El mono desnudo: los humanos y la pérdida evolutiva del pelo corporal

Hay numerosas características que separan a los humanos de los otros primates. Entre las principales se encuentran la posesión de una gran neocorteza cerebral, la capacidad de mantenerse erguidos sobre las extremidades inferiores y la formación de familias como unidad social. Sin embargo, algo distintivo de la especie humana es la ausencia de pelo en el cuerpo.

Todos los primates —a excepción de los seres humanos— poseen una gruesa capa de vello corporal. Lo anterior, por lo tanto, sugiere que los ancestros primates del Homo sapiens también poseían este fenotipo y, aunque no se sabe exactamente cómo ni cuándo, por alguna razón evolutiva, esa característica se perdió. Existen diversas hipótesis del porqué sucedió esto, sin embargo, son pocos los datos disponibles, y la falta de fósiles con piel o cabello impide comprobar cualquiera de ellas por el momento.

A decir verdad, los humanos no son necesariamente monos lampiños, pues tienen pelo en ciertas partes del cuerpo, y los datos sugieren que, de hecho, el número y densidad de los folículos pilosos que poseen no difieren significativamente de los de sus parientes primates más cercanos. La mayoría de estos pelos, sin embargo, son minúsculos y realmente no protegen la piel o proporcionan aislamiento térmico apreciable. En realidad, esta piel aparentemente desnuda hace a los humanos animales más vulnerables en contraparte con aquellos que sí lo poseen.

El pelaje sirve como protección ante los rayos UV, las bajas o altas temperaturas, las picaduras de insectos, las heridas o las llagas, y, además, cumplen una función importante en la selección sexual y en la defensa contra depredadores —los animales peludos aparentan ser más grandes, lo que puede resultar amenazador o atractivo, según sea el caso—. Como vemos, la desnudez significa claras desventajas para el humano, entonces ¿por qué se perdió el vello corporal?

Quizá las hipótesis más comunes son las que involucran el cambio de hábitos en los ancestros del mono desnudo. Verán, estos seres —que hace millones de años caminaban sobre cuatro patas— estaban adaptados a vivir en zonas boscosas con temperaturas relativamente bajas y su dieta se basaba en plantas y frutos en su mayoría. Cuando el alimento comenzó a ser escaso debido a las condiciones climáticas cambiantes, tuvieron que abandonar esos sitios para buscar comida y empezaron a desplazarse hacia zonas más cálidas —la sabana, por ejemplo—, en donde se adaptaron a una condición bípeda de cazadores carnívoros.

En dicho escenario se podría pensar que la evolución favoreció la pérdida del vello. Desafortunadamente, esas hipótesis no están soportadas pues, si bien es cierto que la piel desnuda aumenta la pérdida de calor en entornos calurosos, también se hace más propensa a daños por la radiación ultravioleta y favorece la transpiración y deshidratación, lo que podría resultar perjudicial. De hecho, un homínido con pelo en un ambiente cálido y abierto debería de aumentar su aislamiento cutáneo en lugar de disminuirlo, de manera que asegura mayor protección, independientemente de si estos se mueven sobre cuatro o sobre dos extremidades.

A su vez, no se ha encontrado la relación entre la pérdida del vello corporal en la especie humana y su papel como cazador, ya que ningún otro animal depredador de la sabana comparte este rasgo evolutivo.

Ilustración: Oldemar González
Ilustración: Oldemar González

Otra propuesta muy interesante y controversial que involucra cambios de hábitos sugiere que, de hecho, existe un ancestro acuático. La competencia en la sabana era muy alta y feroz por lo que los antepasados del H. sapiens —que comenzaban a cambiar sus hábitos alimenticios— se vieron obligados a encontrar una forma de alimentarse que no involucrara luchas tan severas: la solución la encontraron en los ambientes acuáticos.

Estos primates se adaptaron a dichas condiciones y eventualmente perdieron su grueso y largo pelaje, ya que éste reducía su resistencia y flotabilidad y, en cambio, adoptaron características más parecidas a las de algunos mamíferos acuáticos. No obstante, lo anterior no concuerda con el hecho de que la mayoría de los diversos grupos de mamíferos que se han adaptado a un modo de vida acuático conservan una densa capa de vello corporal. No tiene sentido que un mamífero desnudo del tamaño y forma de los primeros homínidos haya perdido el vello a consecuencia de una vida acuática, ya que habría tenido que mantener una temperatura corporal alta porque estar en el mar es energéticamente muy costoso para su organismo. En realidad, es poco realista afirmar que, en algún momento de la evolución, los antepasados de los humanos fueran totalmente acuáticos. Más bien, cabría la posibilidad de una vida híbrida entre lo terrestre y lo marino que, como se expuso anteriormente, aún habría requerido del aislamiento proporcionado por el pelo.

Otra propuesta muy atractiva que surgió es la “hipótesis de la neotenia”. La neotenia se define como la capacidad que tienen los individuos adultos de retener ciertas características de individuos jóvenes. Se ha sugerido que los humanos son una forma juvenil de un simio, pues estos homínidos presentan un retraso general en su desarrollo: maduran más lentamente que otros primates y viven más tiempo, lo que implica mantener algunas características de un simio juvenil —e incluso fetal— en la vida adulta. Aún con esta hipótesis, continúa la incógnita del valor que tiene la desnudez para la supervivencia de los individuos y, además, se esperaría que el cuerpo humano mantuviera esta característica a lo largo de todo su desarrollo, pero no es así. Cuando los fetos humanos tienen aproximadamente seis meses, se cubren de una fina capa de pelo (lanugo), que se pierde antes del nacimiento y se cae por completo poco tiempo después de éste.

El sexo y el establecimiento de parejas monógamas también se ha relacionado con la pérdida de esta característica. Se sabe que las superficies de la piel que carecen de vello son mucho más sensibles a estímulos ambientales que aquellas que sí lo poseen. Por ello se ha sugerido que una mayor sensibilidad al tacto en los seres humanos ha sido particularmente útil en el ámbito social, ya que permite formar lazos más estrechos al aumentar el placer en el contacto y, a su vez, afianza la relación entre las mujeres y sus hijos. No obstante, esto sigue sin explicar por qué con el pasar del tiempo se perdió el pelo de la espalda o por qué se conserva vello en las zonas genitales o en el pecho masculino. Realmente no hay evidencia de que la sensibilidad al tacto sea razón suficiente para la pérdida de pelo. Después de todo, ningún otro animal monógamo ha dado este paso evolutivo.

Existe, de igual manera, la llamada “hipótesis de la adaptación contra ectoparásitos”, que es probablemente la más aceptada y la que más respaldo científico tiene hasta el momento. En ella se involucra la relación entre los antepasados de los homínidos y los ectoparásitos —los piojos o las pulgas—. Los datos moleculares que se han obtenido marcan el inicio de la desnudez de nuestros antepasados nómadas aproximadamente al mismo tiempo que éstos  se volvieron sedentarios. Estos nuevos hábitos resultaron muy benéficos para muchas especies de ectoparásitos, que podían prosperar y reproducirse adecuadamente para infectar en gran cantidad a los homínidos, cuya supervivencia se veía constantemente amenazada por los efectos que los parásitos ocasionaban en ellos: como enfermedades infecciosas. Dado lo anterior, la selección natural pudo favorecer a aquellos individuos que tenían el pelo más corto o menos propenso a atraer parásitos, lo que, eventualmente, resultó en la pérdida de vello en la especie humana que podemos observar en la actualidad. A pesar de que este supuesto resulta muy interesante y parece estar soportado por evidencia, no se puede tomar como un hecho.

Finalmente, otras posibilidades involucran el comienzo del uso de la ropa, pero la evidencia recabada hasta el momento indica que los humanos perdieron el vello mucho antes de que comenzaran a cubrir su cuerpo.

Como vemos, existen muchas posibles respuestas a esta pregunta y la mayoría de ellas aboga por una adaptación a entornos calurosos. Por ahora, la aparente desnudez humana seguirá siendo como muchos lo llaman: un fantasma en nuestro pasado evolutivo.

 

Erika Montserrat Vilchis Quintero
Estudiante de Biología de la Facultad de Ciencias y entusiasta de la divulgación de la científica

 

Bibliografía

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Kushlan, J. “The Vestiary Hypothesis of Human Hair Reduction”, Journal of Human Evolution, 14, 1985, pp. 29-32.

Rantala, M. “Evolution of nakedness in Homo sapiens”, Journal of Zoology. 273, 2007, pp. 1-7.

Suto, S. “Hairless mutation: a driving force of humanization from a human–ape common ancestor by enforcing upright walking while holding a baby with both hands”, Genes to cells, 17, 2021, pp. 264-272.

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Publicado en: Cuestiones