Barry Marshall llevaba un par de días sintiéndose inflamado del estómago y con poco apetito. Al despertar, la molestia lo obligaba a pasar los primeros minutos del día en el baño, vomitando. Marshall, médico e investigador australiano, además se había percatado del mal aliento que lo perseguía en esos días —inconveniente también percibido por sus colegas en el hospital.
Pero, lejos de preocuparse por estos malestares, a Marshall le entusiasmaba la posibilidad de sumar una prueba más a la serie de observaciones que sugerían que la gastritis —cuyos síntomas se parecen a los que él estaba experimentando— estaba asociada con la presencia de una bacteria específica en el estómago.
Era invierno de 1984 en Perth, la ciudad más grande de Australia occidental y lugar de residencia de Marshall, quien entonces tenía 32 años. Una semana antes de la primera mañana de vómito, Marshall había ingerido deliberadamente un líquido turbio en su laboratorio. El caldo contenía bacterias cultivadas derivadas de un paciente con gastritis. Semanas antes de ingerirlo, el joven médico se había hecho estudios para asegurarse de que en su estómago no habitara esa especie bacteriana. Diez días después de iniciar el experimento, sin embargo, los mismos exámenes revelaron que, además de la inflamación y la gastritis, la bacteria había colonizado su mucosa estomacal.
La bacteria del paciente con gastritis, que luego invadiría la pared estomacal de Marshall, hoy se conoce como Helicobacter pylori. Saltó a la fama en los años ochenta, gracias al trabajo de Marshall y su colega Robin Warren, quienes entonces la llamaron tentativamente Campylobacter pyloridis. Previo al trabajo de este par y su equipo, la gastritis y la úlcera péptica eran asociadas a estrés, mala dieta, consumo de alcohol y genética; pero, sobre todo, se asumía que la secreción de jugos gástricos era un factor clave en el desarrollo de úlceras. Aunque el papel de ciertas bacterias en distintas enfermedades ya era claro —por ejemplo, en la tuberculosis, el cólera o la rabia—, la idea de que una bacteria estuviera involucrada en estos padecimientos gástricos no parecía plausible para muchos médicos: se creía que los niveles altos de acidez en el estómago no permitirían que lo colonizaran bacterias.
Que organismos microscópicos estuvieran asociados a estas enfermedades, sin embargo, tampoco era descabellado. Casi un siglo antes, en 1899, el gastroenterólogo polaco Walery Jaworski ya había reportado la presencia de bacterias en forma de espiral en el sedimento de lavados gástricos de sus pacientes, atreviéndose incluso a sugerir que estos microorganismos jugaban un papel en las dolencias. Como él, hubo otros que hicieron observaciones similares y, en las décadas siguientes, el debate de si atribuirle o no algún rol a las bacterias no estuvo ausente. Pero la noción predominante seguía siendo que estos problemas de salud eran principalmente inducidos por el ácido gástrico.
A principios de la década de 1980, Warren —también médico australiano en Perth— sumó nuevas observaciones a la lista: había encontrado unos bacilos pequeños y curvados en forma de S en el estómago de pacientes con gastritis crónica activa. En el artículo en el que publicó estas observaciones, Warren concluyó que estas bacterias estaban estrechamente asociadas a una forma activa de gastritis, que su presencia debía ser reconocida y su importancia investigada.
Marshall, intrigado por estas observaciones, se acercó a él; juntos decidieron explorar el papel de esta bacteria en dichas enfermedades. Analizaron muestras de cien pacientes que habían sido referidos para una gastroscopía en el hospital en el que trabajaban y, a través de una biopsia, determinaron si H. pylori habitaba o no en ellos. De las 57 muestras en las que encontraron al microorganismo, 55 correspondían a pacientes con gastritis, y casi el 90 % de pacientes con todo tipo de úlceras tenían H. pylori. Los resultados de su trabajo, sin embargo, no eran suficientes para determinar una relación causal.

Ilustración: Estelí Meza
Tampoco lo fueron para convencer a la comunidad médica de esos días, una notable parte de ella escéptica de esos análisis.
Para atribuirle una enfermedad a una bacteria, además, tenía que cumplirse una serie de requerimientos conocidos como los postulados de Koch (cuya versión original ya no es vigente en nuestros días). Uno de esos postulados indispensables decía que para establecer la relación causal, el microorganismo en cuestión —aislado y cultivado— debía inducir la enfermedad al ser introducido a un individuo sano. Marshall cuenta que, en la búsqueda por demostrar el postulado, sólo hubo derrotas. Todos sus experimentos con animales fallaron: no encontraron una especie animal no humana que se infectara con la dichosa bacteria aislada.
Esa fue la razón por la que Marshall se ofreció como conejillo de indias para ingerir H. pylori. Aunque su historia pareciera más bien anecdótica, y hasta cierto punto simpática, el procedimiento y los resultados fueron reportados formalmente en una revista científica especializada y su experimento tuvo un gran impacto dentro y fuera de la comunidad médica.
El trabajo de Marshall y Warren abrió la puerta a una serie de investigaciones que le dieron a H. pylori la popularidad que hoy tiene. A más de 35 años del experimento de Marshall, sabemos, entre otras cosas, que H. pylori no es sólo una de las principales causas de gastritis y úlcera péptica, sino que su presencia es un factor de riesgo para el desarrollo de cáncer gástrico. Sabemos, además, que puede erradicarse con antibióticos.
H. pylori ganó fama y, en 2005, Marshall y Warren recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.
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La razón por la que los dos médicos australianos no pudieron infectar a otros animales con H. pylori es porque esta especie bacteriana es altamente específica a humanos; por lo tanto, es difícil que colonice y enferme a otros mamíferos —aunque en las últimas décadas se han desarrollado modelos animales para estudiar sus mecanismos de infección—.
Su relación tan estrecha con nosotros no es nueva. Se ha encontrado evidencia de ella en un cuerpo precolombino momificado en la Cueva de la Ventana en Chihuahua, en heces de humanos que vivieron hace casi 3000 años en los Andes, y en el estómago de un humano momificado por el hielo hace aproximadamente 5300 años en un glaciar europeo. Si ha habido una fiel compañera de viaje de los humanos en sus andanzas y migraciones por el planeta, ha sido H. pylori.
Su compañía, además, no está asociada siempre a dolores abdominales y vómito. Ahora sabemos que esta bacteria puede colonizar nuestros cuerpos desde edades muy tempranas pero, en promedio, sólo enferma a una de cada diez personas, principalmente a aquellas mayores de cuarenta años.
Y, aunque nos ha acompañado en las buenas y en las malas, su presencia en estómagos humanos parece estar en descenso, al menos en algunas regiones. Desde hace algunas décadas, la incidencia de úlceras pépticas y de cáncer gástrico ha disminuido en países de Europa Occidental, Estados Unidos y Japón. Este cambio se atribuye a una reducción en el número de infecciones con H. pylori que, a su vez, se asocia a factores socioeconómicos y a cambios drásticos en el estilo de vida, como el nivel de educación, los estándares de vivienda, la higiene y el acceso a agua potable.
Paralelo al declive gradual de enfermedades asociadas a H. pylori, se ha visto un incremento en otras, como el reflujo gastroesofágico, el asma y la obesidad. El aumento de estas enfermedades, en coincidencia con la decadencia de esta vieja compañera de viaje, no es suficiente para asumir —una vez más— una relación causal. Sin embargo, hay indicios de que H. pylori puede estar involucrada, hasta cierto punto, en algunos de estos cambios. Se sabe, por ejemplo, que la composición microbiana de un estómago colonizado por H. pylori es distinta a uno en donde la bacteria está ausente, lo que resulta particularmente relevante en el desarrollo de enfermedades esofágicas. Estudios clínicos también han encontrado que los niveles de grelina y leptina —las hormonas del apetito— cambian en pacientes en donde H. pylori ha sido erradicada, lo que sugiere que la colonización de este microorganismo afecta la regulación de las hormonas del apetito —aunque no hay que olvidar que la obesidad es un padecimiento que involucra muchos factores—.
Estas tendencias no son extensivas a todas las regiones del mundo, ni son exclusivas de H. pylori. Los cambios drásticos en el estilo de vida del último siglo en muchos países han alterado nuestras dolencias y, con ello, los retos de la medicina. Parece que la bacteria que Marshall y Warren hicieron popular en los ochenta tampoco se salva de estas transformaciones.
Alejandra Manjarrez
Escritora científica y doctora en ciencias por la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, Suiza.
Referencias
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