¿Te enojas más con tu pareja cada cierto día? ¿Hoy no levantaste tanto peso en el gimnasio o reprobaste un examen? ¿Algunos días te sientes más cansado e irritable? “Quizá sean tus biorritmos”; “sin costosas y aburridas pruebas fisiológicas, los puedes calcular en distintas páginas de internet a la velocidad de un clic”, te dirán algunos.
Mientras escribo esto, conseguí cómodamente los míos para el día de hoy en un par de segundos, acompañado de una bonita gráfica que me recuerda a las clases de senos trigonométricos para bachiller. En forma de porcentaje —y con un tono bastante más parecido al de un horóscopo que al de un reporte científico— obtuve mis biorritmos con sólo teclear mi fecha de nacimiento.
Con un -81 %, según el “cálculo”, no debo malgastar mi “energía” ya que mi biorritmo físico sigue descendiendo. En unos días, según esto, realizaré “el aterrizaje en el fondo y empezará la remontada”. Mi biorritmo emocional con 90 %, también bajando, me dice que tengo que iniciar a afrontar los problemas con cautela, pues “la prudencia sigue siendo un buen remedio”. El intelectual, con -99 % pero subiendo, comienza el ascenso desde el final de la fase negativa. Debo pensar con optimismo, pues empiezo a “ver más claro cada día”, según mi biorritmo de hoy.
De acuerdo a esta idea de los biorritmos, nuestra vida cotidiana está influenciada principalmente por tres ciclos con periodos de 23, 28 y 33 días. Cada uno afecta diferentes aspectos: el físico, emocional e intelectual, respectivamente. Comienzan al nacer cuando los ritmos están en cero y oscilan de manera constante (en forma de onda senoidal) a lo largo de toda la vida. Una línea horizontal, justo a la mitad, indica el punto cero marcando las fases positivas y negativas de estas ondas cíclicas dependiendo de si están por debajo o encima. Un ciclo comienza en un ascenso durante el primer cuarto de un ciclo; luego, la mitad del ciclo está en descenso y el último cuarto del ciclo asciende de regreso a la línea cero. Esto marca, supuestamente, nuestros días altos y bajos en cada categoría.

Biorritmos vemos, obsesiones sí tenemos
Son tantas las cosas que podemos medir y contar que se antoja pensar que todo es cuantificable o que en todo hay patrones. El ejemplo extremo es el del gran astrónomo Galileo quien no pudo resistirse a creer que el universo mismo está escrito con el lenguaje de las matemáticas.
Da la impresión de que, siendo científico, es natural que pases mucho tiempo buscando regularidades en el aparente desorden de una inmensidad de objetos y procesos. Aunque, en ocasiones, puedes obsesionarte a tal grado que pierdas el rigor. Te empeñas en encontrar patrones en todas partes y “dejas de ser un matemático para convertirte en un numerólogo”, como su mentor le dijo a Max (el protagonista de la famosa película de culto: Pi, El Orden del Caos). Parece ser que ese fue el caso de un médico berlinés quien estaba obsesionado con los números 28 y 23 en la postrimería del siglo XIX, durante la estricta y refinada época victoriana previa a las grandes guerras.
De no haber sido un íntimo amigo del famoso psiquiatra quien desarrolló la terapia psicoanalítica, Sigmund Freud, es muy probable que ahora supiéramos poco, o nada, del inventor de la idea de los biorritmos: Wilhelm Fliess. Su relación, digna de novela, quedó grabada en la muy reveladora correspondencia que mantuvieron alrededor de siete años y que fue publicada tiempo después muy a pesar del padre del psicoanálisis, quien se negaba a que saliera a la luz por lo comprometedora que era. El hecho de haber sido tan cercanos en algún momento, y haberse influenciado intelectualmente tanto, hace que no parezca extraño el poco o nulo rigor científico de las ideas de Flies, siendo que las de su colega también han sido fuertemente criticadas y refutadas desde distintos frentes.
Wilhelm Fliess, quien era cirujano de garganta y nariz, a pesar de su formación “científica”, tenía una serie de ideas bastante controversiales (no menos que las de su colega). Creía, por ejemplo, que se producían cambios cíclicos en la membrana de la mucosa que recubre la nariz y que todas las neurosis y anormalidades sexuales estaban íntimamente relacionadas a ello. Diagnosticaba dichas dolencias examinando el interior de la cavidad nasal y supuestamente sanaba cauterizando o aplicando cocaína a lo que llamaba puntos genitales de la nariz. No sorprende que se llenara de clientes asiduos por la estimulante reacción del “fármaco”.
Fliess creía fervientemente que todos los procesos vitales (quizá también los de naturaleza inorgánica) se ajustaban a dos ciclos: el físico y el emocional. Sacado de extrañas inferencias y vagas correlaciones, según él, estos aspectos del organismo se manifiestan de forma periódica. En su obra “Las relaciones entre la nariz y los órganos sexuales femeninos desde el punto de vista biológico” expuso —por vez primera y a través de datos anecdóticos— la idea de que estos rasgos eran ciclos en intervalos de 23 y 28 días. Los identificó como masculino y femenino, respectivamente.
El mismo Freud, sólo por un tiempo, creyó en estas singulares ideas de su amigo: llegó a suponer que el placer sexual era una liberación de energía del ciclo de 23 días, contrario al de 28. Durante un tiempo, creyó que moriría a los 51 años (la suma de 23 y 28) porque Fliess decía que sería su edad más crítica. Freud también permitió que Fliess operara su nariz y ambos estuvieron involucrados en una horripilante (y éticamente cuestionable) operación de una paciente de nombre Emma, que por negligencia quedó desfigurada. Aunque tristemente los dos decidieron buscar —cada uno en sus teorías— una irresponsable justificación al desastroso desenlace.
De los muchos libros que escribió Fliess sobresale El decurso de la vida: fundamentos de una biología exacta, donde expone su fórmula básica y la aplica a fenómenos naturales que van desde la célula al sistema solar. Ahí muestra su obsesión con la idea de que podía encontrar (multiplicando, sumando o restando) una manera de expresar cualquier número en una fórmula con relación al 23 y 28. Lo cual, desde luego, era fácil de atribuir (bastante arbitrariamente) a una inmensidad de procesos naturales, particularmente de las personas.
Malabarismo numerológico, sesgos e incautos
El gran matemático, filósofo y divulgador de la ciencia Martin Gardner en un artículo nos demuestra de forma bastante didáctica cómo las ideas de Fliess son puros malabarismos numerológico. Nos cuenta que Fliess, quien conocía poco más de la aritmética elemental, no se percató que si los números 23 y 28 de su fórmula básica se sustituyen por dos enteros positivos cualesquiera es posible expresar a discreción un entero positivo distinto, lo cual puede adaptarse sin dificultad a fenómenos de la naturaleza.
Las ideas de Fliess no sólo son matemáticamente irrelevantes como demuestra Gardner. Sus supuestos estudios y posteriores intentos de réplica presentan severos errores metodológicos. Muchas revisiones se han hecho al respecto. La más famosa es la del profesor de Neurología y psicólogo estadunidense Terence Hines en 1998, quien revisó más de cien artículos de los que sólo unos cuantos tenían resultados favorables a la teoría de los biorritmos, pero contenían errores estadísticos y de método. Concluyó que la teoría del biorritmo es inválida.
La evidencia sugiere que los biorritmos son una mera superstición producto de las obsesiones de Fliess, que fue aceptada y robustecida por otros autores. Un doctor de nombre Hermann Swoboda, profesor de Psicología en la Universidad de Viena, decía haber llegado a las mismas conclusiones de manera independiente. Un ingeniero llamado Teltscher fue quien agregó el ciclo intelectual de 33 días a la teoría. Otros agregaron el intuitivo de 38 días, el estético de 43 días y el ciclo espiritual de 53 días. Algunos dijeron que hay ciclos que son combinaciones de los tres ciclos primarios.
Pasaron varios años desde las polémicas propuestas de Fliess —hasta los setenta del siglo pasado— para que la idea de los biorritmos cobrara relevancia en el público en general (principalmente estadunidense). George Thommen fue quien las popularizó con su famoso libro La ciencia del biorritmo ¿Es este su día?. También, el desarrollo de la informática, la creación de nuevas máquinas y calculadoras, permitió que se hicieran fácilmente cartas de biorritmos. Parece ser que la buena acogida se debió, como también nos dice Hines, a la misma razón por la que la gente cree en la numerología, la astrología o las predicciones psíquicas: el famoso efecto Forer.
Este efecto ya había sido observado y descrito anteriormente, pero sumó evidencia cuando un psicólogo, de nombre Forer, aplicó un test de personalidad a sus alumnos. Ignoró su respuesta y dio a los estudiantes otra interpretación. Les pidió que valoraran qué tanto aplicaba a ellos esta descripción. En promedio, los alumnos se sintieron altamente identificados con las respuestas sin ser las suyas. Varias réplicas de este estudio se han hecho con resultados similares. Con este fenómeno psicológico —también conocido como Efecto Barnum, de validación personal o subjetiva— la gente tiende a aceptar descripciones personales que son vagas y generales. Creen que se aplican excepcionalmente a ellos, obviando que la misma descripción podría ser aplicada a cualquier persona.
Este curioso efecto, que aplica con los biorritmos, fue probado en la práctica de manera astuta y divertida por el famoso ilusionista James Randi, conocido escritor y escéptico que dedicó gran parte de su vida a exponer fraudes paranormales. En una ocasión, una señora le dio su fecha de nacimiento y le pidió que le construyera su carta biorrítmica para los dos años siguientes. Le envió una carta real a la mujer, pero basada en una fecha de nacimiento distinta. Randi recibió la respuesta donde decía que la información contenida en el documento se adaptaba exactamente a sus días altos y bajos. Randi le escribió disculpándose de haber errado su fecha de nacimiento y le adjuntó otra carta (que en realidad tampoco era la de ella). La señora le contestó inmediatamente diciéndole que la segunda era incluso más exacta que la primera. Randi se volvió a disculpar por haber “errado” nuevamente, al enviar la carta supuestamente con la fecha de nacimiento de su secretaria… ¡La crédula mujer había sido dos veces seguidas víctima del efecto Forer!
“No es lo mismo la gimnasia que la magnesia”
Parafraseando al gran James Randi, los biorritmos no son algo más que numerología disfrazada de un manto de supuesta lógica y ciencia. Actualmente esta sofisticada superstición, un tanto pasada de moda, sería irrelevante —dentro de toda la oferta del amplio y novedoso catálogo de supercherías— de no ser porque se suele confundir con un concepto estrictamente científico: el de ritmo biológico. Podríamos estar tentados en llamarlo biorritmo para que suene mejor y ahorrarnos unos cuantos caracteres. Sin embargo, no son lo mismo y la diferencia entre biorritmos y ritmos biológicos es semejante al de las palabras astrología y astronomía.
Es cierto que experimentamos en nuestro cuerpo cambios que siguen ciertos patrones. Podemos notar la regularidad del latir de nuestro corazón; cada cierta hora sentimos hambre. Aproximadamente cada mes (no exactamente 28 días), algunas mujeres experimentan marcados cambios hormonales. También, difícilmente podemos permanecer más de un día sin dormir o sentir sueño. Todo eso son ejemplos de cambios cíclicos que se dan en nuestro organismo. Son ritmos biológicos y actualmente son estudiados por una disciplina científica relativamente nueva que se consolidó a principios de la segunda mitad del siglo XX: la cronobiología.
Con métodos propios y apoyada de muchas otras ciencias (como la genética, la neurobiología y la endocrinología, entre otras), la cronobiología indaga sobre el tiempo y la periodicidad de fenómenos que ocurren en todos los organismos, desde los más pequeños como bacterias y protistas, pasando por hongos y plantas, hasta los animales como nosotros. Como gran parte de la ciencia, se apoya en la matemática, principalmente en datos estadísticos que sólo son generalizaciones tentativas y aproximadas. Aunque a veces existan bonitas coincidencias, se basa en los hechos y no pretende la perfección numerológica que los biorritmos prometen.
En 2017, se otorgó el máximo galardón científico conjuntamente a tres estadunidenses: Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young. Recibieron el Nobel de Fisiología por sus descubrimientos de los mecanismos moleculares que controlan los ritmos cercanos a veinticuatro horas. La cronobiología hoy en día es una ciencia hecha y derecha. El estudio científico de los ritmos biológicos es un campo fértil que cada día cobra más relevancia. Y, tanto histórica como metodológicamente, poco o nada tiene que ver con la supersticiosa idea de los biorritmos, producto de obsesiones numerológicas.
Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia.
Referencias
Carroll, R. T. The skeptic’s dictionary: A collection of strange beliefs, amusing deceptions, and dangerous delusions, Wiley, 2003.
Gardner, M. “Freud’s friend Wilhelm Fliess and his theory of male and female life cycles”, Scientific American, 215, 1966, pp. 108-112.
Gardner, M. “Freud and Fliess: The sad saga of Emma Eckstein’s nose”, The Skeptical Inquirer, 8, 1984, pp. 302-304.
Hines, T. Pseudoscience and the paranormal: A critical examination of the evidence, Prometheus Books, 1988
Hines, T. M. “Comprehensive review of biorhythm theory”, Psychological reports, 83(1), 1998, pp. 19-64.
Randi, J. Flim-flam!: psychics, ESP, unicorns, and other delusions, Prometheus Books, 1982
Pretender desacreditar el psicoanálisis por la asociación entre Freud y Fliess es una falacia ad hominem,
Si intenta citar los antecedentes de la teoria actual de los ritmos biológicos ¿no debería citar a Fliess? Sólo acotando que su teoría ya está superada. Después de todo, la química moderna surge de la alquimia, y actualmente se sigue en la búsqueda de la piedra filosofal (riqueza) y el elíxir de la vida (salud) (y ofrecer salud es un buen negocio).