y el más longevo es de hace unos 5000 años.7 Por lo que es probable que nunca tengamos una fecha exacta del origen del lenguaje, pero sí podemos conocer cómo se fue su desarrollo hasta hoy en día.

Cuando los humanos intentamos comunicarnos, llevamos a cabo diferentes acciones. Movemos la cabeza, hacemos ademanes, gesticulamos y hablamos con diferentes tonos de voz, todo al mismo tiempo. Por lo tanto, la vocalización y la gesticulación tienen un rol fundamental en nuestra emisión de mensajes.
Un enfoque que las científicas y los científicos le dan al rompecabezas del origen de nuestro lenguaje es comenzar con las evidencias de la evolución de la gesticulación, sobre todo si tomamos en cuenta que, al parecer, los grandes simios se comunican mediante una modalidad de señas y gestos, dejando las vocalizaciones en un segundo plano. Por lo que las investigadoras e investigadores asumen que es probable que los primeros homínidos también se comunicaran utilizando más gestos que sonidos. Y, aunque los bebés vocalizan desde el momento de su nacimiento, un argumento a favor de la gesticulación y los ademanes es el hecho de que los movimientos de la cara y de las manos permitirían desarrollar los primeros símbolos humanos, como aquellos para pedir comida o indicar que tenemos hambre y los que nos permiten referirnos a diferentes objetos. Además, parece que los infantes desarrollan sistemas de gestos y señas con distintos significados varios meses antes de que aprendan a utilizar y pronunciar palabras.
Existen evidencias que, a diferencia de otros simios, los bebés humanos desarrollan más símbolos vocales que gesticulares o ademanes conforme crecen y se desarrollan. Es por eso que otras investigadoras e investigadores creen que la vocalización fue lo que permitió desarrollar el lenguaje humano, puesto que poseemos la habilidad de vocalizar con libertad desde nuestros primeros días de vida. Si bien nuestros primeros sonidos no son un lenguaje completo, esa capacidad de emitirlos libremente nos permite explorar y experimentar con ellos y nos da una gran flexibilidad para expresarnos.8
Los bebés emiten una gran variedad de vocalizaciones llamadas protofonos.9 Estos sonidos son los primeros pasos en la carrera maratónica que los humanos emprenderemos a lo largo de nuestra vida para hablar uno o varios idiomas y para tratar de comunicarnos efectivamente con otras personas. A pesar de que muchas y muchos de nosotros, ya siendo adultos, dominamos alguno de los distintos lenguajes, todavía llegamos a tener deficiencias para que nuestros mensajes sean claros, tanto hablando con otras personas como por algún medio electrónico como Whatsapp. Los malentendidos están a la orden del día.
Pero, regresando a los protofonos, los humanos comenzamos a elaborarlos en el primer mes de vida. En algún momento se pensaba que los bebés desarrollaban su sistema de vocalización mediante el llanto o algún tipo de sonidos similares al habla adulta, pero parece que los protofonos se desarrollan de una forma distinta. Para los bebés, llorar es una acción que se produce como un síntoma de estrés. Por otro lado, la risa es un sonido que expresa algún jugueteo o disfrute. Dichos sonidos no son ni un llanto ni una palabra, pero sí pueden expresar cosas concretas. Los protofonos no necesariamente expresan emociones, aunque en ocasiones sí lo hacen. Curiosamente estos sonidos son menos comunes cuando interactúan con otros humanos, ya que generalmente los hacen cuando el infante no se dirige hacia algún potencial receptor, sino cuando están solos, lo que indicaría que no necesariamente implican alguna intención de socializar.10
Parece que los protofonos comienzan a partir de una motivación intrínseca de los bebés, posiblemente con una intención exploratoria, generada a partir de una curiosidad vocal. Esto concuerda con los estudios realizados por el equipo de investigación del científico francés Pierre-Yves Oudeyer,11, 12 en donde explica con modelos computacionales y simulaciones robóticas la autoorganización del desarrollo del lenguaje. Ahí, el equipo describe que los patrones de sonido generados en las simulaciones, condicionadas únicamente por la exploración de sonidos y no por la comunicación de mensajes, son muy similares a los originados por un bebé en sus primeros meses de vida.
Cuando los humanos comenzamos a vocalizar, las personas adultas a nuestro alrededor intentan interactuar con nosotros, a pesar de que, como vimos, los bebés no siempre buscan socializar, sino descubrir y jugar con su capacidad de emitir sonidos. Aunado a eso, los adultos no interactúan con un bebé de la misma forma que lo harían con otro adulto, pues el tono, la modulación y la prosodia que utilizan es muy específica, al igual que el ritmo de emisión. Esto sucede espontáneamente, sin mucho razonamiento detrás, pero consigue empatar sus sonidos con los del bebé, emitiendo repeticiones en un ritmo muy similar y con tonos y sílabas muy parecidas.
Sin embargo, hay una interlocutora con la que los bebés terminarán interactuando, ya sea de una forma o de otra: su madre. De todos los adultos, son las madres las que modulan con mayor precisión su voz y su lenguaje, de acuerdo con lo que perciben que el bebé necesita, ya sea emocional o materialmente. Además, las madres modulan sus ademanes y su voz en intervalos breves (aproximadamente entre 0.5 y 1.5 segundos) de tal manera que generan un espacio que le permite al bebé responderle, iniciando una interacción que podría significar la primera conversación en la vida de un humano.13
No cabe duda de que este primer intercambio es fundamental para lo que esa persona será capaz de hacer cuando llegue a la vida adulta y que el papel de la madre es crucial para el desarrollo del lenguaje humano, pues no sólo participa en la primera conversación, sino que también propicia el desarrollo de estructuras bucales que le permitirán al bebé poder hablar y expresarse vocalmente, todo gracias a la lactancia.
Cuando un bebé lacta, estructuras como la laringe, la lengua, los labios, los carrillos y las mejillas se ven obligadas a realizar movimientos para poder sostener el seno de la madre, mantener el pezón fijo y succionar la leche.14 Esto es un conjunto de acciones que, si nos detenemos a pensar un poco, no son nada sencillas si acabas de nacer. Coordinarlas nos permitirán gesticular y respirar en intervalos adecuados para pronunciar palabras difíciles o recitar largos discursos cuando seamos adultos.
¿Cuándo se originó todo este proceso? Si observamos a otros simios, podremos ver que ellos también utilizan gestos para referirse a cosas concretas. Tanto bonobos, chimpancés, gorilas y orangutanes tienen el interés de comunicarle a otros algo y generalmente lo hacen mediante gestos visuales, que son más frecuentes cuando su audiencia les está prestando algo de atención; de otra manera, optan por comunicarse con vocalizaciones.15
Pero, mejor veamos los orígenes de esos sonidos. Si escuchamos a las crías de, por ejemplo, los bonobos, encontraremos que emiten sonidos que bien podrían pasar como los protofonos que identificamos en bebés humanos, pues sus frecuencias y volumen son muy similares,16 además de que todo parece indicar que los bebés bonobos hacen estos sonidos sin una intención interactiva, tal y como lo hacen los bebés humanos.
Todo parece indicar que el lenguaje no se origina sólo a partir de gestos o sólo gracias a la vocalización. Una combinación de ambas (más otras tantas circunstancias) permitieron a nuestra especie generar esa vasta cantidad de palabras, idiomas y expresiones vocales. Si no fuera por esa increíble herramienta no tendríamos todas esas historias que contar o que escuchar o que leer, todas esas canciones que nos fascina cantar ni esas palabras que con ansias esperamos recibir. Lo más probable es que nunca tengamos claro cuándo inició, pero es un hecho que somos afortunados de poder experimentar nuestro lenguaje con libertad.
Víctor Alí Mancilla Gaytán
Biólogo y entusiasta de los datos curiosos
1 Mancilla Gaytán, V. A. “Los extraños orígenes del lenguaje”, nexos, recuperado el 18 de mayo de 2022.
2 Idem.
3 Mancilla Gaytán, V. A. “Destellos ocultos”, nexos, recuperado el 18 de mayo de 2022.
4 Idem.
5 Idem.
6 Aitchinson, J. “The seeds of speech”, 1.ª ed., vol. 1, Cambridge University Press.
7 Idem.
8 Reed, M. M., Long, H. L., Bowman, D. D., Bene, E. R., y Oller, D. K. “The origin of language and relative roles of voice and gesture in early communication development”, Infant Behavior and Development, 65, 2021, 101648.
9 Idem.
10 Idem.
11 Oudeyer, P.-Y. “The Self-organization of speech sounds”, J. Theor. Biol. 233, 2005, pp. 435–449.
12 Oudeyer, P.-Y. Self-Organization in the Evolution of Speech: Studies in the Evolution of Language, trad. J. R. Hurford, Oxford University Press, Oxford, 2006.
13 Gratier, M., Devouche, E., Guellai, B., Infanti, R., Yilmaz, E., y Parlato-Oliveira, E. “Early development of turn-taking in vocal interaction between mothers and infants”, Frontiers in Psychology, 6, 2015.
14 Mancilla Gaytán, V. A. Ob. cit.
15 Gillespie-Lynch, K., Greenfield, P. M., Feng, Y., Savage-Rumbaugh, S., y Lyn, H. “A Cross-Species Study of Gesture and Its Role in Symbolic Development: Implications for the Gestural Theory of Language Evolution”, Frontiers in Psychology, 4, 2013.
16 Mancilla Gaytán, V. A. Ob. cit.