La academia explotadora (o un relato sobre las violencias en investigación)

Crédito: Adrián Pérez

Cada vez queda más claro y respaldado con evidencia científica que uno de los problemas neurálgicos de la investigación —que incluye a la ciencia—, son sus abrumadores y acelerados ritmos. Siguen una lógica mercantilista. En 2018, los investigadores John P.A. Ioannidis, Richard Klavans y Kevin W. Boyack publicaron, en la revista Nature, un artículo que anunciaba en letras grandes: Miles de científicos publican un artículo cada cinco días. Coronando su análisis, un dibujo. Un jefe de laboratorio es caricaturizado como un pulpo sonriente con pulcra bata blanca. A su alrededor, se congregan varios científicos: analizan resultados, discuten trabajos, entregan reportes. Una plateada máquina expulsa montones de papel: artículos. Se trata del “laboratorio ideal”, uno muy productivo.

Bajo el ámbito investigativo actual, tu valor se mide por cuánto publicas, pues es cierto que para alcanzar ciertos hitos académicos o profesionales hay que cumplir con un mínimo de publicaciones. Pero el conocimiento no se genera a ritmo industrial y este afán por publicar a como dé lugar puede hacer que muchos investigadores zarpen sus proyectos hacia prácticas cuestionables. Por ejemplo, la autoría de un investigador en un número irreal de artículos puede ser indicativo de violaciones éticas, como el no respeto a los criterios de autoría y el fraude. En otras palabras: una ondeante bandera roja. 

Aquellas cifras que manejaba el artículo de 2018 ya son inocentes números. Apenas en junio de 2024, la cuenta Publishing with Integrity en X (antes Twitter) publicó un listado de investigadores que revelaba cómo 22 de ellos habían firmado más de 200 artículos en lo que iba del año. Si quitamos de la cuenta los fines de semana, esto equivaldría a un ritmo de 2.18 publicaciones diarias.

El usuario cuestionó lo inevitable: ¿es posible que alguien contribuya significativamente —al menos lo suficiente para justificar su autoría— cuando publica (por lo menos) un artículo todos los días?

Pero la presión no recae sólo en números. Un académico debe equilibrar múltiples responsabilidades: impartir clases, supervisar equipos de investigación, gestionar becas, coordinar colaboraciones, realizar trabajo administrativo, editar publicaciones y asesorar tesis. Tal volumen de tareas para investigadores no sólo desafía su resiliencia personal, sino que también pone en riesgo la calidad de sus trabajos mismos, el juicio ético y su bienestar general.

Además del distópico escenario plagado con información generada en varios centros de investigación del mundo —y que posiblemente quede sepultada entre avalanchas de otros nuevos papers—, este es el nicho perfecto, también, para que se gesten distintas violencias académicas: robar resultados, acosar, presentar investigación de estudiantes como propias, hostigar, entre otras.

Pienso de nuevo en ese pulpo hiperproductivo. Luce desproporcionado en comparación a los diminutos científicos que le rodean y entregan su trabajo, fruto de meses y posibles desvelos. Es un recordatorio: las jerarquías se reproducen en muchos rincones y la investigación es uno de ellos.

¿Y mis créditos?

Si bien cada revista científica tiene sus propios criterios, hay cierto consenso. Por ejemplo, en la Revista Médica de Chile la autoría de un trabajo debe otorgarse únicamente a quienes hayan contribuido de manera sustancial a la concepción y diseño del estudio, a la adquisición de datos o al análisis e interpretación de estos. Por lo tanto, participar en la redacción del artículo o en una revisión crítica de su contenido intelectual relevante es primordial. Lo mismo, aprobar la versión final que será publicada.

Dichos requisitos deben cumplirse en su totalidad. Por el contrario, las actividades como obtener financiamiento, recolectar datos o supervisar de forma general al grupo de investigación, por sí solas, no justifican el reconocimiento como autor. Pero no siempre sucede de esta manera.

Jaime, como pidió ser llamado, estudia un posgrado dentro de las ciencias físico-matemáticas y de las ingenierías en la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Iztapalapa. Considera que su caso cae dentro de este espectro de abusos. Para Jaime, su travesía académica inició con abandono por parte de su asesor de maestría, práctica común entre varios académicos. El asesor apenas participó en la tesis de Jaime; su única contribución fue sugerir un ajuste en un dibujo. Y pese a que inicialmente su asesor le propuso a Jaime hacer la clásica metamorfosis tesis-artículo, el compromiso nunca se concretó, pues, a la fecha, el académico no ha revisado ni corregido el texto.

Jaime ahora cursa el doctorado. Su situación no mejoró, de hecho, quizá se puso peor. A pesar de ser un estudiante que se podría considerar productivo (con cuatro artículos en puerta), Jaime valora injusto cómo su asesor se autonombra coautor de cada uno de ellos sin haber contribuido al proceso. Al hablar con otros estudiantes que tuvieron al mismo asesor, Jaime descubrió un patrón: esa práctica es habitual en él.

En Ethics in Science: Ethical Misconduct in Scientific Research, el químico y docente John G. D’Angelo analiza algunos comportamientos cuestionables en la investigación científica, pero que también pueden extrapolarse a otras áreas. 

Una de las prácticas que aborda D’Angelo es la omisión deliberada de autores que merecen reconocimiento; ello se asemeja al plagio, pues es una apropiación del trabajo ajeno. Esta violación ética es compleja y se mueve en una amplia zona gris. Estas omisiones pueden afectar la propiedad intelectual y generar conflictos de interés, por lo que es esencial obtener el consentimiento de todos los autores antes de publicar y garantizar un reconocimiento justo. 

Sin embargo, D’Angelo advierte sobre un riesgo opuesto: incluir autores no merecedores, lo que puede diluir el valor de las contribuciones individuales. Es el caso de Irene quien vivió, junto con sus compañeros de laboratorio, episodios de nepotismo. Su asesor —llamémosle Miguel— les prometió una beca Conahcyt (hasta finales de 2024 el Consejo Nacional de Ciencia, Humanidades y Tecnología; hoy Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación) a cambio de “hacer un poco más”. Esto significó jornadas extenuantes de trabajo, desde las cinco de la mañana hasta la medianoche, realizando no sólo las actividades propias de sus tesis, sino también tareas adicionales. Pasaron cuatro años, pero la beca nunca llegó. O, más bien, fue otorgada a personas ajenas al proyecto.

Cuando llegó el momento de reconocer su trabajo, Miguel no incluyó el nombre de Irene o de sus compañeros. La colaboración —que involucraba a un laboratorio en Bélgica— se le atribuyó únicamente a la pareja de Miguel, quien no trabajó en el proyecto. El equipo de Irene quedó completamente relegado.

Más tarde, en un congreso internacional en Corea del Sur, sólo Miguel y su pareja presentarían el proyecto. En la cuenta de Instagram del laboratorio, dedicada a divulgar sus actividades científicas, apareció una foto de Irene y sus compañeros en una diapositiva final de la presentación en el congreso. Fue lo más cercano a un reconocimiento que recibieron. No se mencionaron nombres ni hubo agradecimientos formales. Excluir a autores merecedores de reconocimiento puede ser devastador no sólo para su carrera, sino también para su sustento. El investigador principal o jefe de laboratorio es absolutamente responsable de mantener registros precisos y actualizados de las contribuciones de cada colaborador.

Han pasado meses para Irene y su equipo, y el tema de las becas o el reconocimiento en artículos y presentaciones no ha vuelto a ser mencionado.

“Estuve cuatro años trabajando sin ninguna remuneración. Aunque el proyecto tenía recursos, se los dieron a otras personas. Las oportunidades siempre eran para su pareja y, al final, no tuvimos ningún reconocimiento”, cuenta Irene.

De acuerdo con la correspondencia publicada en la revista médica The Lancet, la explotación del trabajo gratuito está sumamente generalizada en el ámbito académico. Tanto para publicación de artículos como la organización de congresos, se pide constantemente a académicos y demás personal que aporten —sin compensación— su tiempo y conocimientos. Todo esto, especialmente, lo resienten estudiantes e investigadores posdoctorales. No hay que perder de vista que estos “voluntariados” frecuentes suelen exigir recursos financieros independientes, lo que termina por perpetuar las desigualdades.

Un problema tan lamentable como frecuente

En la red social académica ResearchGate, usada por investigadores para compartir artículos y conectar entre ellos, se narran varias problemáticas. Una de las preguntas más frecuentes en el foro enuncia: “Me robaron mis —inserte resultados, tesis, artículo—, ¿qué hago?”. Las respuestas se vuelcan hacia un patrón de impunidad: relatan cómo es usual que muchos académicos aprovechen su posición para beneficiarse a ellos mismos o a terceros, y obtener coautorías o plazas sin mérito. Especialmente, los jóvenes estudiantes quedan desprotegidos en medio de esa depredación sin ética. Tal como sucedió con el caso de Irene y su equipo. Pero cada tanto, hay justicia.

En Retraction Watch, una plataforma que recopila y analiza las retractaciones de artículos científicos y comentarios sobre temas relacionados con la integridad científica, se han documentado casos de éxito. Aunque el hecho de que la plataforma se mantenga vigente con entradas y testimonios nos habla de que, en el entorno universitario, este tipo de violencias son numerosas y, con demasiada frecuencia, se normalizan e ignoran. Bajo esta idea, podemos pensar cómo estas prácticas se exacerban y nutren de otras opresiones sistémicas. El género, por ejemplo, es uno de los más estudiados. No es raro leer casos de mujeres viviendo en un entorno plagado de bromas sexistas, comentarios despectivos, observaciones degradantes, acoso y conductas violentas hacia ellas. Estas prácticas sexistas cotidianas afectan a las mujeres y las niñas en la escuela, la universidad, sus lugares de trabajo o la calle misma.

Martha —quien quiere mantener su nombre real oculto— hizo su servicio social en el Instituto Nacional de Cancerología. Martha estuvo bajo la tutoría de un investigador muy conocido dentro de su área (aunque, aclara, no precisamente por ser un mentor ejemplar). Al inicio, él le prometió a Martha una estancia llena de oportunidades y colaboraciones. La realidad fue muy distinta.

“Desde el comienzo, el doctor tuvo actitudes incómodas [para Martha], como enviarme mensajes preguntando si había llegado bien a casa, aparentando interés por mi seguridad”, cuenta Martha.

En el laboratorio, Martha conoció a su actual pareja, quien hacía su doctorado bajo la dirección del doctor. Ambos comenzaron su relación con mucha discreción. Pero en cuanto el doctor se enteró, todo fue en picada: convocó a Martha para una reunión. Ahí, la cuestionó sobre su relación y su vida personal.

“A partir de entonces, mi estancia se volvió insoportable. El doctor supervisaba constantemente que no estuviera [físicamente] cerca de mi pareja, cuestionaba mis resultados insinuando que no eran míos, y fomentó un ambiente hostil con otras compañeras del laboratorio”, dice Martha.

En cuanto Martha cumplió con las horas de servicio necesarias, dejó el laboratorio. No acabaría ese día. Después vendría el extractivismo académico. Martha, descubrió que los resultados obtenidos durante su estancia fueron atribuidos a otra estudiante recién llegada, quien los presentó en congresos sin otorgarle ningún crédito.

D’Angelo explica que la omisión deliberada de autores en un trabajo distorsiona sus contribuciones reales, haciendo parecer que quienes permanecen en lista realizaron más esfuerzo del que en realidad aportaron. Esto no sólo niega el merecido reconocimiento a los autores excluidos —como Martha— sino que, en casos de patentes, puede traducirse en mayores regalías para los autores restantes.

Estas prácticas pueden ir desde ignorar las objeciones de los autores omitidos, mantenerles en la ignorancia respecto a la publicación, lo cual constituye una grave conducta académica.

Otros egresados le aseguraron a Martha que, recurrentemente, ese doctor se apropia de los logros de sus estudiantes y los utiliza para beneficio propio.

Un inviable statu quo

Hace días, un artículo de Nature destacó el aumento de científicos “precoces” —aquellos altamente citados al inicio de sus carreras—, basado en el análisis de cientos de miles de publicaciones. Estos jóvenes investigadores publican a un ritmo vertiginoso y frecuentemente recurren a la autocitación en niveles muy por encima de la media, lo que podría ser una transgresión ética en lugar de un ejercicio legítimo de revisión científica.

La mayoría de los autores mencionados en el estudio exhiben patrones de publicación cuestionables. Aunque es posible que existan excepciones, el panorama nos pone en perspectiva sobre cuánto, como investigadores, estaríamos dispuestos a sacrificar de nuestra ética profesional para mantener vivo el imperativo del publish or perish. Este modelo, insostenible para la salud mental o la calidad de la información que realmente impacta a la sociedad —y nos permite converger con ella—, parece incompatible con los ideales de una investigación científica genuina como la conocemos.

En aras de trazar una nueva ruta a seguir para la investigación y frenar malas prácticas, los expertos sugieren la necesidad de inculcar una cultura ética desde la formación científica: módulos sobre integridad en los planes de estudio y estándares claros de conducta. Esto buscaría romper el ciclo de abuso perpetuado por algunos mentores por generaciones enteras, y que se puedan repensar las jerarquías. Demostrar que es viable habitar la investigación de maneras más amigables.

Pero sin medidas efectivas, como sanciones severas, estas prácticas probablemente persistirán. Cada vez más estudiantes reúnen fuerzas para denunciar a esos académicos injustos con sus universidades. Aún falta un largo camino para abrazar la horizontalidad. Nuestro mundo académico, cada vez más centrado en una productividad atropellada, debe reflexionar sobre las fuerzas que moldean sus sistemas y las dinámicas que los impulsan.

Mariana Mastache-Maldonado

Bióloga por la UNAM y miembro de la cuarta generación de su Unidad de Investigaciones Periodísticas. Investiga sobre ambiente, neurociencias y epigenética. Realiza comunicación científica en medios nacionales e internacionales, además de ilustración.

Referencias

Ioannidis, J. P. A., Klavans, R., y Boyack, K. W., “Thousands of scientists publish a paper every five days”, Nature, 561(7722), 2018, pp. 167–169.

B, H. R., Joaquín Palma H, y H, M. A., “Los criterios de autoría de trabajos científicos: traducción al castellano de la versión más reciente del documento ‘Requisitos Uniformes para los Manuscritos Sometidos a Revistas Biomédicas’”, Revista Médica de Chile, 130(10), 2002

Chalmers, B., & Solomon, D. L., “Academic exploitation”, The Lancet, 400(10347), 2022, pp. 159–160.

John, Baas, J., Klavans, R., y Boyack, K. W., “A standardized citation metrics author database annotated for scientific field”, PLoS Biology, 17(8), 2019, e3000384–e3000384.

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