Primavera silenciosa, sesenta años de una petición para salvar la vida

En 2019, en el municipio de Autlán de Navarro, en el estado de Jalisco, en una pequeña comunidad llamada El Mentidero, un grupo de investigadores de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y El Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), realizó exámenes de orina a alumnos de preescolar, primaria y secundaria de la localidad para poder responder a la pregunta: ¿por qué los jóvenes de esta comunidad pierden el conocimiento, sufren dolores de cabeza intensos y vomitan a menudo? Los resultados fueron alarmantes, pues 93 niños y adolescentes de 3 a 15 años de edad resultaron tener algún pesticida en su organismo. Pero lo más inquietante fue que todos los alumnos de la telesecundaria Venustiano Carranza tenían en su organismo cuatro pesticidas catalogados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como compuestos que dañan la salud de los niños y jóvenes de manera irreversible: glifosato, 2, 4-D, molinato y picloram.

Quisiera tomarme un momento para imaginar que en un mundo “ideal” la contaminación por pesticidas en El Mentidero es un caso aislado, que los responsables por la contaminación pagaron legalmente por sus acciones, pero la realidad no es así. En el mundo en que vivimos a menudo las quejas terminan siendo devoradas por los intereses de las industrias surgidas a partir del siglo XX. Casos similares a los de El Mentidero sucedieron (y lamentablemente seguirán sucediendo) en varios lugares del mundo.

Sin embargo, sí hemos podido avanzar en la denuncia y conocimiento del peligro de los pesticidas y otras sustancias químicas peligrosas para la vida, se lo debemos, en parte, a un libro que desde hace 60 años nos ha impulsado a alzar la voz: Primavera silenciosa (1962), de Rachel Carson.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Un silencio atroz

“¿Qué es lo que ha silenciado las voces de la primavera en incontables ciudades de Norteamérica?” Es la pregunta que conduce el libro de la bióloga marina Rachel Carson. Sin mencionar spoilers, la respuesta que encontró Carson fue la misma que enfermó y envenenó a los estudiantes de Autlán: los pesticidas, los plaguicidas o, como los nombra la bióloga, los “elixires de la muerte”. Los mismos que pueden cambiar de nombre, pero que continúan devastando vidas.

Sin embargo, lo más alarmante es que nadie se escapa de tener en su organismo restos de estas sustancias químicas. La propia Carson lo sabía, como escribió en el inicio del capítulo tres del libro: “Por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano se halla ahora sometido al contacto con sustancias químicas peligrosas, desde su nacimiento hasta su muerte”.1 Desafortunadamente, investigaciones recientes han encontrado “elixires de la muerte” incluso en el vientre materno. Las sustancias nos “silencian” desde antes de nacer.

Historias de dolor y muerte

Mayra Vargas Espinoza es la periodista que, valientemente, dio a conocer el caso de El Mentidero. Ella investigó el problema de raíz y entrevistó a los familiares de los afectados. Su texto periodístico se publicó en el diario digital Letra Fría. Las noticias como son. Ahí, Vargas Espinoza pone el dedo en la llaga al señalar que hay un gran problema con la agricultura del estado de Jalisco, donde los más marginados padecen los estragos.

Me gusta imaginar a Mayra Vargas (que además ganó el Premio Juventud 2019 en Autlán, entre otros) como una discípula de Rachel Carson, como una continuadora de esta búsqueda de la verdad. Carson escribió: “Por consiguiente, nos concierne a todos un ‘quién es quién’ de los plaguicidas. Si vamos a vivir en tanta intimidad con esas sustancias químicas (comiéndolas y bebiéndolas, y absorbiéndolas, literalmente, en el mismo tuétano de nuestros huesos) mejor será que conozcamos algo de su naturaleza y poder”, poder destructivo que sintieron los niños y jóvenes de Autlán.

Vargas y Carson no son las únicas en exigir una respuesta. Ishimure Michiko (1927–2018), una de las autoras contemporáneas más importantes de Japón, dedicó gran parte de su vida a la tarea de defender a los pueblos marginados que fueron víctimas de la contaminación de las industrias pesqueras. Sus libros, disponibles en occidente, son fundamentales para adquirir una visión ecocrítica y comprender el ámbito de las políticas públicas a favor del medio ambiente. Por eso se le conoció como “la voz del pueblo”. Entre sus obras, quizá la más influyente es Paraíso en el mar del dolor, que fue publicada en el año 1972. Michiko narra el interminable padecer de las comunidades pesqueras de Minamata, Japón, cuando llegó una enfermedad hasta entonces desconocida.

Tres narradoras, una misma historia

Quisiera rescatar tres citas que explican el dolor a causa de los distintos “elixires de la muerte” de las tres narradoras mencionadas: Carson, Vargas y Michiko.

Vargas, al hacer su investigación en El Mentidero recuperó esta frase de Rosa, una mujer que describió el sentir de uno de sus hijos con pesticidas en el cuerpo:

Le daban unos dolores de cabeza terribles, mi hijo se empezó a paralizar de la mitad del cuerpo, perdió el conocimiento, no sabía ni cómo se llamaba.

Michiko, varios años antes de Vargas, escribió lo siguiente sobre una pequeña comunidad pesquera del otro lado del mundo:

Los niños atrapaban con facilidad los peces debilitados usando sus manos, corrían hacia sus madres y les mostraban, triunfantes, su presa. Sin embargo, ellas les ordenaban que devolvieran los peces envenenados al agua; las jóvenes mujeres sabían ya de los peces que flotaban panza arriba, o que morían con sus bocas abiertas en la vecindad del nuevo Puente Hachiman. La gente en nuestro pueblo había sido testigo del número creciente de pescadores y familias de Hachiman Funanzu, al otro lado de la ribera, que habían caído en cama con los síntomas inconfundibles del ‘extraño mal’.

Ese extraño mal impedía a los habitantes de Minamata abotonarse una camisa e incluso deglutir el bolo alimenticio, ese extraño mal que sigue presente en la juventud del Mentidero.

Por último, recupero una cita que Carson incluyó en su libro, una cita de los investigadores del Laboratorio de Fisiología de la Real Armada Británica:

El cansancio, la pesadez, el dolor de los miembros eran muy evidentes, y el estado mental era, asimismo, angustioso… (sentíamos) una irritabilidad extrema… gran aversión a cualquier clase de trabajo… una sensación de incapacidad mental para emprender la más pequeña tarea intelectual. A veces, los dolores de las articulaciones eran muy violentos.

Todo el libro de Rachel Carson está plagado de evidencia que muestra los destrozos de los “elixires de la muerte” en todo ser vivo: aves, peces, mamíferos, insectos, plantas y demás. También lo inanimado está contaminado: los ríos, la tierra y los mares.

Como se puede notar, hay un patrón que permea los escritos e investigaciones de las tres autoras: la enfermedad, la devastación causada por los elixires de la muerte. Estos cambian de nombre, cambian de composición química, pero la muerte y el dolor que causan en la vida es el mismo. Para los chicos de Autlán fueron los cuatro pesticidas ya citados; para los de Minamata fue el metil-mercurio, vertido por la empresa química Chisso;2 y para los investigadores (y otros ejemplos que cita Carson) fueron el DDT, el dieldrín, el clordano, el malatión, el endrín, entre otros.

¿Hemos avanzado?

Sin embargo, sustancias químicas nuevas y más perjudiciales se añaden cada año a la lista, y se les encuentra nuevos usos, de forma que el contacto con dichos materiales se ha hecho prácticamente universal. La producción de plaguicidas sintéticos en los Estados Unidos pasó de 56 millones de kilogramos en 1947 a 290 millones en 1960, con un aumento de más del quíntuplo. El valor de la venta al por mayor de tales productos superó los 250 000 millones de dólares. Pero según los planes de la industria esta enorme producción está apenas comenzando.
Lamentablemente, Carson tenía razón. Entre los años 2000 y 2001, el total de plaguicidas usados en los Estados Unidos superó los 550 millones de kilogramos anuales, y la cifra mundial fue cuatro veces superior.

¿Cuál es el precio? La vida humana en particular, la vida de toda la flora y fauna en general. La OMS certifica que cada año ocurren en el mundo 25 millones de intoxicaciones por plaguicidas, en las que mueren al menos 20 000 personas. Por otra parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (ONUAA) informa que, si bien casi 80 % de los plaguicidas esparcidos por el mundo se utilizan en países desarrollados, casi el 99 % de las intoxicaciones ocurren en países en desarrollo. Lugares que tienen nombre como Autlán de Navarro.

Además, según datos analizados por Unearthed –organización periodística  financiada por Greenpeace y la Organización No Gubernamental suiza Ojo Público– en 2018, las ventas de este tipo de pesticidas generaron ganancias por el orden de los 4 800 millones de dólares para las cinco principales empresas del sector.

Algunos pesticidas, como el DDT (que tanto denunció Carson), fueron prohibidos en los Estados Unidos, además de que se revisaron las políticas sobre los plaguicidas. Pero aún no se puede cantar victoria, sobre todo en países en desarrollo, donde se siguen ocupando plaguicidas que en otros países están prohibidos debido a su alto grado de toxicidad. En el 2018 dentro de las adquisiciones que hizo México en torno a los elixires de la muerte está el DDT, la atrazina, endosulfán, metamidofos, entre otros. Pienso que Carson se retorcería en su tumba al saber que aún se importaban hace cuatro años estos terribles químicos. Ojalá podamos encontrar “otro camino” como lo deseaba la bióloga marina. Recupero esta cita que pertenece al capítulo 17:

Ahora, por fin, cuando se ha visto claramente que el uso atolondrado y sin límites de productos químicos supone una mayor amenaza para nosotros que para el blanco de los ataques, el río que es la ciencia del control biológico fluye otra vez, alimentado por nuevas corrientes de pensamiento.

Con estas esperanzadoras palabras, Rachel Carson sabe que existe otro camino. Y las posibles alternativas, según Carson, son soluciones biológicas que se basan en la comprensión de los organismos vivos y sus relaciones ecológicas. Sesenta años después, ¿en verdad hemos avanzado?

La voz a través del tiempo de Primavera silenciosa

Cada denuncia —aquí expuse solo tres—3 es una defensa de la dignidad humana. Es un grito colectivo que pretende hacerse eco en todo el mundo para que no se vuelva a repetir. Además, las denuncias buscan indemnizar a los habitantes de las comunidades afectadas. No es un camino fácil. La burocracia, la desidia o la falta de escrúpulos de las empresas hacen lento el proceso de redimir a las víctimas y sus familiares. Pasaron cuarenta años (desde el inicio del primer caso registrado por el doctor Hosokawa) para que el gobierno japonés y la empresa Chisso resarcieran al pueblo de Minamata (aún se continúa haciendo).

Sin duda, el libro de Rachel Carson fue un parteaguas a la hora de denunciar y devolver esperanza a la defensa de la vida en el planeta. Diez años después de su publicación, como ya se mencionó, se prohibió el uso del DDT en los Estados Unidos y se considera que Primavera silenciosa sentó las bases para la creación de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), así como del ecologismo moderno y la divulgación medioambiental. Para muchos especialistas, el libro de Rachel Carson fue el comienzo de la conciencia de la degradación del entorno, que después se extendió a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, que tuvo lugar en Estocolmo en 1972. Posteriormente, este discurso de preocupación ambiental y atención por los recursos planetarios se formalizó y difundió gracias a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Finalmente, estas conferencias se han llevado a cabo de manera periódica hasta llegar a las del año 2015, celebrada en Nueva York, donde se propusieron los 17 objetivos de desarrollo sostenible.

Hasta que se termine la negligencia constitucional, la irresponsabilidad de las empresas y la complicidad de los gobiernos con el uso desmedido de los pesticidas, tendremos que seguir el invaluable ejemplo de Rachel Carson: nunca guardar silencio.

 

Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por parte de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la Revista ¿Cómo ves?, Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros.

 

Referencias

Comité editorial. “Rachel Carson, 50 años de romper el silencio”, Rev. mex. de cienc. forestales, vol. 3 n.º 14 México nov./dic. 2012

Carson, R. Primavera silenciosa, Editorial Planeta, Booket, España, 1962.

Michiko, I. Paradise in the Sea of Sorrow, University of Michigan Center for Japanese Studies, 1972.

Vargas Espinoza, M. “Un valle envenenado con aval de los gobiernos”, Letra Fría. Las noticias como son, 2021.


1 Todas las citas pertenecen a la edición en español de Booket (España) del año 2010, con traducción de Joandomenec Ros.

2 Si me diera la tarea de citar todos los ejemplos de empresas que vierten sustancias químicas venenosas de distinto tipo jamás terminaría, pero aquí menciono de manera breve dos ejemplos más: entre 1962 y 1970 en Ontario, Canadá el pueblo de Grassy Narrows sufrió una exposición tóxica masiva debido al mercurio. En 1970, en Irak murieron más de 10 mil personas debido a la contaminación por metilmercurio.

3 Quizá la experta en denunciar y dar voz al pueblo es la gran escritora bielorrusa Svetlana Alexievich que en 2016 ganó el Nobel de Literatura, entre sus libros destacan: La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbil y Los muchachos del zinc.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Contactos