Cuando comienza el día y vemos al sol salir por nuestra ventana, sabemos que es hora de comenzar nuestras labores y, si tenemos un ritmo de vida no tan atareado, podemos darnos el lujo de descansar durante la oscura noche. Cosas tan cotidianas ya no roban nuestra atención y, sin embargo, los movimientos de rotación y traslación de la Tierra rigen nuestras actividades diarias. Cada civilización a lo largo de la historia ha propuesto explicaciones sobre la astronomía y su relación con los animales. En este ensayo, quisiera hacer un breve recorrido por algunas de estas cosmovisiones.

Ilustración: Oldemar González
Antes de contrastar algunos mitos contra ciertos estudios recientes, hay que tomar en cuenta la disponibilidad de leyes, propuestas o descubrimientos, así como los cambios que ha sufrido nuestra conexión con la naturaleza. En el pasado, la mayoría de las culturas consideraban a la lluvia, los rayos y los truenos como “dioses”: portentos llenos de significado que marcaban el ritmo de la vida cotidiana. En la actualidad, por el contrario, la gente ya no considera a los elementos naturales como parte fundamental de su vida diaria, de acuerdo con estudios realizados por las universidades de Florida y Utah. Nuestra relación con la “naturaleza” ahora se enfoca en centros recreativos o reservas de animales, un distanciamiento que además depende de la participación de cada persona en actividades medioambientales.
La cosmovisión humana se ve influenciada por la temporalidad, la cultura y la percepción, incluso de cada individuo. Reconocemos, por ejemplo, los Códices de los grandes astrónomos mayas, donde los astros son representados como deidades. En segundo plano, en su Erdatmosphäre zum Himmelsraum de 19086, Julius Förster nos regaló la icónica imagen de un sujeto asomándose detrás de la bóveda celeste. En la actualidad, tenemos disponibles imágenes de la superficie de Marte gracias a la misión del “Perseverance Rover”. Y, sin embargo, al mismo tiempo seguimos dibujando animales en la bóveda celeste al trazar patrones en las constelaciones, o cuando bautizamos a los restos de supernovas que vemos en nuestros telescopios con nombres como la Nebulosa del Cangrejo.
Los humanos hemos nombrado algunas constelaciones en honor a ciertos miembros de la fauna terrestre, pero ¿cómo es la relación de los animales con los planetas y las estrellas? Pensemos, por ejemplo, en los eclipses solares. En 2018, Robert Ritson, en conjunto con sus colaboradores del departamento de biología de la Universidad de Nebraska, analizó cómo algunos vertebrados e invertebrados modificaron su comportamiento durante el eclipse del año anterior. Los resultados mostraron que aves, peces, anfibios, reptiles, mamíferos e incluso algunos invertebrados disminuyeron sus actividades e incrementaron la vocalización durante el evento.
En la mitología, la relación entre los eclipses y animales es constante, aunque con frecuencia era considerada de mal agüero. En la cultura maya, por ejemplo, se cuenta el mito “El eclipse y el zompopo”. Una pequeña hormiga soñaba con alcanzar el sol, ya que su brillo la hipnotizaba con su hermosura. Entonces, la hormiga decidió subir a la copa del árbol más alto para poder contemplar al astro más de cerca. Cuando subió hasta la última rama, saltó y logró alcanzar al sol. La hormiga, sin embargo, no pudo resistir la tentación de morder a la estrella, como hacía con las hojas de los árboles. Entonces el sol desapareció. Así ocurrió el primer eclipse, según el relato, y la hormiga permaneció en el cielo como “el lucero que acompaña la luz del cielo por las mañanas”, también conocida como la estrella Venus.
Más allá de los eclipses, todos conocemos la respuesta de los animales hacia los fenómenos naturales a causa de los movimientos terrestres. Recordemos también que algunos animales —como la mariposa monarca, las tortugas, las ballenas y las aves migratorias— se trasladan anualmente miles de kilómetros a lugares con condiciones climáticas favorables para sus ciclos de vida. En contraste, otras especies hibernan largas temporadas, hasta que una nueva estación les permite salir de sus refugios para alimentarse, encontrar pareja o cuidar a sus crías, como sucede con los osos, caracoles y murciélagos.
Lo que es más: resulta que, aunque parezca místico, algunos animales sí tienen una relación íntima con la Luna. Un claro ejemplo es el lobo de crin,el cual varía sus estrategias de cacería de acuerdo con la fase lunar. Este lobo sudamericano, también conocido como “zorro grande”, generalmente anda en manadas, caza de noche y, lo más interesante, recorre distancias mayores durante la Luna nueva que durante la Luna llena. Además, es común que los lobos se comuniquen entre ellos bajo la luz de la Luna cuando logran encontrar alguna presa. Estos escalofriantes aullidos se pueden apreciar a cientos de kilómetros y son característicos de los bosques que forman parte de muchas historias de terror.
Y es que buena parte de nuestras historias —nuestros mitos, nuestras leyendas de todo tipo— nacen de la necesidad de explicar la relación entre lo que ocurre en la Tierra y lo que se observa en el cielo. Consideremos, por ejemplo, la lluvia de estrellas que fue visible en muchas partes del mundo hace algunos meses. Este tipo de fenómenos astronómicos ha fascinado a los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Pensemos en la cultura egipcia, donde el dios Geb (la Tierra) se encuentra cubierto por la diosa Nut(la bóveda celeste). Los mitos egipcios consideraban que incluso los escarabajos estaban relacionados con el movimiento del sol: la resurrección del amanecer era producto de la voluntad de los insectos. Lo que sabemos de esta relación es que el Scarabaeus satyrus, endémico del sur de África, es un animal nocturno que como muchas otras especies transporta su bola de estiércol en línea recta lejos del lugar de colecta, y luego la entierra en el sustrato como una reserva alimenticia. Navegar el inclemente desierto parece una tarea difícil, pero el escarabajo, como los navegantes, tiene una “brújula celeste”: la Vía Láctea, que mantiene al escarabajo sobre una línea recta durante su camino.
El escarabajo, sin embargo, no es el único animal capaz de orientarse cual marinero. Si bien no lo hacen a través de las estrellas, animales como el tritón Notophthalmus viridescens y la tortuga Caretta caretta cuentan con un tipo de “GPS”. Por su parte, la salamandra terrestre, en su etapa adulta, tiende a migrar a zonas de bosque abierto en busca de troncos, ramas y hojarasca, pero sólo después de lluvias intensas, cuando los estanques en los que habitan sus crías se inundan. Las tortugas, por otro lado, suelen regresar a desovar a la playa donde nacieron, atravesando fuertes corrientes marinas y usando el reflejo de la Luna en su recorrido. Los científicos han registrado que estos dos vertebrados tienen la habilidad de determinar su posición geográfica a través del campo magnético terrestre, tal como hacemos los seres humanos con nuestras brújulas imantadas.
Ya que estamos hablando de tortugas, sigamos con los seres escamosos. Este verano, la comunidad científica reabrió el debate sobre la extinción de los dinosaurios. La teoría más aceptada, como sabemos, solía ser que la causa de la debacle fue la caída de un meteorito hace unos 66 millones de años. Una nota publicada en la famosa revista Nature, sin embargo, vino a cuestionar el consenso alsugerir que el impacto celeste por sí sólo no bastaba para explicar la extinción, y que la población de dinosaurios ya estaba en declive antes del asteroide. Ahora bien, esta nueva hipótesis no niega que exista una conexión directa entre el impacto del asteroide y la distribución de animales y plantas a lo largo de la superficie del planeta. De nuevo: la relación entre los astros y los animales no es sólo el producto de la imaginación de los seres humanos, sino una parte fundamental de la historia de la vida en la Tierra.
Por la misma razón, sin embargo, resulta natural que los seres humanos hayan buscado explicaciones para lo que les sucedía en los movimientos estelares. Consideremos, por ejemplo, al Cometa Halley, llamado en honor al astrónomo que lo descubrió en 1705, Edmund Halley. Este cuerpo celeste, que deja tras de sí una cola luminosa, tarda 76 años en orbitar alrededor del Sol, por lo que podemos esperar verlo de nuevo en 2061. Mientras tanto, podemos ver sus desechos especiales, denominados Eta Acuáridas. Para algunos pueblos mesoamericanos, los cometas y otros cuerpos celestes similares eran presagios de catástrofe. De allí, quizá, que el nombre nahuatl de estos fenómenos sea xihuitl, que se puede traducir como “hierba”. En la pictografía nahua, esta palabra es representada por una serpiente de varios colores con púas: una vez más vemos a un animal dibujado en el cielo.
Podemos concluir de los ejemplos anteriores que desde las civilizaciones antiguas hasta la actualidad se ha buscado la relación entre los animales con los astros o con distintos fenómenos astronómicos. La próxima vez que miremos por la noche el hermoso cielo estrellado, podemos estar seguros de que existe una conexión directa entre las especies de nuestro planeta y la inmensidad del universo, y no en cuestión a la materia de la cual estamos compuestos.
Sandra Vera-Paz
Estudiante de maestría en el Instituto de Biología- UNAM. Herpetóloga-botánica mexicana
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