El proceso de adaptación de los árboles es de carácter lento por lo que inspiró el diseño de la migración asistida, que es una estrategia de conservación en la que se mueve intencionalmente a los bosques hacia ambientes más fríos para mantenerlos acoplados al clima que requieren.

Ilustración: Adriana Quezada
Es común pensar en una versión inamovible de los árboles, tanto así que imaginar que sus copas tienen vuelo —aunque se trate del follaje volátil de un sauce— se siente poco probable y, sin embargo, se mueven. Crecer, responder al viento y alimentarse son tres inapelables pasos de baile para los árboles.
Otras formas de cadencia son menos evidentes, entre las que destacan las modificaciones genéticas para adaptarse al entorno, la elección de sitios de distribución tratando de seguir el clima que les es familiar, o la desaparición, que resulta la actividad menos afortunada.
En su libro La ciencia nuestra de cada día, Francisco Rebolledo apunta otro detalle sobre el movimiento y los árboles: para estas plantas robustas, “el paisaje se desplaza frente a ellas”. Siendo que hablamos de piezas elementales en muchos de los paisajes que festejamos, es momento de plantearnos qué vista le estamos regresando a los bosques, esos sitios que la humanidad admira como santuarios y como benefactores de la vida en la Tierra.
Aunque la naturaleza no es estática, tampoco se organiza con cambios drásticos. De hecho es riesgoso combinar la adaptación de los bosques, misma que requiere de años para ocurrir, y la velocidad que caracteriza al cambio de uso de suelo, a la explotación de la industria maderera, los incendios forestales y el incremento de la temperatura promedio.
Las proyecciones de cambio climático sugieren que de seguir con nuestras emisiones de gases con efecto invernadero, el bosque de coníferas será de los biomas terrestres más afectados por el cambio climático. Estos ecosistemas son hogar de múltiples especies y capturan de formas eficientes el dióxido de carbono, además de que retienen agua de lluvia que filtran y, con la cual, recargan los mantos acuíferos. Conabio calcula que hasta el año 2003 perdimos 27 por ciento de los bosques de coníferas y de encinos en México. La Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca en Michoacán entra en esta clasificación, pues es un bosque que contiene pino lacio (Pinus pseudostrobus) y oyamel (Abies religiosa); aquí ambas especies padecen estrés por sequía.
En un ambiente cada vez más seco y caluroso se espera que los árboles se debiliten y, con ello, sean más susceptibles al ataque de plagas y enfermedades, algo ya observado con la presencia de insectos descortezadores que agujerean los troncos. Recientemente, esta plaga llevó al derribo de más de 7000 árboles en la reserva, un daño mayor, porque el período de sequía de 2020 dejó especímenes raquíticos.
De seguir con esta pérdida de bosque, se corre el riesgo de que los cultivos agrícolas se extiendan hacia la reserva, con lo cual quedaría expuesta la biodiversidad local, la recarga de mantos acuíferos y la captura de dióxido de carbono. A esto se suma que las poblaciones de mariposas monarca realizan una diapausa en el oyamel, así que el fenómeno migratorio podría afectarse.
A diferencia del vuelo de estas inquilinas de venas negras, el movimiento que los árboles hacen para crecer sus poblaciones no es kilométrico ni sucede cada invierno. Estas plantas usan la dispersión de semillas para establecerse y, donde caen, tienen el reto de germinar, crecer, competir para llegar a la edad madura y otra vez dispersar semillas.
En este proceso hay información genética valiosa que los árboles comparten para salvaguardar a las generaciones futuras, pero la velocidad con la que surgen las variaciones en las poblaciones no siempre les permiten adaptarse a cambios ambientales, ahí ocurre el invento de nuevas estrategias.
Existe documentación en la última década que indica que con mayor frecuencia los bosques se reproducen en zonas más altas de las que históricamente ocupaban, porque buscan climas que les sean familiares, como se ha visto en el Pico de Orizaba, en los Alpes Suizos y en las Montañas Verdes en Vermont. Pero estas llamadas migraciones naturales tampoco son veloces.
Este proceso de carácter lento inspiró el diseño de la migración asistida, que es una estrategia de conservación en la que se mueve intencionalmente a los bosques hacia ambientes más fríos para mantenerlos acoplados al clima al que están adaptados. Tal planteamiento fue evaluado en la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca por Cuauhtémoc Sáenz Romero y Erika Gómez Pineda, del Instituto de Investigaciones sobre los Recursos Naturales.
En el caso de esta reserva, existe un trato especial para quienes brindan estructura al bosque, como el pino lacio, y las que promueven la conservación de otras especies, como el oyamel, donde diapausa la mariposa monarca.
Para Sáenz Romero, la migración asistida es necesaria, porque el cambio climático, en el caso de las montañas, hace que el frío al que está adaptado el bosque se mueva hacia arriba. “Si a tres mil metros de altura, en la reserva, la temperatura media anual era de once grados, para 2030 a esa altura habrá un grado y medio más; mientras que los 11 grados ocurrirán 300 metros arriba”, detalla.
La cifra de 300 metros no es casual, pues el investigador puntualiza que por cada 100 metros de diferencia altitudinal hay medio grado de diferencia en la temperatura. Hablando de aumentos, existe consenso entre los modelos del cambio climático que sugieren que, para el año 2030, la temperatura aumentará un grado y medio en todo el mundo.
En la reserva se plantearon que como el clima debilita al oyamel, podrían subir a la especie que se ubica en el límite inferior del bosque; en el caso del pino lacio, es una propuesta subir esta especie para rellenar los vacíos del oyamel. Para los investigadores es necesario reducir las incertidumbres antes de actuar, por ello experimentan. Sobre migración han realizado nueve ensayos desde 2001, hoy tienen algunos activos en la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca y otro en el Nevado de Toluca.
Con esto en mente, evaluaron la distancia apropiada de migración, pero también simularon un escenario de sequía, ya que las proyecciones más pesimistas del cambio climático incluyen una disminución de la lluvia en un 30 %.
Entonces, en un ejercicio de simulación, por una parte, retiraron un tercio de la precipitación colocando tubos que cubrían parte del bloque y, por otra, recolectaron semillas de pino lacio a cuatro altitudes de entre 2300 metros y 2900 metros de altura en el bosque manejado por la comunidad indígena de Nuevo San Juan Parangaricutiro; luego de sembrar y cultivar estas semillas en una casa de sombra, las colocaron a diferentes alturas entre 100 y 700 metros más arriba.
Encontraron que es posible migrar el pino lacio 700 metros hacia arriba. Esto porque, debido a la asociación entre altitud y clima, pudieron determinar que sembrar una semilla a 3000 metros, cuyo origen geográfico está a 2300 metros, les da una ganancia que equivale a 3.5 grados Centígrados menos de temperatura. De no migrar los bosques, las especies se quedarán en climas 3.5 grados más calientes, que se espera sea lo común para el año 2060.
Algunos ecólogos están en desacuerdo con cambiar una especie a zonas diferentes a su origen, pues han observado que esto altera la función de los ecosistemas, pero quienes evalúan la migración asistida reconocen que los ecosistemas ya tienen un deterioro atroz.
El título de una canción escrita por Ashford y Simpson en 1966, “Ain’t no mountain high enough”, hace pensar que esta práctica, en efecto, tiene límites. Uno de ellos es la altura de los pliegues de nuestro planeta o los nortes de algunas zonas.
Otros problemas, como explica el investigador Sáenz Romero, se deben a las particularidades de los nuevos suelos, pues dependen de su historia de perturbación, como con la presencia de ganado en la zona, ya que su caminar compacta el suelo, o si en el pasado hubieron incendios, los cuales imprimen muchos nutrientes a corto plazo.
Para amortiguar algunos daños secundarios, en otras investigaciones colaborativas, los científicos emplean plantas nodrizas, que son arbustos que brindan una sombra protectora en el día y que, ante las heladas, contienen parte del calor del suelo. Con éstas han logrado que 93 % de los árboles sobrevivan a la migración asistida, incluso con estragos de sequía.
Fue el poeta Herman Hesse quien dijo que “Los árboles son santuarios”, un pensamiento que parece reinventarse cada vez que alguna persona respira en un bosque fresco. Otra historia sucede al imaginar escenarios como los causados por la falta de agua, que en lugares como Nuevo San Juan Parangaricutiro han causado el derribo de 17 hectáreas.
Saénz Cuahutemoc visitó este y otros lugares afectados por el cambio climático. Esa experiencia le recuerda que el bosque no se mantendrá como lo conocemos hasta ahora, pues pese a la cadencia que lleva a los organismos mejor adaptados a sobrevivir y perpetuar las especies, los árboles sufren ante los cambios bruscos y repentinos.
Algunos ecólogos se muestran preocupados porque las migraciones asistidas puedan ser causa para la presencia de especies invasoras. Erika Gómez puntualiza que estas transiciones “no se hacen a diestra y siniestra”, pues contemplan mover poblaciones, no reemplazar especies, pero además siempre suceden en sitios perturbados. México es un país megadiverso por lo que resulta imposible migrar a todas las especies.
El espacio está acotado en este planeta, y el tiempo, en términos de cambio climático está acotado por nosotros mismos: dos planteamientos que no podemos olvidar frente a las buenas ideas de contener catástrofes ambientales como la pérdida de bosques.
En el arte encontramos otras reflexiones sobre los árboles. En la obra del ruso Ivánovich Shishkin, la majestuosidad de los bosques son protagonistas de cada pintura y nos dan dimensión como humanidad; mientras que en la última pintura de Van Gogh vemos unas raíces anudadas que nos recuerdan el constante lenguaje que los árboles tienen con la tierra.
Geraldine Castro
Periodista de ciencia y cultura, integrante de la Red Mexicana de Periodistas (RedMPC)
Referencias
Conabio. “Bosques templados”.
Rebolledo, F. La ciencia nuestra de cada día, Fondo de Cultura Económica, México, 2012.
Ting, M., y otros. “Responses of root phenology in ecotypes of Eriophorum vaginatum to transplantation and warming in the Arctic”, Science of The Total Environment, 805, (149926), 2022.
Gómez-Pineda, E., y otros. “Pinus pseudostrobus assisted migration trial with rain exclusion: maintaining Monarch Butterfly Biosphere Reserve forest cover in an environment affected by climate change”, New Forests 52, 2021, pp. 995–1010.
Fernández-Manjarrés, J. F., y Benito-Garzón, M. “El debate de la migración asistida en los bosques de Europa Occidental”, en Los Bosques y la Biodiversidad frente al Cambio Climático: Impactos, Vulnerabilidad y Adaptación en España, Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Madrid, 2015, pp. 463-468.